Entrevista


“Intento no ser automático”


Por Juan Martínez.


“Intento no ser automático”  
Audaz y camaleónico, ningún papel que encara es igual al anterior. Consagrado como uno de los actores más prestigiosos de la escena nacional, Julio Chávez se luce tanto en el teatro como en la televisión.

En una larga jornada de la flamante ficción televisiva que protagoniza, El maestro, Julio Chávez es el primero del elenco en llegar al punto de encuentro y el último en irse. Delante y detrás de cámara se pone al hombro el proyecto, sin perder en ningún momento la amabilidad ni la sonrisa. “Yo tengo agradecimiento. Tantos actores desearían estar en este lugar... ¿cómo lo vas a tirar por la borda cuando te toca a vos?”, responde al ser consultado sobre si se siente cansado cuando tiene que atender a la prensa.

El actor se luce encarnando a Prat, un maestro de danza al que la vida le devuelve algunos problemas de los que creía haber escapado, tanto en el ámbito familiar como profesional. Desde Epitafios y Tratame bien, la presencia de Chávez en la pantalla chica se volvió habitual (El puntero, Farsantes y Signos), aunque no siempre fue de esta manera. Él es consciente de ello: “Durante muchos años me negué a estar en televisión, pero no por considerarlo un espacio menor, sino porque yo me consideraba un instrumento que todavía no estaba preparado. Decía que no y fueron momentos de zozobra, de inquietud, de ver que pasaban los años y yo seguía aprendiendo en un sentido, pero que había espacios que no visitaba. Eso te crea dudas. Nunca dije que la televisión no estaba buena, independientemente de que, a veces, no lo está. En todo caso, siempre pensé en prepararme para intentar que sea mejor. Cuando encontré que estaba un poco más animado a probar, lo hice. Y probar es empezar a responder las preguntas que un proyecto te hace. Un proyecto es una sucesión de preguntas, desde éticas hasta estéticas”.

–Con los trabajos, ¿se empiezan a repetir esas preguntas?
–Muchas se repiten. Otras veces son diferentes y el que se repite es uno, no por gusto, sino por la inevitabilidad de su propio gesto. Pero siempre hay preguntas que se revalidan. Algunas se ponen en duda respecto a respuestas anteriores: antes pensabas de una manera y ahora no. También sucede que hay respuestas que advertís pero, por miedo a perder algo, no las contestás como debés. Por ejemplo, si la preocupación es estar bonito, y percibís que el rol es desarreglado y desagradable, podés hacer negociaciones estéticas. Son respuestas que vas dando. Son decisiones.

Para componer el personaje que encarna en la actualidad, Chávez confiesa que se preparó durante un año. Ese proceso lo inició aún antes de tener la confirmación de que el unitario se llevaría a cabo, porque sintió que necesitaba hacerlo para que su composición estuviera a la altura de lo que el papel requería. Es un rasgo del actor: no subestimar aquello a lo que se enfrenta ni sobreestimar sus posibilidades de enfrentarlo. No lo hace al momento de actuar ni tampoco cuando tiene que responder en una entrevista: elude las respuestas automáticas y se impone el ejercicio de reflexionar seriamente ante cada pregunta, incluso la más sencilla. “Intento no ser automático y pensar nuevamente, aunque es muy atractivo no hacerlo. Pensar nuevamente es una actividad muy difícil, porque, de inmediato, se te instalan respuestas automáticas en la cabeza, que vienen de la identidad. Ahí es cuando te cuestionás: ¿Por qué no responder algo distinto? ¿Cómo hacerlo?”, reflexiona en voz alta. 

–El oficio podría traer el riesgo de automatizarte.
–Lo importante es estar despierto. Algo sabemos y es que vamos a fallar. Es parte de la condición humana. Intento no ser automático, pero uno es uno y, quieras o no, la mano empieza a trazar esa firma automática, que, por otro lado, fue construida: la hiciste, la armaste, tiene trabajo, tiene identidad. Como toda identidad, va a caer en el proceso de envejecer. En ese sentido, uno persigue que las cosas estén vivas, pero hay dos factores en la vida: el tiempo y la suerte. Además, como bien dice Fernando Pessoa, el exilio es la identidad de uno. Ahí estás en el exilio de muchas otras posibilidades que, porque sos vos, no las podés vivir. Estás en el exilio de la humanidad, porque tenés que cubrir tu rol.

