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Y mañana, ¿qué?


Por Carolina Thibaud.


Y mañana, ¿qué?
La incertidumbre sobre el futuro cala cada vez más profundo en los jóvenes. Qué preocupa a la Generación Z y por qué presenta bajos niveles de bienestar emocional.

De unos años a esta parte, la palabra ansiedad fue ganando más y más terreno. De hacer referencia a una cualidad parecida al apuro (que se les adjudicaba a quienes no tienen la capacidad de esperar el devenir natural de los acontecimientos) pasó a manifestarse ante todos como algo mucho más grande y complejo. También se hizo más amplia su incidencia en la sociedad, hasta coquetear con grandes, pequeños y medianos por igual. Ahora, el coletazo llegó a los más jóvenes, a quienes la sobreinformación, el acceso a los medios y la excesiva presión de la realidad los pone desde chicos en posición de alerta. 

Entre quienes atraviesan los últimos años de la adolescencia, son cada vez más usuales los casos de angustia y depresión, en muchos casos vinculados a la incertidumbre de lo que pueda (o no) deparar el mañana. “A diferencia de la tristeza, que, en general, surge por una pérdida en el pasado, la ansiedad es una emoción relacionada con el futuro. Nos genera ansiedad percibir el mañana como inseguro o imaginarlo negativo”, explica Matías Muñoz, psicólogo y docente de la Universidad Católica Argentina (UCA). Y agrega al debate: “Los jóvenes no saben qué les va a deparar el tiempo venidero y eso los inquieta. En los casos en los que, además, surgen ideas pesimistas del estilo ‘No voy a poder’ o ‘Voy a fracasar’, la ansiedad aumenta de manera notable”. 

Entre las principales preocupaciones de la Generación Z (que engloba a quienes nacieron entre 1995 y 2001), figura el temor a los reveses que puedan surgir cuando dejen la casa paterna. Se preguntan si serán exitosos, si conseguirán trabajo y si lograrán formar una familia. La problemática se profundiza en las regiones de economías cambiantes, lo que explica que nuestro país sea uno de los que presenta un mayor índice de incertidumbre entre los hombres del mañana. Para muestra basta un botón: de acuerdo con una encuesta mundial de la Fundación Varkey, el bienestar emocional de los jóvenes argentinos figura entre los más bajos del mundo. Aquí, solo el 18% de los encuestados de entre 16 y 21 años dijo sentirse satisfecho anímicamente. ¿A qué se debe esta excesiva preocupación de los jóvenes? Los problemas económicos y las presiones escolares, dicen quienes participaron del estudio, están primeros en la lista. 

El bienestar emocional de los jóvenes argentinos figura entre los más bajos del mundo. Aquí, solo el 18% de los encuestados de entre 16 y 21 años dijo sentirse satisfecho anímicamente.
Hacia dónde caminar
“¿Seré capaz de terminar la carrera?”, “¿Podré mantenerme económicamente?”, “¿Accederé a los mismos bienes materiales que alcanzaron mis padres?”. Este es el tipo de preguntas que, según los especialistas, atormenta a los adolescentes de esta era. 

Algunos dirían que no difieren demasiado de los temas que preocupaban a generaciones anteriores, pero está claro que los cambios en el mercado laboral no hacen más que acentuar estos temores. Mientras que hasta hace algunas décadas un título universitario bastaba para conseguir un buen empleo y hacer carrera dentro de una empresa, hoy la idea de pasar treinta años en la misma compañía es casi impensable, y una carrera terciaria o universitaria es, muchas veces, solo la condición básica para acceder a una entrevista. Por lo tanto, la Generación Z disfrutará de un modo de trabajo menos atado a horarios y oficinas, sí, pero también menos seguro. 

Por otro lado, el contexto social y el económico también meten la cola en la cuestión. Así lo define Muñoz: “Los países más inestables pueden contribuir a aumentar esta sensación entre los jóvenes argentinos. Es la confianza lo que reduce la ansiedad: confianza en uno mismo, confianza en los demás y confianza en el contexto. El hecho de que el entorno social no ofrezca seguridades –por ejemplo, en la inserción laboral– puede profundizar la problemática”. 

No obstante, llama la atención que países como Indonesia o Sudáfrica, que también tienen contextos económicos muy cambiantes, estén mejor posicionadas en el ranking que la Argentina. Para Elizabeth González Montaner, psicóloga y directora de Psicoeducar, la diferencia radica en cuestiones un tanto más abstractas: “Somos una sociedad consumista, centrada en los objetos y las apariencias, y que espera encontrar bienestar en logros y en objetos, en vez de buscarlo en uno mismo, en cultivar las actividades de nuestro interés, en armar proyectos que nos hagan sentir el valor de estar vivos”. 

