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Imperfectas, ¿y qué?


Por Daniela Calabró.


Imperfectas, ¿y qué?
Se multiplican las mujeres que se alinean detrás de una nueva maternidad. Portavoces de un discurso con más permiso para el error, buscan cambiar el paradigma de una crianza idealizada.

El movimiento literario conocido como “realismo mágico” se caracterizó, sobre todo, por incluir elementos de fantasía en relatos de mayor crudeza y verosimilitud. Esa suerte de troquelado le permitió abarcar a lectores heterogéneos, ávidos por poder pendular entre un universo y otro. 

Algo parecido (salvando todas las diferencias del caso) es lo que sucede con el modo en que se está hablando sobre la maternidad de un tiempo a esta parte. Las hadas madrinas que hacían culto de una crianza perfecta e idealizada se enfrentan hoy con gladiadoras que, arremangadas y en el fango, quieren contar su verdad. ¿El resultado? El crudo realismo del primer año de vida de un bebé, condimentado con la magia innegable que todo nuevo integrante trae a la familia.

La escritora argentina Mercedes Muñoz, autora de Mamífera. El lado B de la maternidad, es parte de este colectivo de mujeres que, desde las redes sociales, los libros y los medios, intenta mostrar a las madres debutantes un costado con más permiso para el error, con menos pompas y auras doradas, con la misma felicidad, pero con mucha (mucha) más imperfección. “Mi tiempo se cuela por un desestabilizante embudo llamado ‘primer hijo’, por el que también se cuelan mi energía, mi amor, mi capacidad de atención, mis horas de sueño, la salud de mi espalda, la desprolijidad de mis uñas, los desayunos sentada y los juguetes en el living que siempre juré que iba a evitar cuando visitaba la casa de algunos antiestéticos padres primerizos”, puede leerse en su texto. 

En la misma línea se expresa la periodista chilena Constanza Díaz: “Cuando fui mamá, comencé a darme cuenta de que había muchas páginas que hablaban sobre maternidad, pero nadie se centraba en contar la parte difícil. Todas tenían una perspectiva perfecta, linda, la cual claramente existe, pero nadie tocaba las noches en vela, la postergación de la mujer, lo difícil de reinsertarse en la vida laboral, la distancia con tu pareja cuando llegan los niños”.

“Debemos ser más empáticas. La peor enemiga de la mujer es la propia mujer. Somos nosotras las que juzgamos a nuestra pares”. Constanza Díaz

Sus ganas de adentrarse en la contracara del tema convirtieron a Díaz en el alma máter de perfectamenteimperfectas.cl, un exitoso sitio web que narra estas desventuras sin filtro, con todas las letras, con puntos y comas: “Quise crear una ventana de desahogo, un lugar donde las mujeres sientan que las escuchan y no las juzgan. Nadie se atreve a decir que está cansada, que quiere llorar, que quiere escaparse sola. ¿Por qué? Porque, inmediatamente, la tildan de mala madre”.

El fenómeno no es solo editorial. El mundo del espectáculo asistió al éxito de ficciones escritas por madres desbordadas (como Según Roxy), YouTube se plagó de videos de primerizas que piden auxilio y los espectáculos de stand up no escatiman en monologuistas que hasta suben a escena con sus bebés. El humor demostró ser una de las mejores formas de canalizar este flamante mensaje que, sin embargo, esconde una cruzada profunda por salir de un estereotipo milenario. 

“Antes de que existieran los Estados, las religiones ya asociaban a la mujer con la maternidad. Para eso servíamos: éramos las que asegurábamos la supervivencia de la estirpe. Cuando, además, pasamos a ser las responsables de la línea de herencias, nuestra función quedó ligada a lo económico y luego a lo cultural. Romper esos paradigmas es una tarea muy valiente”, resume Marilén Stengel, licenciada en Letras y experta en temas de género que, hace más de una década, se dedica a coordinar grupos en los que se promueve el desarrollo femenino. Y prosigue: “Yo les doy la bienvenida a estas mujeres que cuentan sus luces y sus sombras, porque aflojan la exigencia de quienes vienen detrás. La posibilidad de salir del aura de madre abnegada les permite a otras mujeres ser quienes son sin tener una culpa tremenda”. 
Hacerlo bien, hacerlo mal
Una mujer consulta a Freud, padre del psicoanálisis: “Doctor, necesito que me diga cómo educar a mi hijo”. ¿Qué recibe como respuesta? “Mire, usted edúquelo nomás, total lo va a hacer mal”. Un chiste tan simple puede asegurar más de una sonrisa (y cierto alivio) en muchas madres contemporáneas que están empezando a asumir que son falibles. “A pesar de que se están alzando las voces de las mamás perfectamente imperfectas, aún queda mucho camino por recorrer. Yo recibo cientos de mensajes diarios de madres colapsadas y llenas de culpa porque fallaron en la lactancia, porque deben regresar a trabajar, o porque todos se meten en su crianza y las llenan de miedos. Debemos ser más empáticas. Últimamente descubrí que la peor enemiga de la mujer es la propia mujer. Sí, somos nosotras las que apuntamos con el dedo, las que juzgamos a nuestras pares”, desliza Díaz.

