Personaje


Fashion & sustentable


Por Natalia Miguelezzi.


Fashion & sustentable
Lucía Chain se posiciona como una de las diseñadoras argentinas con mayor proyección mundial. Sus colecciones, muy elogiadas en Europa, son un canto al color y a lo experimental, bajo los pilares más puros de la naturaleza. 

La tarde de lluvia no impide que elijamos sentarnos en el jardín de un bar, ubicado en el corazón más verde del porteño barrio de Belgrano. Una amplia sombrilla nos recibe, y entre la humedad y el silencio charlamos con Lucía Chain, una de las diseñadoras argentinas con mayor proyección internacional.

Era muy chiquita cuando empezó a juntar sus primeras telas y agujas. Las veía con frecuencia en la casa de su abuela materna, que no solo era modista sino la persona con la que se crió. Por algún motivo, decidió absorber todo lo que ella hacía: bordar, coser, hacer ropa. Jugaba a armar desfiles o construir casas de tela para sus muñecas. Solo bastaba mirar a su alrededor para seguir aprendiendo.

Su perfil lo completaron un padre fruticultor y una madre profesora de Biología: con ellos recolectaba frutos y descubría y observaba insectos. Quizás en todos esos oficios familiares se fue moldeando esa capacidad de combinar trabajo y conciencia sobre el mundo que habitamos. “Yo no me daba cuenta, pero hoy es algo que tengo muy naturalizado”, confiesa quien, a sus 29 años, ya es dueña de su propia marca (Chain), reconocida por generar en la industria más respeto y sustentabilidad.

De 2013 a la actualidad, Lucía se fue consolidando como una de las grandes promesas del universo fashion. Ganó el Semillero UBA, formó parte de la dupla creativa Chain-García Bello, y, gracias a su colección Salvaje Silvestre, fue elegida como una de las diez diseñadoras finalistas del Fashion Makes Sense (La moda tiene sentido), certamen que se organiza en Holanda y forma parte del Fashionclash Festival. La preselección se dio en la edición de junio, y en octubre se llevará a cabo la etapa final, siempre en la ciudad de Maastrich. “El Fashionclash es un festival que va en contra del sistema de la moda. Allí se presentan trabajos de diseñadores emergentes y siempre me encantó eso. El año pasado me enteré de la convocatoria que hacían para poder desfilar este año y decidí presentarme”, desliza Lucía.

– ¿Por qué pensás que tuviste tal repercusión?
–Valoraron que vaya por un camino sustentable. Algo que los movilizó fueron mis tarjetas de presentación: son de papel reciclado y tienen semillas. Una vez que me contactás, podés plantarla para no generar residuos. ¡Para ellos era un objeto increíble! Le sacaban fotos, no podían entender cómo se me había ocurrido. En la Argentina, esta es una tendencia en auge: muchos se están preocupando por este tema. 

– ¿Afuera están alejados de la tierra?
–Eso fue lo que yo sentí. Valoran el pensamiento, pero no lo aplican para nada. ¿Cómo decirlo…? Van al supermercado y ya tienen los productos orgánicos envasados. Aquí, cada vez son más los que cultivan una pequeña huerta en su casa. Nuestra cultura es más arraigada al origen, no solo por nuestros abuelos inmigrantes, sino también por quienes estuvieron en nuestras tierras y cómo eran.  

– ¿Siempre te preocupaste por cuidar el medio ambiente?
–Mi mamá nos educó con conciencia sobre lo natural. Yo no podía matar ni una hormiga. Después, cuando empecé la carrera de diseñadora se fue construyendo todo el resto: te vas enterando de cosas que no solo tienen que ver con lo ambiental, sino con lo social. 

–Te gusta plantear temas en tus colecciones. ¿De qué se trata Salvaje Silvestre?
–Habla del regreso a agarrar las herramientas. Volver a ser artesanos es volver a tocar la tierra, y de allí sacar los pigmentos… Todo está ahí. De alguna manera, es un pequeño homenaje a la gente que veo a mi alrededor, que trabaja con convicciones, ideales, rebeldía y poética.

– ¿A esto lo llaman movimiento craftivista o la “nueva actitud punk rock” en indumentaria?
–Sí. Es un movimiento global que se llama “craftivismo”, que se enfoca en la autogestión y en generar redes de consumo que van más allá del dinero. A la vez, está relacionado con el trueque: a vos te gustó mi remera y a mi tu taza, y la intercambiamos sin billetes de por medio. Eso me parece revolucionario, lo más punk que existe.

–Este año te relanzaste como Chain. Te animaste sola.
–Es que Juliana (García Bello), con quien formaba la dupla, decidió no estar más en la marca. Ojo, me encanta trabajar en equipo, así que no cierro la puerta a asociarme otra vez.
Con sello propio
Sus prendas tienen una forma fina y calmada, con algún elemento asiático. Camisas largas hasta la altura de la rodilla, overoles, casacas, pantalones holgados... “Género neutro”, especifica. Asimetría y vanguardia. La paleta es acotada y va de los grises a los rosados, con algún azul entre medio. El algodón orgánico sirve tanto para un pantalón de hombre como para un vestido de mujer, lo que se transforma en otra manera de unir los sexos. Toda una tendencia en la industria local.

–La palabra moda no te gusta.
–Creo que la indumentaria cumple una función y el término moda se la quita un poco. La moda cambia constantemente y, de alguna forma, no permite que seamos individuos. Nos viste a todos de la misma manera, sin personalidad, para pertenecer o lo que fuese. A la vez, está el hecho de tirar y dejar de usar una remera verde porque se impone el rosa. Digamos que la palabra me parece fuerte y me genera cierta distancia. 

