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Teatros de sueños


Por Aníbal Vattuone.


Teatros de sueños
La arquitectura deportiva está excediendo lo que pasa dentro de una cancha y se torna crucial para las ciudades.  ¿Cuál es el rol urbano y social de los estadios? la situación en el mundo y en el país.

Para un argentino de ley, pocos aromas más impregnados de pasión que aquel que proviene del verde césped de una cancha de fútbol. Allí se desenvuelven encuentros históricos, tardes de goleadas y hazañas inolvidables. Pero para que eso ocurra, una estructura de cemento debe contener a esas almas efervescentes. Esos esqueletos, en otros tiempos con huesos en forma de tablones de madera, parecieran hoy disputar una carrera por tres laureles: innovación, comodidad y, sobre todo, seguridad. 

El avance de la arquitectura deportiva y recreativa, sus oportunidades y problemáticas es uno de los grandes temas que están discutiendo los especialistas y los estudios más renombrados de todo el planeta. Latinoamérica, y en particular la Argentina, no queda al margen del debate, aun con todas las deudas en la materia. “Respecto al primer mundo, estamos de treinta a cuarenta años atrasados en cuanto a diseño y seguridad. Pocos estadios cumplen con normativas internacionales en lo que se refiere a evacuación, control y criterios sobre espectadores parados. Nuestras deficiencias en infraestructura se deben, principalmente, a la escasa inversión y mantenimiento que se destina a las instalaciones. La carencia de planes de de-sarrollo a mediano y largo plazo se entrelaza con la poca formación de los dirigentes. A esto se suman las situaciones delictivas que giran en torno a los barras bravas y el efecto ‘elefantes blancos’ posterior a los eventos, que lo único que provocan es la quiebra económica”, dice Agustín García Puga, vicepresidente de la Sociedad Central de Arquitectos de la Argentina (SCA). 

Dentro de una generalidad nacional todavía austera, comienzan a emerger buenas noticias. No son pocas las instituciones que están apostando a tener sus propios predios o a reformularlos. Para muestra, basta recorrer el River Camp, donde Marcelo Gallardo entrena al plantel “millonario” cada semana. Este campo de alto rendimiento se inauguró en septiembre del año pasado, y cuenta con gimnasio, canchas auxiliares, vestuario con lockers con cajas de seguridad, jacuzzis, departamentos de Kinesiología, Neurociencia, Psicología y Nutrición, comedores internos y externos, cocinas industriales, y la lista continúa. 

Otro de los puntos que los expertos están analizando es la necesidad de que los clubes compartan sus “escenarios”. Lo que puede sonar como un disparate, o algo complejo de conseguir dada nuestra idiosincrasia, es común en otras latitudes (una prueba de ello son los clubes italianos Inter y Milan, con el Giussepe Meazza/San Siro). Gerardo Keselman, quien fue parte de la construcción del River Camp, es contundente: “Es el gran reto que tenemos a nivel social. Que los estadios de Racing e Independiente se den la espalda nos debería hacer pensar que, en parte, algo no está bien”. 

A propósito, Pilar Igoillo, socia del estudio de arquitectura a cargo del Autódromo de la Ciudad de Buenos Aires, se pregunta: “¿Cómo puede ser que en hockey o básquet puedan convivir personas aficionadas a equipos diferentes y en el fútbol no?”. El que recoge el guante es Carlos Salaberry, titular del estudio MSGSSS (Manteola, Sánchez Gómez, Santos, Solsona, Salaberry), la firma que llevó a cabo el mendocino estadio Malvinas Argentinas, las piletas del Cenard y un complejo natatorio en Mar del Plata: “Esa lógica debe imponerse y es el Estado el que debe liderar esta mutación al uso de estadios compartidos. ¿Por qué el Estado? Porque los clubes son constantes deudores: si no pueden cumplir sus obligaciones fiscales y de impuestos, deben aceptar la racionalización del uso de los estadios”. 

Para entender de qué se está hablando, se puede citar el caso de la Ciudad de Buenos Aires, con dieciocho estadios a lo largo y ancho de su territorio. “Eso es un reflejo de identidad barrial que surgió a principios del siglo XX, pero a la vista de los trastornos funcionales que provocan en cuanto a impacto urbano ambiental y seguridad pública, es necesario cambiar el paradigma. En los últimos tiempos se produjeron varios accidentes de jugadores por golpearse contra los cercos perimetrales que no cumplen con el retiro mínimo que establece el reglamento de la Asociación del Fútbol Argentino. ¿Cuál es la solución? Un parche, como las colchonetas para amortiguar los golpes”, advierte García Puga. 

Otro de los actores que no pueden soslayarse son los vecinos. Salaberry sugiere que urbanistas y sociólogos encabecen un tratamiento del espacio público para que los residentes cercanos a los estadios se sientan incorporados a las actividades del club y no invadidos por ellas.
Tendencias extranjeras
Sudamérica experimentó un crecimiento notorio, con obras que merecen la pena repasarse. El estadio del club brasileño Atlético Mineiro es un gigante cilíndrico de hormigón con paneles screen, digno de visitarse si se está de paseo por Belo Horizonte. Del otro lado de la cordillera, se luce el bicampeón de América. Chile cuenta en Curicó y en Puerto Montt con dos obras que no tienen nada que envidiarles a las europeas. En esta última ciudad, el Estadio Regional Chinquihue usa un tipo de revestimiento denominado stripweave, que da un aspecto de telar. Gracias a su tecnología “perforada”, ofrece la posibilidad de obtener fachadas traslúcidas, retroiluminadas o con control solar pasivo.