Diego Tzoymaher, director de Equipo TEC y docente de posgrado en la Asociación Argentina de Trastornos de Ansiedad (AATA), esboza una teoría similar, que está basada en que el alto nivel de ansiedad y preocupación guarda relación con las presiones cotidianas: “En la actualidad, los jóvenes se ven sometidos a múltiples exigencias, como el éxito académico, los bienes materiales, los logros personales o los estereotipos físicos. Todo esto puede generar un nivel de estrés alto, percibido como un bienestar emocional bajo”.

La idea de pasar años en la misma compañía es casi impensable. La Generación Z disfrutará de un modo de trabajo menos atado a horarios y oficinas, pero también menos seguro.
Puertas adentro
Si bien es inevitable que nuestros hijos absorban todo el cóctel de la realidad, hay herramientas para ayudarlos a que vivan con más tranquilidad esta etapa de su vida. “Los adultos podemos hacer dos cosas muy importantes. Por un lado, contener sus angustias y escucharlos comprensivamente: no se trata de plantearles un ideal exigente e inalcanzable, sino de validar con orgullo de padres sus talentos”, aconseja Muñoz. Y prosigue: “Por otro lado, debemos mostrarles una adultez que merece ser vivida; enseñarles que, si bien hay dolores y angustias que todos portamos, es una etapa que también se disfruta. Deben saber que crecer tiene sus réditos, para que se animen a atravesar la adolescencia y construir un proyecto de vida que supere los miedos y las ansiedades”. 

Por su parte, Tzoymaher señala que es importante encontrar un punto de equilibrio al tratar temas de dinero en el ámbito familiar: no generar una burbuja en la que nuestros hijos no estén enterados de nada, pero tampoco preocuparlos en exceso por cuestiones que no pueden solucionar. “No es posible mantener a los chicos aislados de las problemáticas cotidianas, pero a la vez es necesario no incluirlos en la discusión de estas cuestiones como si fueran un adulto más, ya que no van a tener los recursos para darles a las cosas el lugar que merecen, y pueden dramatizar en exceso e incorporar una preocupación que no les corresponde”, asevera el experto. 
Creer en la educación
La encuesta de la Fundación Varkey, que persigue la misión de que todos los niños tengan un buen maestro, reveló que los jóvenes argentinos son los que más confianza depositan en la etapa de formación, convencidos de que el acceso a una educación de calidad es el factor clave para unir a la sociedad. 

En este sentido, González Montaner destaca la importancia de que en las casas de estudio se enseñen habilidades para la vida y no solamente saberes académicos. “La escuela debe acompañar el desarrollo psicológico sano de nuestros niños y adolescentes trabajando la empatía, la compasión, la sociabilidad, la regulación emocional y la autoestima”, afirma, a la vez que enfatiza la relevancia de acompañar a los adolescentes en el descubrimiento de un rumbo que los haga sentir plenos. “A ellos les interesa mucho construir un futuro que incluya la realización de sus habilidades y su creatividad –dice González Montaner–. Cuando encuentran su talento, el área de la identidad donde convergen entusiasmo y capacidad, disminuye notoriamente la ansiedad, ya que sienten que un futuro feliz es posible”.

Los padres también deben prestar atención a las características particulares de cada chico. Algunos funcionan muy bien bajo presión, mientras que otros pueden necesitar más tiempo dedicado al ocio. “Esto cabe tanto para los padres como para la escuela. Es fundamental  desdramatizar, ser flexibles y poder transmitirles estas mismas capacidades a los chicos”, desliza Tzoymaher. 

Tal vez, la idea de tomarse la vida con un enfoque más positivo sea la clave de la cuestión. Si se quiere educar hijos menos ansiosos y preocupados, quizá se deba empezar por respirar hondo para poder enfrentar con algo más de calma los desafíos que nos presenta la vida. Ellos, como en todo lo demás, aprenderán con el ejemplo.
¿Y el resto del mundo?
A nivel global, y según el sondeo de la Fundación Varkey, organización sin fines de lucro establecida para mejorar los estándares de educación, más de dos tercios de los jóvenes se define como “feliz”. Mientras que el 18% de los argentinos se mostraron satisfechos emocionalmente, en países como Alemania, Australia o Inglaterra la cifra supera el 30%. Brasil es el único país de la encuesta en el que la situación parece ser peor que por estos lares: allí, solo el 16% de los adolescentes y adultos jóvenes se sienten a gusto. Curiosamente, países en desarrollo como Indonesia, Nigeria o la India muestran niveles de felicidad más altos que naciones como Francia, Italia o Australia.

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