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Tsunami plateado


Por Cristina Noble.


Tsunami plateado
La expectativa de vida corre sus límites: Para 2050, los mayores de 60 años superarán a los menores de 15. Cómo repercutirá social, cultural y económicamente.

En la actualidad, según sociólogos y especialistas de la salud, el aumento de la longevidad está adquiriendo dimensiones inéditas.  Nunca antes en la historia de la humanidad la población de ancianos ha tenido como perspectiva ser más numerosa que el número de jóvenes. De consumarse plenamente esta predicción, estaríamos ante un verdadero “tsunami plateado” –así llaman los especialistas al fenómeno–, por las implicancias sociales, culturales y económicas que traería aparejado y que no registra antecedentes. 

Vamos a los números. Un informe reciente del Fondo de Población de las Naciones Unidas señala que, en apenas una década, una de cada cinco personas será mayor de sesenta años. Más futurología: en 2050, el grupo de menores de quince años será superado por el conjunto de individuos que pasen la barrera de los sesenta. Para esa fecha, este último grupo, según la Organización Mundial de la Salud, ascendería a dos mil millones de personas (cuando hoy está conformado por setecientos millones). 

Aunque menos abruptamente, en  la Argentina la tendencia también se verifica. Según una investigación de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales, la población mayor de setenta años suma unos tres millones y medio de personas. Otro estudio afirma que las personas mayores (así se las considera a partir de los sesenta años) constituyen el 14,9% de nuestra población, a la vez que estima que superarán el 22% hacia 2050. Por otra parte, ser centenario dejó de ser excepcional en el país: por estos pagos se registran 3487 personas que ya soplaron las cien velitas (el 77,5% son mujeres). 

“Ahora la vejez comienza a los ochenta. Esto nos deja con unos treinta años de margen, ya que el período entre los cincuenta y los ochenta es mucho más extenso que la juventud, por lo que tendremos que inventar una nueva forma de vida”, dijo el profesor Ian Robertson, decano de investigación del Instituto de Neurociencias del Trinity College, durante el Festival de Ciencias de la Asociación Británica. En el encuentro que se celebró en Dublín (Irlanda) se consideró que, debido a los cambios contemporáneos, la nueva edad adulta se extiende de los cincuenta a los ochenta años. “Gracias al franco crecimiento de esta franja etaria, si antes se hablaba de la ‘tercera edad’ como etapa final, en el presente se incorporó la noción de ‘cuarta edad’ a partir de la octava década”, sentencia la licenciada Graciela Zarebski, directora de la carrera de Psicogerontología en la Universidad Maimónides. Y agrega: “Esto implica re-crearse. Para ello se debe fomentar lo que denomino ‘factores de personalidad protectores para el envejecimiento’: ser flexible a los cambios, diversificar los puntos de apoyo, vínculos e intereses, y ahondar en la capacidad reflexiva, de autoindagación y autocuestionamiento. Todas estas son claves para enriquecerse mentalmente y animarse a seguir en la búsqueda, abrirse a lo nuevo y preservar la autonomía. Si el sujeto se mantiene estimulado y activo, tendrá un efecto positivo en las redes internas biológicas, amén de las emocionales y cognitivas”.  

En pleno siglo XXI, ingresar en el ya no tan selecto “grupo de los ochenta” puede asociarse a la aparición de oportunidades nunca antes abordadas o al ejercicio pleno y activo de las capacidades. Basta mencionar algunos exponentes famosos como botones de muestra: Robert Redford, Jane Fonda, Clint Eastwood, Mick Jagger, Pepe Soriano, la reina Isabel, Warren Buffet, Alberto Cormillot, Carlitos Balá y Mirtha Legrand, entre otros. 

Y no se trata de excepciones referidas a eminencias o celebridades, ni de centrarse solo en el venerable papel de abuelos. Los adelantos científicos y tecnológicos, la medicina preventiva, la divulgación de dietas saludables y del ejercicio físico como rutina diaria para evitar enfermarse son elementos que, al influir en la prolongación y calidad de vida, contribuyen a que la cuarta edad no se traduzca en clausurar proyectos o abandonar objetivos y ambiciones. “En cualquier etapa de la vida se necesita un fin que le dé sentido a nuestra cotidianidad. Y mucho más en la tercera y cuarta edad, cuando una perspectiva vital propia neutraliza la falta de valor social que se impone en esta época en que la juventud es idealizada como el momento de las realizaciones”, esgrime la psicóloga Silvia Aguilar.
Las estadísticas en América 
Según datos de la Organización Mundial de la Salud, nuestro continente es una de las regiones con población más longeva del mundo. En 2006 se registraban cincuenta millones de adultos mayores, cifra que estiman que se duplicará para 2025, y volverá a hacerlo para 2050, cuando una de cada cuatro personas tenga más de sesenta años. Además, aumentó la expectativa de vida: en las últimas cinco décadas, se ganaron en promedio más de veinte años. Más del 80% de las personas que nazcan hoy vivirán sesenta años, y el 42% de ellos pasará la barrera de los ochenta. En 2025, en la región habrá casi quince millones de personas que ostentarán más de ocho décadas.
En primera persona
“No podría sentirme bien sin tener una meta”, confiesa Elisa Forti, de 83 años, maratonista que, cada mañana, se levanta con el propósito de correr una hora por su barrio, en la localidad bonaerense de Vicente López. Con cuatro cruces de los Andes en sus espaldas y una madre centenaria que nunca dejó de llamarla al terminar sus competencias, se pregunta: “¿Por qué iba a dejar el running? ¿Solo por el hecho de tener muchos años?”. Delia, viuda, cursa a los 75 años su primer año en Artes Visuales, algo que siempre quiso hacer, pero que no había podido concretar. “Era algo pendiente –dice–. Ahora que todos mis hijos están casados y los nietos ya son grandes, encontré el momento”. Juan (83) es otro de los que no están dispuestos a retirarse de la vida: “Tengo salud y tuve la suerte de conocer a mi tercera esposa hace un año: una piba de 69 que me alegra los días”. 

