Entrevista


“La música es un puente vibracional”


Por Juan Martínez.


“La música es un puente vibracional”
Los shows en river son el gran broche de un 2017 que incluyó su tercer Gardel de Oro. Antes, Abel Pintos habla de cómo es su vida abajo del escenario, de su niñez y sus sacrificios.

En el escenario la energía fluye, él se contonea y baila espasmódicamente, divertido, en una especie de trance. Hay un ida y vuelta permanente con el público, compuesto por cada vez más personas, que se acercan de a miles atraídas por la música de este artista que, con poco más de 30 años, construyó una carrera notable, que hoy lo tiene entre los más codiciados del país.

Abel Pintos luce demasiado sereno para ser esa topadora que moviliza multitudes. A fin de año, recalará ni más ni menos que en el estadio de River Plate, un lugar que, en los últimos años, parece estar reservado para artistas internacionales, con muy pocas excepciones locales que tengan capacidad para colmarlo. Él es una de ellas.

– ¿Qué te genera tocar ahí? ¿Es especial?
–Sin duda. No fue elegido al azar. Los sitios donde voy a realizar un concierto tienen que estar unidos conceptualmente con lo que estoy presentando en ese momento. No mido las cosas tanto por la convocatoria, pero claro que me pone muy contento todo lo que se está generando. Es conmovedor a nivel personal, artístico y hasta como argentino, por el hecho de saber que estos estadios habitualmente están sujetos a grandes referentes internacionales. De alguna forma, que la música nacional pueda estar presente en un lugar tan mítico me afecta positivamente.

–Hace un tiempo ya que te instalaste en Buenos Aires, pero viajás permanentemente. ¿Cuando estás en casa te sentís distinto de cuando estás en movimiento?
–Sí, totalmente, pero ni mejor ni peor, porque también disfruto mucho las giras. En realidad, tengo una especie de filosofía: me siento a gusto conmigo mismo, por lo que no importa tanto dónde me encuentre. 

– ¿Siempre te sentiste cómodo con vos mismo?
–No. Hubo un pasaje duro: cuando me mudé de Bahía Blanca a Buenos Aires, a los 17. Me costó entenderlo. Lo hice con gusto, pero sufrí el desarraigo. Me había ido de mi ciudad, pero hacía conciertos por todos lados... Estaba como en el aire. Regresaba a mi casa en Buenos Aires, pero todavía no la sentía mi hogar. Me llevó uno o dos años la adaptación. Cuando entré en la adultez, empecé a conocerme y a convivir más tiempo conmigo mismo, a hacerme independiente.

–Ese proceso de adaptación es el momento en el que comenzás a componer tus propias canciones y dejás de ser solo un intérprete. 
–Fue curioso, porque escribir canciones era inesperado para mí. Fue una especie de mudanza de ideología musical. Como mi referente era Mercedes Sosa, consideraba que también podía hacer una trayectoria de cincuenta años sin escribir nunca un tema. O sea que no sentía que fuera necesario para lograr una identidad como músico. El día que escribí mi primera canción fue revelador en muchos sentidos. Musicalmente, ni hablar, pero también a nivel personal, porque estaba entrando en contacto con emociones que ni siquiera sabía que existían dentro de mí, y mucho menos que las podía expresar de esta manera. Cuando se abrió esa puerta, comencé a hacerlo casi compulsivamente. Cambió mi forma de comprender la música, y fui incluyendo otras influencias que no tenían que ver solo con el folclore. 

–Una vez dijiste que nunca te sentaste a componer una canción, que, simplemente, te llegan. ¿Pudiste identificar en qué estado estás cuando eso pasa?
–Sí, me doy cuenta, pero no con mucho tiempo de anticipación y tampoco puedo evitarlo demasiado. Si estoy haciendo algo, por ejemplo este reportaje, y me baja una idea, una parte de mí va a estar ahí. 

–No lo podés evitar, pero ¿podés provocarlo?
–Me sucedió algo particular en 2012. Viajé a México a grabar como invitado de La Oreja de Van Gogh, y la compañía me propuso que me encontrara con autores y compositores mexicanos para hacer talleres de composición. Nos reunimos, conversamos y nos pusimos a escribir una canción. Ahí me di cuenta de que el paso del tiempo, la práctica y la lectura me generaron herramientas para que pueda hacerlo si me lo propongo. Es más, salieron canciones muy bonitas de grandes momentos que viví con el público, aunque, en un punto muy íntimo, siento una diferencia entre esos temas y los que nacen de un segundo para el otro.
Hacia atrás y hacia adelante
En una época en la que las ventas de discos tienden a decaer, los de Abel van en sentido contrario: platino, doble platino y diamante son las distinciones que, invariablemente, recibe por la cantidad de placas que sus fans adquieren cada vez que se anuncia el lanzamiento de un nuevo CD. Sus recitales suelen exhibir el ansiado cartelito de “entradas agotadas”, y si de galardones se trata, tampoco se puede quejar: entre otros premios, ya tiene en su haber tres Gardel de Oro (2013, 2014 y 2017). Sin embargo, todos estos reconocimientos no terminan de responder la pregunta esencial de por qué es músico. “De niño era muy intenso, me costaba hablar de ciertas cosas. Cuando no sabía de qué manera explicarle a alguien cómo me sentía, buscaba música y la hacía sonar. Ni siquiera la cantaba. La persona tenía que interpretar qué me estaba pasando –recuerda. Después me planteé cantar esas canciones y me di cuenta de que eso me provocaba una sensación muy aliviadora. Me dejaba livianito. En ese momento, pensé: ‘Todo lo que yo tenga que aprender de la vida lo quiero aprender de esta manera’. Descubrí que podía hablar cantando y, por eso, me dediqué a esta profesión”. 

