Personaje


“El legado de mi abuelo me inspira”


Por Cristina Noble.


“El legado de mi abuelo me inspira”
A veinticinco años del fallecimiento del gran Astor, su nieto, Daniel “Pipi” Piazzolla, prepara un homenaje con Escalandrum, el sexteto de jazz con el que triunfa en Latinoamérica, Europa, Asia y Oriente.

Tener ese apellido y ser músico siempre fue un signo para Daniel “Pipi” Piazzolla, baterista y alma de Escalandrum, banda de jazz argentino en la que toca desde hace ya dieciocho años. En algún momento de su carrera, la trascendencia de Astor, su abuelo, pudo haber sido una especie de cruz, un huracán capaz de deglutirlo. Pero ya no. Ingresado en su cuarta década, con diez discos editados, premios nacionales e internacionales, varios conciertos en el teatro Colón, tres hijos y años de psicoanálisis en su haber, ese apellido que lo identifica, lejos de ser una carga, se convirtió en una ventaja diferencial. Ya no es “Pipi” a secas –ese apodo con el que pretendía neutralizar el apellido–, sino “Pipi” Piazzolla.

“Es cierto; con los años uno se planta mejor en su vida, en su profesión. El legado de mi abuelo ya no me aplasta, sino que me eleva, me inspira, es un motivo de orgullo. A fin de cuentas, que yo me haya dedicado por entero a lo que amo se lo debo, en gran medida, a él”, desliza quien está preparando Primavera porteña, un espectáculo en el que homenajeará a uno de los compositores de tango más talentosos y prolíficos de la historia en el vigésimo quinto aniversario de su fallecimiento. Y comparte una anécdota esencial: “En casa, mis padres me presionaban para que siguiera una carrera, por temor a que me muriera de hambre. Lo intenté, sobre todo para evitar tener a toda mi familia en contra. Fui un día nada más a la facultad… un bajón. Cuando volví me estaban esperando mi papá y mi abuelo en el restaurante que entonces teníamos y que se llamaba Lo más pancho. Mi papá es músico también, pero por esos días se ganaba la vida de otra manera. Me acuerdo de que se puso nerviosísimo cuando le comenté que la universidad no era para mí. Mientras revoleaba por el aire hojas que yo llevaba en una carpeta, le repetía que me dejara en paz. Cuando terminó la escena, mi abuelo se me acercó y me dijo: ‘Grande, pibe. Sé músico. Sé pobre, pero sé feliz’”.

 –Una frase que quizás él no se animó a decirle a tu papá…
–No sé; igual, mi papá, Daniel Hugo Piazzolla, también está signado por la música. ¿Saben por qué le pusieron Hugo? En homenaje al violinista Hugo Baralis, el mejor amigo de mi abuelo. Papá es músico, compositor, percusionista, grabó infinidad de discos y tocó con Astor en los setenta en el octeto electrónico, así que presencié ensayos, shows en vivo, pruebas de sonido. Y estuve con él en el inolvidable concierto de mi abuelo en el Colón, en 1983.

– ¿Hay algún músico más en la familia?
–No. Mi mamá, Laura Zanini, es fotógrafa profesional. Y mis primos aman la música, pero no tocan ningún instrumento.

–Astor tenía un solo nieto que quería seguir sus pasos.
–Mi relación con él fue espectacular. Siempre me pasaba a buscar para que lo acompañara a sus presentaciones. Me dio muchos consejos: con qué maestros estudiar, a qué escuelas ir, que practicara mucho, que hiciera música de vanguardia, que escuchara mucho jazz. Él me compró mi primera batería, en una época en la que yo no podía hacerme de una.

–Pero empezaste con el piano, ¿no?
–En realidad, con un organito. Mi abuela me lo regaló cuando cumplí cinco. Comencé a sacar la melodía de todas las publicidades de la tele. Después le pedí a mi viejo un piano y estudié cinco años con una profesora. Leía una partitura y al rato ya la tenía toda en la cabeza. De chico me enganché mucho con la música, en especial con la clásica, hasta que me desencanté un poco. Tuve un impasse. En la adolescencia jugué al rugby en el equipo de Los Pinos, donde fui capitán... hasta que apareció la batería en mi vida.

– ¿Cómo llegaste a la batería?
–Por la hinchada de River.

– ¿Perdón?
–La primera vez que fui a la cancha vi los bombos y los platillos en las tribunas... Esos sonidos me llevaron a la percusión. Siempre me interesó y me movilizó lo popular. A Astor también: nos juntábamos en un bar para que yo le cantara las canciones de River. Un día fui a un recital de Rod Stewart y en el solo de batería me di cuenta de que estaban todos los elementos de la hinchada del Millonario. Pensé: “Basta de piano”. Y arranqué con un groso como Rolando “Oso” Picardi. Iba tres veces por semana. Un día me prestó Four & More, un disco en vivo de Miles Davis, de 1964. Me partió la cabeza y me metí de lleno en el jazz.  

–Y superaste musicalmente a tu papá.  
–Lo que pasa es que él no se dedicó más, pero no me olvido de que si estoy donde estoy, es gracias a él. Porque más allá de haberme insistido en que completara una carrera, me alentó siempre, me prestó dinero, hipotecó la casa para que pudiera irme a formar un año a Estados Unidos... Un capo. Él y mi abuelo, obvio. El vínculo entre ellos era muy profundo. Amén de haber tocado con él, mi papá fue un gran apoyo. Astor se separó varias veces, pasó por muchos momentos de soledad... Era capaz de pagarle un pasaje a mi papá a Milán porque no quería estar solo. Eran muy cercanos.