Evidentemente, la realidad avanza a un paso mucho más acelerado que la comprensión. Es que, pese al aumento de la expectativa de vida de la población y la manera de asumirla por parte de cada vez más adultos mayores, el fenómeno aún no termina de revelarse en toda su dimensión. “En este contexto, parecería necesario volver a pensar el significado del envejecimiento y construir una idea distinta sobre las personas mayores. Es importante desarticular mitos y prejuicios, ya que la vejez no es algo que le pasa al otro, sino algo latente en todos nosotros desde que nacemos”, señala Luis Quici, gerontólogo y presidente del Foro Interdisciplinario para Adultos Mayores (FIPeM). El doctor Néstor Fernández, vicepresidente del mismo organismo, coincide y acota: “Es necesario un replanteo de las políticas, ya que la pirámide poblacional sobre la que se trabajó en las últimas décadas ya no existe. Antes la meta estaba en los setenta años de vida; hoy ya se habla de superar la barrera de los cien”. 

En su libro Envejecer es bueno para la salud, el pedagogo español Javier González sostiene que la cultura actual abona la idea de que la juventud es por sí misma fuente de felicidad y gozo, y que su opuesto es sinónimo de enfermedad e infelicidad. “Por eso, le tememos a ese período de la vida. Pero esas creencias que fabricamos no son ciertas. Las enfermedades, por ejemplo, nos las causamos nosotros mismos de jóvenes, con los malos hábitos que llevamos adelante”, destaca. Y profundiza: “Así que empecemos a tomar conciencia de que, a partir de la tercera edad, es factible tener mejor salud que a los veinte. Como la ciencia nos demostró que es posible vivir más tiempo, es probable que ahora nos cuidemos más que cuando éramos jóvenes y nos pensábamos eternos. Para eso, hay que anticiparnos y prepararnos para transitar una edad de júbilo, en la que podamos incursionar en lo que siempre quisimos aprender, o trabajar en algún proyecto que siempre deseamos y no pudimos materializar porque teníamos hijos que cuidar o hipotecas que pagar. ¿Cómo prepararnos? Mediante la realización de ejercicios, una alimentación sana y, sobre todo, evitando los factores que generan estrés”.
Lo mejor está por venir
“Nosotros no somos gerontes; somos abuelos con vitalidad para regalar a los jóvenes. No debemos cerrarnos, sino ofrecer nuestra experiencia, nuestros sueños positivos”. Las palabras pertenecen al papa Francisco en una charla que mantuvo ante decenas de cardenales de edad avanzada. 

En la misma sintonía que el Sumo Pontífice, Luis Rojas Marcos define que la vitalidad física, mental y social no es tanto una cuestión de genes, sino del estilo de vida que elegimos. El psiquiatra español subraya que, en la historia pasada y reciente, numerosas personas que se encontraban en un altísimo nivel intelectual y artístico tenían una edad avanzada. ¿Quiénes? Pablo Picasso, Victor Hugo, Johann Wolfgang von Goethe, Henri Matisse e Immanuel Kant, entre otros. 

“De acuerdo con mi experiencia clínica, son los mismos integrantes de la tercera y cuarta edad los que tienen que comenzar a revalorizarse. Es un error querer ser siempre jóvenes. Primero, porque es imposible, y segundo, porque eso implica no reconocer nuestro valor como personas de experiencia. No se trata de medir nuestros días por lo que perdimos, sino por lo que ganamos”, aconseja la licenciada Aguilar. Y concluye: “La principal ganancia de la edad es que las emociones más virulentas se atemperan, y el conocimiento y la experiencia se convierten en aliadas permanentes. A los sesenta uno aprende a diferenciar lo que es importante de lo superfluo”.
Los mejores y peores países para adultos mayores
El Índice Global de Vigilancia del Envejecimiento, que publica la organización HelpAge International, es el primer estudio que clasifica a los países de acuerdo con el bienestar social y económico de los adultos mayores. Informa sobre más de noventa naciones y analiza los beneficios que cada una otorga en términos de pensiones, transporte, espíritu comunitario y servicios de salud para los mayores de sesenta años. Según el informe, la mejor calidad de vida está en Suecia, Noruega y Japón. Chile se destaca como el mejor latinoamericano. ¿El peor calificado? Afganistán. Silvia Stefanoni, presidenta de HelpAge International, afirma: “Pese a una mayor conciencia sobre los derechos de los adultos mayores, todavía hay millones que siguen enfrentando condiciones muy difíciles, con falta de acceso a los servicios esenciales”.

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