–Pasaron veinte años de tu álbum debut. ¿El motivo sigue siendo el mismo?
–Sí. Hoy soy introspectivo, pero no me cuesta hablar de nada. Tengo libertad y herramientas, pero, al final, sigue siendo mi opción más amable.

–Tus shows son muy intensos. ¿Qué ocurre una vez que baja el telón?
–Me siento bien. Con los años empecé a sentir cierta retroalimentación al finalizar cada concierto. En mis inicios cantaba para sacar cosas de adentro; ahora eso mutó y se trata también de alimentarme de la energía que está dando vueltas en el lugar y que es esa que te transmite el público. No doy algo para que la gente me lo devuelva, sino que compartimos cosas mutuamente.  

–No hay una devolución porque no hay una deuda.
–Exacto. Siempre agradezco el aplauso porque lo tomo como la forma que los demás tienen de transmitirme lo que les acaba de suceder con lo que escucharon. 

– ¿Qué te genera estar frente a decenas de miles de personas que se reúnen por vos?
–Es algo muy conmovedor. Sin embargo, sin perder de vista que mucha gente hace referencia a su admiración, su afecto o lo que sea hacia mi persona –y lo agradezco–, sigo pensando que lo que estamos haciendo es disfrutar de algo muy grande: la música en sí misma, con todo lo que eso significa. La música como ente, como energía, como movimiento. La música es un puente vibracional.

– ¿Qué pasa cuando las luces se apagan y te quedás solo?
–En algún momento, era un pasaje complicado, pero desde hace unos diez años, ya no, por esa retroalimentación. Dejo un montón de cosas y me llevo otro montón, así que entro al hotel en un estado armónico. No deja de ser extraño pasar, en tan solo diez minutos, de los sonidos potentes de un teatro o un estadio lleno al silencio absoluto que reina entre las cuatro paredes de una habitación. Es un contraste notable, con el que, en la actualidad, tengo una excelente relación. Lo que siempre me mantuvo en pie y me ayudó a acomodarme en ese pasaje –que, en otro momento, fue duro– era hacer un llamado por teléfono a una persona en particular. No puedo decir a quién, pero me hacía volver a mí.   

– ¿Tuviste que resignar mucho por tu carrera?
–No tengo materias pendientes, pero sí vas relegando cuestiones emocionales, momentos particulares en los que te gustaría estar y no podés: alguna fecha importante o alguna situación de índole familiar, íntima, de amistad. En esos momentos, por mucho oficio que tengas, se hace difícil, porque uno quiere estar acompañado y acompañando físicamente, y no a la distancia. Eso lo compenso con las emociones intensas, muy especiales, que experimento a diario.

–De todos modos, es algo que elegiste vos.
–Claro, desde ya que es una elección. Yo vivo de mi trabajo, y mi estructura crece conforme a esto, pero, sobre todo, es un estilo de vida. Tenés que construir una gran fortaleza mental para sentirte a gusto con ciertas situaciones que giran alrededor de esta carrera.

–Tenés 33 años. ¿Ya estás en esa etapa de querer ser padre y formar una familia?
–Me encantaría poder experimentarlo, pero pertenece tan al orden natural de la vida que me cuesta ponerlo en un plano racional. Un amigo mío queridísimo fue padre hace poco y fue muy emocionante. Me parece un suceso maravilloso y ojalá pueda tener ese privilegio, pero no me preocupa pensar si va a ser ahora o más adelante.

– ¿Te soñás en algún papel en particular? ¿O no sos de  fantasear e imaginar el futuro?
–Sí, suelo mirar para adelante. Pero, a la vez, tengo el ejercicio de mirar hacia atrás. En general, cuando proyecto, tiene que ver con lo musical. Todo lo demás está alrededor. Pero ni siquiera eso logro estructurarlo tanto.

–Hace muy poquito se viralizó un video tuyo, de cuando tenías 7 años, cantando con tu maestra. ¿Qué te generó verte en esa situación?
–Una emoción muy grande. Estuve algunos segundos en shock. Fue imposible dejar de llorar las treinta veces que vi el video completo. Es el surgimiento de mi intuición como cantante. Es el día en que nací. No hay nada más atrás. Es como si vos pudieras ver el video del día en que naciste.
Lo que viene
Más allá de los recitales que ofrecerá en el Monumental, el 16 y 17 de diciembre, Abel Pintos se encuentra en pleno proceso de composición para sus próximos trabajos discográficos. Sí, lo decimos en plural, porque son dos. “Serán muy distintos entre sí. Uno es de música folclórica y latinoamericana, y el otro sigue la corriente de 11, es una suerte de continuación. No sé realmente cuál será el primero en editarse, porque va a depender un poco de lo que considere más oportuno en el momento”, adelanta. Y profundiza: “Si bien el folclore siempre estuvo presente en mi repertorio, hacía mucho tiempo que no trabajaba formalmente este género en un estudio. Digamos que entré en una especie de reconexión emocional, íntima, con el folclore y me di cuenta de que hay ciertas cosas que me gustaría contar. Y el folclore es un canal amable e indicado para eso”.

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