Viajes


Linda y querida


Por Aníbal Vattuone.


Linda y querida
La Ciudad de México es una mezcla de costumbres, historia y majestuosidad. Descubrimos sus parques gigantes, sus plazas, sus museos y palacios antiguos... ¡y sus tacos picantísimos!

Tal vez sea ese cóctel de personajes y cultura la pócima secreta de una ciudad con un abanico de opciones capaces de atraer tanto a los más curiosos como a los que buscan sofisticación. Aquí flota en el aire el arte de Frida Kahlo y Diego Rivera, la bondad del Chavo del 8, las palabras de Amado Nervo, Juan Rulfo y Carlos Fuentes, la música de Agustín Lara y Armando Manzanero, las muecas de Cantinflas, y el espíritu revolucionario de “Pancho” Villa y Emiliano Zapata. Sí, hablamos de la Ciudad de México, la capital del país azteca, donde conviven cerca de nueve millones de habitantes. Recorrerla en un puñado de días quizá resulte difícil, pero si cargamos nuestro tanque de entusiasmo podemos lograrlo. 

El periplo arranca en el Bosque de Chapultepec, un espacio de asombrosas dimensiones. Nuestra percepción coincide con la letra fría de la guía: en medio de una zona urbana, es el área con vegetación más grande de toda Latinoamérica. En sus entrañas mandan los senderos diseñados para ciclistas, runners o caminantes, y los tan en boga food trucks, a los que uno puede acercarse para curiosear y enseguida querrán adivinar nuestra procedencia. “¿España?”, intenta descubrir una muchacha. Negamos rotundamente con la cabeza. “¿Brasil?”, arriesga un lugareño para dejarnos algo más atónitos. 

La magia y la fantasía corren por cuenta del castillo que allí se esconde y que, desde el 27 de septiembre de 1944, oficia como Museo Nacional de Historia (los aficionados o amantes de la plástica también pueden despuntar su pasión en el Museo de Arte Moderno, que alterna los talentos vernáculos con exposiciones temporales de artistas internacionales). Lo que no deja de resplandecer en este punto cardinal del otrora Distrito Federal (DF) es el Altar a la Patria, la estatua que recuerda a seis jóvenes cadetes que defendieron estas tierras. 

En esta mañana todavía tibia, mientras el sol cambia el color de los objetos y de los recovecos, las ardillas merodean entre la gente para que les tiren alguna migaja de comida. A escasos metros de allí, nace una arteria vehicular tan importante como elegante. Su nombre, entre aristocrático y progresivo, lo dice todo: Paseo de la Reforma. Con frondosos árboles a su vera, esta emblemática avenida se incrusta como una daga en el corazón de la ciudad. El bulevar bordea zonas comerciales, shoppings imponentes y numerosos rascacielos. 

Pero todas las miradas se las roban los monumentos que atraviesan sus intersecciones. Uno de los más célebres es la fuente de la Diana Cazadora, bautizada así en honor a la diosa romana de la caza. Otro ícono es el Ángel de la Independencia, que de noche se ilumina con un tono azul que resalta su belleza. Lindante con ellos, en la próxima glorieta precisamente, aparece Cuauhtémoc, el último gobernante de estas tierras antes de la dominación española encabezada por Hernán Cortés. ¿Qué homenaje le sigue después? El de un tal Cristóbal Colón.
Respiro verde 
Ya encaminándonos hacia la zona central, nos topamos con la Alameda, un remanso entre el tumulto de los autos (el tránsito es uno de los grandes problemas de esta ciudad). Este enorme parque se sitúa a pocas cuadras del bullicio donde el cemento es amo y señor. Árboles, pájaros y fuentes de agua son un oasis entremezclado con los puestos de artesanías que venden pulseras, adornos típicos, calendarios mayas... y casi todo lo que se le ocurra. 

Un anciano con hebras de plata nos regala una sonrisa, y ese imán es inevitable. La variedad de artículos que nos ofrece es tan amplia que la mochila comienza a llenarse, pero hay uno que se repite: las calaveras. Es que si bien el 2 de noviembre quedó lejos en el calendario, el Día de Muertos es una jornada muy especial para la idiosincrasia mexicana. En ella evocan a los familiares que partieron, con una celebración particular que roza la alegría. Previo saludo de despedida, el abuelo insiste en obsequiarnos un recuerdo más. “Por favor, para que se lleven un pedacito más de nosotros”, dice, y nos confirma que hay gente que a la amabilidad la saca a pa-sear todos los días. 