Con los pies sobre la tierra y la mirada hacia adelante, Lucía promueve la innovación y no detiene su marcha ni un instante. Recientemente, sumó su marca a la plataforma Argentina Diseña Futuro (ADF), de Sergio Morinigo, que reúne a una selección de diseñadores argentinos con proyección en el exterior. Después de su viaje a Holanda, estará presente en Viste Rosario, con un adelanto de lo que será su flamante colección OI2018.

– ¿Qué otros proyectos tenés a futuro?
–Soy muy fanática de anotarme en concursos, quedé en un par y tengo que cumplir con esas obligaciones. Ya comencé a pensar el invierno del año que viene, con la idea de seguir presentándome en todo lo que sea pasarela conceptual y hacer una bajada comercial que se pueda vender. Tendré un pequeño showroom en Espacio Darwin, lo cual es muy importante para mí, ya que, hasta el momento, no tenía un lugar físico donde se pueda encontrar mi ropa. Todo es ir avanzando de a poquito y a pulmón.

–Tu paleta de color es orgánica. ¿Podrías ahondar en el nacimiento de ese proceso?
–A partir de errores cotidianos descubrí tintes que nacían de los desechos de las comidas. Entonces, y un poco por diversión, empecé a experimentar con estos residuos para comprobar qué pigmentos me daban. Recolectando agua de lluvia o secando los residuos al sol, elegí cuatro de los colores que más me gustaron, y son los que se lucen en Salvaje Silvestre. 

– ¿Cuáles son?
–El rosa es el agua de la remolacha, el amarillo son las pieles de las cebollas, el gris es el agua de los porotos, y el azul, la del repollo colorado. Cuando te sumergís en el universo de los pigmentos, notás diferentes mordientes sobre distintas bases textiles, y cada color tiene un mundo inmenso. Quiero seguir por ese camino porque es como cumplir un sueño casi de laboratorio. Me encantaría desarrollar nuevos pigmentos orgánicos para que la gente los pueda tener para teñir. El gran problema en la industria textil orgánica son los colores. Considero que siempre es mejor hacer algo que ayude, por más chiquito que sea. Por algún lado se empieza.

– ¿Qué te inspira?
–Todo lo que está a mi alrededor. Aquellas observaciones que hago de lo más cercano. La colección pasada fui inspirada por mis amigos y la gente que conozco que está activando un sistema paralelo. La que viene me centraré en mi abuelo y en cómo funciona la memoria en el ser humano. Son temas que nacen en un determinado instante; no son premeditados, sino que van sucediendo. Me pongo a investigar y, de repente, aparece el disparador y se asoma la idea. Claro que tiene que ser algo tangible. Por ejemplo, me fascina Japón, pero no podría inspirarme sin haber ido nunca. Necesito la experiencia cercana para poder decir algo. De lo contrario, siento que todos podríamos hablar de lo mismo, y eso, con el tiempo, se pone aburrido.

– ¿Hacés viajes textiles?
–Todavía no, pero es una deuda que tengo pendiente. Me gustaría poder recorrer todo el país para trabajar con lo autóctono, que es a lo que apunto. La Argentina es muy rica, y eso hay que valorarlo mucho.

– ¿Qué creés que pasará con la industria a futuro?
–No lo sé. Por un lado, supongo que va a seguir todo igual. Pero, por otro lado, cada vez noto más ansiedad de cambio en el consumo. Creo que lo que viene estará vinculado a la prenda que fue pensada y que tiene calidad, que fue hecha a mano, con tiempo y sin la noción de masividad. También se verá mucho la inclusión del consumidor en las marcas, diseñando para las tiendas indirectamente, casi como un juego. Pero convivirá todo junto; no imagino que vaya a desaparecer el sistema más cruel de la moda.

– ¿Qué te gustaría cambiar con tu trabajo?
–El pensamiento a la hora de consumir y entender el diseño. Desde que egresé de la facultad, me pareció increíble, por ejemplo, que los amigos de mis papás, que no tienen nada que ver con el ambiente de la moda, me digan cosas del estilo de “me emocionó tal colección” o “estuve viendo a tal diseñador”. El público en general está cambiando su cabeza, sus comportamientos. Es más consciente cuando va a comprar algo, se interioriza sobre su origen, si es natural o por quién fue confeccionado. Está buenísimo que las personas se planteen estas cuestiones, cuando nunca antes lo habían hecho. Inspirar con el ejemplo: eso es lo que me motiva a seguir haciendo lo que hago.
La intimidad de una creadora
Lucía se despierta por la mañana en su casa, donde también funciona su taller. Desayuna y se sumerge en lo que describe como “su lugar en el mundo”. Puede ambientar con música o disfrutar de la tranquilidad del barrio de Bernal (Buenos Aires). 

La mayoría del tiempo se le consume entre pedidos, diseños o tintes (su ultima devoción). Trabaja con stocks muy chicos que deja en determinados locales, ya que no está a favor de producir en serie. Y revela que la mayoría de sus clientes son artesanos: “Cuando empecé con mi carrera, tuve una gran visión de lo que era la moda y pensaba que no era solo diseñar grandes vestidos de alta costura, sino analizar y estudiar a quién puedo vestir y por qué. De alguna manera, a eso me dedico hoy”.

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