“Es muy valorable que más mujeres se animen a decir qué es lo que les cuesta. Que puedan contar que los hijos son divinos, pero agotadores”. Marilén Stengel

Otro adversario que pisa muy fuerte es el exceso de información, que salpica a borbotones desde los medios, redes sociales, libros y aplicaciones. “Eso suele confundir a las madres, sobre todo a las primerizas. Hay demasiadas reglas sobre el ‘cómo hacer’, y la verdad es que debemos atrevernos a echarlas al bolsillo. La maternidad no se vive con reglas, se vive con el instinto materno que se desarrolla cuando nace el bebé”, asevera la periodista chilena. 

En ese sentido, se está reforzando lo positivo de ejemplificar desde el error, desde la experiencia en primera persona. “Es muy valorable que más mujeres se animen a  decir en qué se equivocan, qué es lo que les cuesta. Que puedan contar que los hijos son divinos, pero que el primer año están pegados a vos y que es terriblemente agotador. Esa etapa es muy difícil psicológicamente, porque hay un grado de fusión tan grande que se genera una pérdida del ‘yo’. No hay un límite entre el bebé y vos, es un ‘nosotros’ rarísimo”, advierte Stengel. 

La propuesta es sincerarse y dejar de temer al qué dirán por levantar una bandera menos etérea. La propia Stengel da un ejemplo claro y contundente: “¿Cuántas mujeres te dicen que el parto fue un espanto? ¡Ninguna! Esto responde a dos motivos: el primero, que culturalmente no se acepta; el segundo, que la naturaleza es sabia y hace que te olvides de ese dolor, porque, de lo contrario, no querrías volver a parir y la naturaleza necesita que seamos fecundas”.
Ser... o no ser
A pesar de todas las conquistas ganadas, y de estos relatos masivos más empatados con la realidad, hay un deseo que todavía es muy cuestionado a nivel social, cultural y familiar: el de no dejar descendencia. 

“En el paradigma actual, una mujer que no es madre no es mujer del todo. Sin embargo, en la sociedad empieza a haber un permiso tímido para que ellas elijan o no atravesar esa experiencia. Hoy en día, la postura de no tener hijos es casi tan válida como la de tenerlos. Y digo ‘casi’ porque quienes determinan no tener hijos todavía se ven obligadas a tener que explicar que no odian a los chicos y que son mujeres normales. Su decisión, en realidad, pasa por ser fecundas por otro lado”, analiza Stengel. 

Para concluir, Díaz aclara que, como en todo, se puede optar por diversos caminos. Y cierra: “No por tener útero estamos obligadas a ser madres. La maternidad no es la panacea para la felicidad absoluta, ni para que te cuiden cuando seas grande, ni para retener a un hombre a tu lado. Ser mamá es una experiencia fantástica, una montaña rusa de emociones, un viaje a lo que nunca te habías imaginado, al amor más absoluto, al cansancio más extremo. A lo alto y a lo bajo en un solo minuto. No es para todas las mujeres y eso es muy respetable. No somos más mujeres por ser mamás. No somos menos mujeres por decidir no tener hijos. La vida se puede vivir de diferentes maneras”.
No hay cátedra*
¿Se preguntaron, alguna vez, qué clase de madre quieren ser? Es muy común detectar que los adultos no han evaluado alternativas al respecto y que la vida los sorprende con el primer llanto en la cuna, sin saber bien si alzar al bebé o dejarlo que llore. Del otro lado se sitúa el padre que ha leído tanto que puede escribir él mismo el decálogo de consejos para asumir este nuevo rol. En el medio, una amplia gama de tibios acercamientos a la crianza, con aplicaciones sucesivas de técnicas que cambian todo el tiempo sin coherencia. No existe la fábrica de padres. 

La mayoría se construye a la par de que el bebé se transforma en adulto. Van avanzando por prueba y error, modificando la ruta como un “recalculando” del GPS. Si no existe esa cátedra donde recibirse para ser papá, ¿cómo enfrentar el hecho de serlo? 

Con el instinto. Durante centurias las mujeres debieron proteger a sus bebés de los peligros y prepararlos para un futuro próximo en ausencia de sus progenitores. La vida sigue siendo eso –con más o menos tecnología o estudios psicológicos–. La primera recomendación que debería escuchar un papá al iniciar su senda es la de su ser interior. En algún lugar, tiene una sapiencia milenaria. ¿Cómo se imaginan que hizo Adán?

*Por Flavia Tomaello, autora de Rutinas felices y Qué animal somos como padres.
De soledad y padres
Entre quienes divulgan a viva voz los avatares de esta etapa de la vida, se repite una palabra: soledad. “Nadie nos dice que la maternidad se vive lejos de todos, encerrada entre cuatro paredes. Por eso es muy necesaria una buena red de contención. Es fundamental tener a alguien con quien hablar, que te escuche, con quien salir a tomar un café para respirar otro aire y recargar pilas”, recomienda Constanza Díaz. ¿Y los padres? ¿No deberían ser, acaso, el sostén por excelencia? “Yo creo que los hombres con memoria, que hayan visto realmente a sus madres, se van a dar cuenta de que, como cualquier ser humano, su madre hizo lo que pudo. Ellos ya saben que no somos perfectas y no están esperando a la madre que vende la sociedad. Además, cuando inauguran su paternidad,  también se dan cuenta de que no son perfectos, de que esa utopía no tiene ninguna posibilidad de concretarse. Si ellos pueden asimilar eso, se vuelven seres mucho más amorosos y menos exigentes”, argumenta Marilén Stengel.

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