– ¿Qué heredaste de tu abuelo?
– (Piensa). Quizá pueda ser la búsqueda de la perfección. Pero me pasa con todo: desde cómo está hecha la cama hasta cuando Nicolás Guerschberg me trae un tema que es una bossa nova y me paso toda la noche tratando de volverlo jazz argentino… Mi abuelo trabajaba para la excelencia y yo intenté e intento estar a ese nivel. 

– ¿Sentís una mirada inquisidora por tu apellido?
–Sinceramente, no es fácil. Es pesado. Yo sé que me siento a tocar la batería y hay diez personas que están evaluando si estoy a la altura de Astor. Convivo con eso. Después te bajás del escenario y te dicen: “Yo era amigo de tu abuelo”. Hay miles de amigos de mi abuelo: de la secundaria, del barrio, de aquí y de allá…
Con el apellido en alto
Autor del libro Batería contemporánea. Técnicas, estilos y conceptos, “Pipi” fundó hace casi dos décadas Escalandrum, una agrupación que mantiene su formación original, y que se ha convertido en embajadora de la música nacional en el mundo, destacándose por su sonoridad así como por su poderosa actitud en vivo. “Lo que nosotros hacemos es jazz combinado con distintos ritmos locales. Surgimos en un momento histórico en el que se produjo una decisiva renovación en el lenguaje del jazz hecho en nuestro país. Fue la época en la que se hablaba del ‘nuevo jazz argentino’. Aparecieron clubes donde tuvo lugar la movida, cambió el criterio del standard, se incluyeron repertorios que contemplaban el rock, el folclore y el tango... A veces mezclados y a veces revueltos”, explica. Y profundiza: “Con Escalandrum viajamos por más de cuarenta países de Latinoamérica, Europa, Asia y Oriente. Tocamos en el Festival de Jazz de Montreal, en el Birdland Jazz Club de Nueva York, y en destinos como Israel o China. El grupo se mantiene muy unido: todos tiramos para el mismo lado, lo cual es muy importante para poder avanzar. Somos seis personas que ponen la misma energía para que las cosas sucedan. Amén del jazz, hacemos el homenaje a mi abuelo, compartimos un proyecto junto a Elena Roger, y presentamos en Sudáfrica un disco con música de Mozart y Ginastera”. 

–La frutilla del postre es el undécimo disco de estudio, que grabarán en octubre, nada más y nada menos que en el mítico Abbey Road, en Londres.
–Sí, claro; no solo es emocionante, sino que es un honor: allí, además de Los Beatles, grabaron estrellas de la talla de John Williams, uno de mis compositores favoritos. Allí grabaremos música original, propia: no solo mía, sino de Nicolás Guerschberg, Damián Fogiel y Mariano Sívori.  

–Piazzolla tiene mucho de jazz. ¿Cuándo te animaste con un tema de tu abuelo?
–Hace unos años. Antes me negaba, pero cambié de actitud en un ensayo, improvisando un tema suyo que no es muy conocido: “Lunfardo”. Lo terminamos, nos miramos y dijimos: “Guau, ¡cómo sonó!”. Lo hicimos sin traicionar el estilo de la banda. O sea, una parte improvisamos y otra no. Conservamos nuestro sonido y, al mismo tiempo, respetamos el tema con su cadencia original.

–No debe de ser sencilla esa amalgama…
–Para nada. Lo complejo es trasladar lo que hacen el violín y el bandoneón a tres saxos. El tango es muy delicado: una melodía tanguera tocada con saxo en lugar de bandoneón puede quedar espantosa. “Lunfardo” fue la semilla del disco que grabamos después, Piazzolla plays Piazzolla –que ahora tendrá su edición japonesa–, y del tributo que próximamente le haremos a Astor. 

 – ¿Escuchás tango?
–Soy más de poner a Miles Davis, Wayne Shorter, Brad Mehldau... No escucho Troilo. Lo de mi abuelo lo tomo como una excepción. En el auto siempre llevo dos discos suyos.

– ¿Y qué te pasa cuando le das Play?
–Es como si fuera la primera vez. Me emociono.
Intimidad y tributo especial
Escalandrum dio el puntapié inicial en 1999 como un quinteto que hacía latin jazz; en 2001 pasó a ser sexteto, con los integrantes actuales: Daniel Piazzolla (batería), Nicolás Guerschberg (piano), Mariano Sívori (contrabajo), Gustavo Musso (saxo alto y soprano), Damián Fogiel (saxo tenor) y Martín Pantyrer (clarinete bajo y saxo barítono). La presencia de Piazzolla abuelo ronda el grupo desde sus orígenes, ya que Escalandrum es una palabra inventada, que mezcla una variedad de tiburón criollo que Astor solía pescar en Punta del Este (el escalandrún) y el término en inglés drum (“tambor”).

“Los temas los elegimos de modo muy democrático. El repertorio de la música de mi abuelo también lo sometemos a votación. Nunca tuvimos una crisis. A mí me gusta que haya buena onda y equilibrio en los grupos”, define “Pipi”. Y sobre el show homenaje del 21 de septiembre en el Ciudad Cultural Konex (Sarmiento 3131, CABA), revela: “Haremos muchos temas del álbum Piazzolla plays Piazzolla y tendremos invitados como mi gran amigo Javier Malosetti en el bajo eléctrico, Richard Nant en la trompeta, Kevin Johansen y La Bomba de Tiempo. Estamos armando una gran fiesta para recordar a Astor. Va a estar lindo”.

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