Si nos referimos a iniciativas, en parte de América y en Europa se imponen dos: el naming y el safe standing. Sobre el primero, Claudio Destéfano, periodista y empresario de networking, opina: “El naming de los estadios es muy importante para sustentarlos con el apoyo de empresas privadas. En Estados Unidos, ese nombre y todo lo que implica el branding es su fuente principal de financiamiento. Este recurso, bien implementado, podría ser interesante para nuestro país”.

El safe standing son modelos de tribunas de pie modernas, como las de Alemania, Suecia y Austria. Igoillo aclara: “Se busca que los hinchas puedan animar a su equipo de forma segura, sin sufrir avalanchas o amontonamiento. Para eso son claves los asientos móviles o abatibles, que se pueden bloquear en posición vertical. Uno cuenta con su butaca, pero, si lo desea, puede mirar el partido de pie. Este sistema no solo es más seguro, sino que también facilita la inclusión de hasta un 70% más de fans”.
Mucho más que una cancha
Los adelantos en torno a la arquitectura deportiva y recreativa no se circunscriben al fútbol. En Europa, más precisamente en Rusia, está el Palacio de Deportes Acuáticos, en la ribera del río Kazanka, frente al Kremlin. Con un área total de más de 40.000 metros cuadrados, es uno de los edificios más grandes del mundo con estructura de madera. Por otra parte, en Suiza se destaca el Centro de Deportes Neumatt: se trata de un pabellón de 2300 metros cuadrados, con pisos y paredes verde brillante, y puertas con los colores del arcoíris. “Que sea multicolor no solo es más divertido, sino que facilita que los niños recuerden sus rincones”, comenta Tanya Ruegg, su directora creativa.

Es que, hoy por hoy, los fines arquitectónicos exceden lo deportivo. En consonancia, Igoillo explica: “La psicología pasó a jugar un papel fundamental en la preparación integral de un deportista. En cada entrenamiento se deben aplicar estrategias que apunten a optimizar habilidades física, técnicas, tácticas y mentales. Los clubes y sus estadios tienen que empezar a adaptarse a esta realidad. En cuanto asimilemos este nuevo concepto, vamos a poder seguir acercando nuestra arquitectura deportiva a los estándares mundiales”. 

Igoillo es palabra autorizada. Junto a su socio Carlos Codern y a la Asociación Argentina de Volantes (AAV), estrenó el primero y único Centro de Alto Rendimiento de la Argentina (CAR) situado en el Autódromo de la Ciudad de Buenos Aires. En su opinión, el reto a futuro pasará por equilibrar el rol social que cumple el deporte y el negocio per se. “Los arquitectos somos el hilo que une el deporte y el dinero; si el nudo está mal hecho, no hay unión. Somos responsables de desarrollar el proyecto, de evaluar el emplazamiento, de interferir lo menos posible en el entorno circundante y de dar respuesta a lo que la sociedad demanda sin afectar el devenir de la ciudad. Los cabos tienen que estar correctamente atados para que sea un punto de encuentro social, y, a la vez, funcione comercialmente”.

Para concluir, Destéfano revela una conversación que mantuvo con Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, en la que le confesó que su competencia no era el Barcelona, sino Disney. No se sorprenda; semejante afirmación tiene su porqué: “Florentino me dijo: ‘Tanto un partido como una película son espectáculos que duran dos horas, por lo que tenemos que lograr que los espectadores elijan ir al estadio y no al cine’. Lo que debemos plantearnos es cómo debería ser un club si naciera hoy. Hay que prepararlos para las próximas generaciones, con la meta de que la gente pase más tiempo allí, que haya shows diarios, etcétera. Cada vez más, el deporte es una pieza esencial dentro de la industria del entretenimiento. Desde esa visión, los estadios cobran otro valor para la sociedad”.
El caso River
La historia del Monumental es atrapante. Se lo construyó en 1938 y fue, para la época, un prodigio de la arquitectura vernácula. Ladero del Río del Plata, hasta el año 1957 tuvo forma de “herradura”, ya que faltaba edificar una tribuna. Tras la venta del crack Enrique Omar Sívori a la Juventus de Italia, se completó el famoso templo futbolístico. Para el Mundial 78 adoptó la fachada que se le conoce en la actualidad. “Su concepción arquitectónica lo coloca al nivel de los mejores del mundo. Tiene grandes espacios bajo las tribunas y en sus perímetros. Tal vez sea uno de los más seguros del país”, desliza Carlos Salaberry. Pilar Igoillo coincide y aporta: “Hay un proyecto para pasar de los 70.000 a los 80.000 o 90.000 espectadores. Pero no todo es capa-cidad. Necesita una adecuación al entorno, un rejuvenecimiento”. Agustín García Puga ahonda: “El Monumental tiene un diseño de avanzada, pese a estar por cumplir ochenta años. Presenta falencias que lo dejan atrás con respecto a los estadios europeos, pero su versatilidad y el amplio espacio donde está emplazado facilitan obras de adaptación, confort y seguridad”.

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