Viajes


Encanto cannois


Por Daniela Calabró.


Encanto cannois
En la Costa Azul, al sur de Francia, se suceden ciudades de ensueño, como Cannes. Recorrer sus principales atractivos en un día es posible. ¡A tomar nota!

Antaño una ciudad defensiva, Cannes logró transformarse con el tiempo en una de las urbes más glamorosas del planeta. Sin embargo, las huellas de su pasado están intactas y uno se topa con ellas no bien desensilla en este punto cardinal francés; sobre todo, si lo hace desde el agua. 

Es que a tan solo un puñado de minutos del puerto nace la Rue du Mont-Chevalier, una calle que, mientras asciende hacia el Castillo de la Castre, atraviesa un entramado de callejuelas escarpadas y angostas que configuran Le Suquet, el barrio antiguo. Allí, uno se olvida del refinamiento circundante para conectarse con el silencio de un rincón de ensueño en donde flores de todos los colores cuelgan de los balcones. 

Al llegar a lo alto de la lomada, la sorpresa no es menor: desde la plaza ubicada frente al castillo (en donde también se encuentran la iglesia de Notre-Dame de la Esperanza y la capilla de Santa Ana), pueden avizorarse las clásicas panorámicas de Cannes abrazando al mar. Un regalo invalorable para los sentidos. Pasadas las fotos de rigor, hay que comenzar el descenso, y conviene hacerlo tomando las calles estrechas que parten desde la iglesia. Luego de un ir y venir entre casitas de persianas color pastel y tejas coloradas, se arriba al corazón del casco antiguo. Allí, los negocios, las tiendas y los restaurantes de las calles Meynadier y Saint-Antoine tomaron la posta de lo que, en otras épocas, fueron puestos de pescadores. Los locales nos convencen de que es una excelente zona para hacer una pausa y almorzar, degustando la gastronomía local. 
Los sí o sí de la Costa Azul*
•Las islas de Lérins. Quedan justito frente a la bahía de Cannes. Saint-Honorat y Sainte-Marguerite son dos joyas únicas donde brillan patrimonios naturales y culturales. Se puede cruzar en barco o alquilar un kayak y acercarse remando. 
•Le Suquet. Esta colina fue la cuna de Cannes. Punto panorámico para admirar la bahía y la Croisette. Es la comunión del encanto provenzal y de la autenticidad lugareña. Les recomiendo pasear por Le Suquet al atardecer, ver el sol caer y cenar en sus callecitas, que de noche tienen un no sé qué especial. Hay restaurantes y bares con mesas en el exterior, música en vivo y mucha vida.
•Marché Forville. Un paseo matutino por este mercado es un clásico. Entrar es dejarse invadir por el perfume de las hierbas –tomillo, menta, perejil, albahaca y cuanta aromática se les ocurra–, que flota en el aire. Cada productor grita (con el típico acento del sur, que es como un canto) alabando y anunciando sus productos: tomates, aceites de oliva, el “brillo” de sus pescados, la dulzura de sus galletas, el sabor inigualable de sus aceitunas... Es un espectáculo digno de ver, un viaje a la esencia de la Provenza.
 
*Por Mechi Lozada, argentina radicada en Cannes, autora del blog www.soyunmix.com. 
Hora del glamour
La tarde es el momento propicio para adentrarse en lo más moderno y elegante que guarda Cannes. Pero antes de alejarse del casco antiguo, vale detenerse en la plaza Bernard Cornut Gentille, para saludar a Kate Winslet y Leonardo DiCaprio, que, enfundados en su ropa de gala para el Titanic, miran el océano desde un balcón. En el mismo edificio –dicen–, viven Jessica Rabbit, Tarzán, Michael Keaton y Jack Nicholson (siempre vestidos de Batman y el Guasón) y Charles Chaplin, que a su vez es vecino de Mickey y Minnie. No se asombre. Todo esto consiste en una ilusión óptica creada por el muralista Patrick Commecy, maestro de la técnica del trampantojo, un modo de pintar que hace que los ojos vean lo que no es posible. Este mural inspirado en los íconos de Hollywood es una de las tantas obras que este artista está dejando esparcidas por las paredes de Francia.  

Una vez deleitadas las retinas, giraremos al este para toparnos con la explanada Promenade de la Pantiero, puntapié inicial para pasear por la costa. La primera parada será el Palacio de Festivales, en donde cada año se lleva a cabo el famosísimo festival de cine, y en cuyas baldosas están plasmadas las manos de las celebrities de todo el mundo. 

Seguimos con la gran vedette: el Boulevard de la Croisette. Nos ponemos un calzado cómodo y nos disponemos a transitarlo: sobre un costado, podremos admirar las fachadas de los edificios más selectos; sobre el otro, la inmensidad del Mediterráneo. Esta es la oportunidad ideal para aquellos que quieran rendirse a la tentación de hacer un ratito de playa, con los mega- cruceros como telón de fondo. 

Luego del chapuzón, la hoja de ruta indica continuar hasta la plaza Square du 8 mai, en donde una curva en la geografía costera permite apreciar todo el perfil de Cannes. Si queda un poco más de energía, vale la pena acercarse hasta la punta misma de la bahía, donde se ubican amarraderos con los barcos más exclusivos de la ribera. 

El regreso hacia el centro es por la misma vía, pero solo hasta encontrar al emblemático Hotel Carlton. Allí es hora de subir unas cuadras hacia la Rue d’Antibes. Esta calle –y su vecina Hoche– reúne tiendas de diseño, grandes firmas de indumentaria y cafés en donde la más típica pastelería francesa nos hace agua la boca. Probar un macaron en Ladurée o un pan de brioche en la célebre boulangerie Paul es casi casi una obligación. 

Tal vez, esos sabores ameriten empezar nuestro recorrido de atrás para adelante: primero, desayunando una croissant en medio de escaparates vistosos; luego, caminando por la costa, y, finalmente, viendo el atardecer desde lo alto del barrio más antiguo de la ciudad. Qué más da, Cannes es inolvidable del derecho y del revés.
Los sabores del sur de Francia*
Esta región tiene un muy buen clima y hay sol casi todo el año. Por eso, los productos que se consiguen son variados y de gran sabor. Sin dudas, lo mejor de la Costa Azul son las verduras y el pescado, siempre frescos. Estos últimos se obtienen del mar Mediterráneo y uno de los más utilizados en la gastronomía local es la trilla. Por otro lado, al estar cerca de la frontera italiana, esta zona tiene la suerte de contar con el mejor aceite de oliva y limones de lujo, los cuales llegan directo desde el país vecino. También se utilizan muchas hierbas aromáticas y flores como la lavanda, muy típica de todos los pueblos ubicados en los valles de la Provenza. Entre los platos más emblemáticos encontramos el petit farci (verduras rellenas); el brousse de queso, con aceitunas y queso de cabra fresco, y el bourride de mar con aioli, una típica sopa regional. En Ureña, nuestro local de comida mediterránea, homenajeamos una receta famo-sa en Niza: los panis de harina de garbanzo, con trillas y tapenade.  

*Por el francés Sébastien Fouillade, chef de Ureña (www.urenarestaurant.com).

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