El calor no mengua el apetito y nos tienta ese olorcito que proviene de algún rincón del jardín público más antiguo de América (fue construido en 1592 y remodelado en 2012). Sí, nos referimos a los infaltables tacos, esos que se pueden rellenar con casi cualquier ingrediente. Eso sí: que no falte el picante, que aquí es una religión. 

Mientras degustamos el clásico manjar, sentados en un banquito, nos llama la atención el Museo Mural Diego Rivera, inaugurado el 19 de febrero de 1988. Emplazado entre las calles Balderas y Colón, no solo preserva y difunde la obra de quien fue el esposo de Frida Kahlo, sino que alberga el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. 

Cruzamos la Alameda de punta a punta para apretar el freno frente a una magistral obra arquitectónica: el Palacio de Bellas Artes se levanta como un pequeño milagro de estilo en medio de la monotonía de los edificios. Sede de dos museos, abrió sus puertas en septiembre de 1934, y en su escenario cantaron desde María Callas hasta Luciano Pavarotti y Plácido Domingo.  
Rumbo al Zócalo
El paso de las horas revitaliza a la Ciudad de México y nos tropezamos con más y más personas que invaden las heladeras de los kioscos para saciar su sed. Nosotros no somos la excepción y, mientras elegimos un refresco (sí, ya se nos pegó un poco el léxico local), Heriberto, el encargado del kiosco, pregunta de dónde venimos. “¿Argentina? Órale”, desliza, extendiendo la o. La conversación se torna tan amena que el hombre da un giro abriendo el brazo y, con la palma hacia adelante, señala uno de los pilones de ilustraciones. “Por favor, de México para la Argentina”, invita.

Unas cuadras nos separan de la marea humana mayor. De repente, la salida de una callecita común desemboca en la Catedral Metropolitana, reconocida por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Joya del centro histórico de la ciudad, mide 59 metros de ancho por 128 de largo, con una altura de casi 70 metros hasta la punta de sus torres. Con reminiscencias españolas, se tardaron casi 250 años en poner el último de sus ladrillos. 

Pero esta iglesia es solo una porción de la magnífica vista que empieza a abrirse sobre nosotros: el Zócalo. Famosa mundialmente, así se denomina informalmente a la Plaza de la Constitución, la segunda más grande del planeta y la primera entre los países de habla hispana. Alrededor de ella, se teje la historia de México: está rodeada por la ya mencionada Catedral Metropolitana, el Palacio Nacional, el Antiguo Palacio del Ayuntamiento, el Edificio de Gobierno, el Museo del Templo Mayor y la Plaza Manuel Gamio. Allí no solo se llevan a cabo diferentes actos oficiales, sino conciertos, como los que ofrecieron Paul McCartney, Shakira, Justin Bieber y Roger Waters. 

Solo nos resta desplazarnos un kilómetro más para deleitarnos con la Plaza Garibaldi, que nos recibe de una manera muy pintoresca… ¡y tan regional! “Ay, ay, ay, ay, canta y no llores…”, entonan los mariachis que nos dan la bienvenida con su versión de “Cielito lindo”. Y la experiencia en esta ciudad concluye así, con esa música que suena en los guitarrones, los violines, las trompetas y las vigüelas. Los minutos se extinguen, dejando los vestigios de un breve amor. Por supuesto, un amor a la mexicana.
El Empire State mexicano
La Torre Latinoamericana está ahí, “en medio de esta prisa cotidiana”, cantaría Luis Miguel. Diseñada por el arquitecto mexicano Augusto Álvarez, se construyó entre 1948 y 1956 y tiene la mitad de metros (200 aproxi-madamente) que su fuente de inspiración: el Empire State de Nueva York. A sus pies, las personas van y vienen enfrascadas en su cotidianidad, pero pocos miran hacia arriba. “Todos estamos en el fango, pero algunos miramos las estrellas”, decía Oscar Wilde. Hay que alejarse unos metros para apreciar “La Latino”, como la llaman aquí, en todo su esplendor. En su momento, fue el rascacielos más alto del mundo, salvo por los de Estados Unidos. Se puede acceder a su mirador, que vigila gran parte de la Ciudad de México... como si fuera un guardián del antiguo DF.

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