–En una entrevista hablabas sobre la opinión. Relativizabas la importancia de dar la tuya sobre ciertos temas.
–Pasa que yo me resisto a pensar sobre lo que no puedo pensar y a aceptar el objeto de pensamiento impuesto. Sobre todo, cuando ya viene con soluciones incluidas. Si yo tuviera que pensar, por ejemplo, sobre la situación política, soy, literalmente, un estúpido. Cada vez desconozco más y cada vez comprendo menos. Y hasta pongo en duda que me interese eso sobre lo cual tengo que opinar. Son muchos los problemas como para empezar a regalar opinión. Intento decidir dónde me hago responsable de pensar y dónde es una cuestión absolutamente privada y autónoma. Dónde puedo hacer o decir que soy tarado. Si yo acepto un trabajo actoral, no puedo decir “soy tarado”. 

–Hay una línea en tu forma de ser que es no aferrarse a las respuestas ni a las soluciones, sino que sean las preguntas las que te vayan movilizando.
–Sin lugar a dudas. Me parece que es mucho más importante la pregunta que la respuesta. La respuesta es un devenir, la pregunta es una constante. Como aparece también la administración del pensamiento, esa administración lo que quiere son resultados, porque, de lo contrario, no hay qué administrar para poner “bien”, “mal”, “mejor”. La palabra administración no es desagradable, pero tiene sus problemas, sobre todo en el espacio del pensamiento. Por eso, cuando me consultan sobre hechos políticos, lo que me pregunto es por qué a mí, ¿en qué lugar yo establecí un compromiso para hablar de eso? De golpe, uno puede decir cualquier cosa: “Felicidad para el pueblo”, por ejemplo. ¿Qué significa? ¿Quién no va a querer eso? ¿A qué te referís con “felicidad”? Son palabrotas, no se entiende. Ahí empiezo a sentirme estúpido. Para eso, prefiero no escuchar mis estupideces e ir en busca de pensadores.

– ¿Comprendés la curiosidad de los espectadores acerca de lo que piensan vos y otros actores sobre la vida en general?
–Sí, a mí chusmear me encanta. Pero tengo una cabeza y pertenezco a una generación que piensa que se chusmea en privado. Por supuesto que veo programas de chimentos. Soy un actor: no hay escena humana que me sea ajena. Todo es escena, y es muy atractivo de ver. El problema es quiénes buscan las verdades. A mí no me importan las verdades, me importan las ficciones. Y ficción es todo. Miro con interés desde la más absurda ficción hasta el documental más increíble. Soy actor: estoy enamorado del ser humano y sus escenas. No hay nada que no observe con curiosidad. Después, me pasan cosas: agrado, desagrado. 

– ¿Hoy está todo muy sobreexpuesto?
–Sí. De eso que para mí era privado y de lo que debías tener cuidado, porque si hablabas mal del otro tenías que dar la cara, hoy se ha hecho una industria. Yo no lo comprendo de esa manera. Claro que tengo una chusma interna que intenta saber cosas, pero no hago chusmeríos como un hecho público, y mucho menos como si fuese verdad.

–Una vez dijiste que una de las formas que tiene el hombre de defenderse del mundo es la expresión. 
–Porque el ser humano tiene una dinámica que es indispensable: impresión y expresión; el mundo entra y el mundo sale. Si uno de los dos canales está taponado, el hombre sufre mucho. Si no puede impresionarse, sufre, y si no puede expresarse, también. Para mí, esta dinámica de impresión y expresión es fundamental, constitutiva, en nosotros. 

– ¿De qué nos tenemos que defender? ¿Y?por qué?
–Defenderse del mundo es que el mundo me habla y la única manera que tengo yo de hacer algo con él es hablar yo. Si uno se siente impresionado por la belleza de una hermosa mujer, ¿qué hace con eso? Yo llamo defensa a que eso no te deje paralizado, sino que puedas hacer algo. A veces, la capacidad de articular es saber hacer algo con el mundo y defenderte, ya que el mundo es violentamente impresionable en vos. Nos duele, gritamos; nos gusta, nos reímos. Hacemos algo, no entra en el mundo y estás completamente quieto. El hombre se defiende del mundo expresando y construyendo otros mundos.
Multidisciplinario
Hace ya muchos años que Julio Chávez se dedica también a las artes plásticas, donde solía firmar como Julio Hirsch, utilizando su apellido paterno (Chávez es una deformación de Jabes, el materno). En esa faceta se lo podrá disfrutar el año que viene, a través de una muestra en el Museo Emilio Caraffa, de la ciudad de Córdoba. “Voy a llevar el trabajo escultórico que estoy haciendo últimamente, y voy a preparar alguna cuestión nueva para la ocasión. 

Una de las cosas que me alivian enormemente es que un museo permite la expansión de un pensamiento plástico sin la preocupación de si va a venderse o no. No es una galería. Eso me va a liberar de algunas cuestiones, que, a veces, son una preocupación”, asegura. Hay mucho más para 2018: saldrá de gira por el país con la obra Un rato con él –en la que comparte cartel con Adrián Suar–, proyecta filmar una película, escribir un proyecto teatral como autor y director, y protagonizar otra miniserie con Pol-ka.

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