Entrevista


“No pretendo ser moralista”


Por Alejandro Duchini.


“No pretendo ser moralista”
Carlos Ruiz Zafón es el español más leído del mundo después de Cervantes. En su último libro reflexiona sobre el poder, la violencia y el humor.

Soy adicto a las gaseosas light” es casi la frase de presentación del escritor español Carlos Ruiz Zafón cuando se acomoda en un rincón de un paquetísimo hotel porteño. Pero Zafón es mucho más que un escritor que toma gaseosas light: es el autor en español más leído del mundo después de Miguel de Cervantes. Su última novela, El laberinto de los espíritus, cuarta y final de la serie “El cementerio de los libros olvidados”, es un verdadero éxito editorial, como lo fueron las tres antecesoras: La sombra del viento (2001), El juego del ángel (2008) y El prisionero del cielo (2011). 

El catalán de cincuenta y dos años asombra con un tono de voz bajo y finito, que se contradice con su figura alta, corpulenta. Prendido sobre su saco negro, llama la atención un broche que representa la figura de un dragón. Los dragones son su obsesión, suele confesar. Ya sea en su ropa o en su casa de Los Ángeles (donde vive con su esposa), siempre hay algo relacionado con dragones. Aún no sabe por qué, pero desde chico los atesora en forma de muñecos, fotos, prendedores y hasta tazas. “Tal vez se deba a que nací en Barcelona y allí la iconografía del dragón está muy presente –desliza–. Por lo que sea, esta bestia me genera simpatía. Hará unos diez años intenté contar cuántos objetos tengo: eran más de cuatrocientos. Seguí acumulando, así que no sé cuántos tendré ahora. Siempre llevo al menos uno encima: en la chaqueta, en mi mesa de trabajo, en las estanterías, en el equipo de música. No es que sea coleccionista: una colección es algo que no se usa. Yo soy usuario, como de los libros y de la música. Tengo miles de discos y libros. Ya no sé dónde ponerlos”.

– ¿Qué escucha?
–Clásica y jazz. A veces, blues. Pero me gusta todo. La música es mi hobby y la literatura, mi trabajo. 

– ¿Cuál es el momento en que escucha música?
–Siempre tengo música puesta, ya que es la luz que redime la sombra de este mundo terrible que vivimos. En mi visión, es la más sublime de las expresiones artísticas del ser humano. Y no suelo escuchar online porque la calidad del CD con un buen equipo es increíble. Creo que con esta moda de hacerlo a través de Internet estamos escuchando música en las peores condiciones de los últimos cincuenta años. Hoy hay tecnología de consumo, de baratilla, pagando una cuota mensual, pero la tecnología no es eso. O no es solo eso: existen otros dispositivos de audio para disfrutar de la música de una manera maravillosa. Muchos no lo saben y escuchan las canciones en el celular: es como ver El padrino en un reloj inteligente. 

– ¿Cuándo lee?
–Intento leer todos los días, aunque sin un hábito fijo. Cada vez leo más historia, ensayos, aunque también ficción. No atiendo a etiquetas ni prejuicios. Tengo mi propio criterio.

– ¿Le cuesta alternar lectura con escritura?
–Escribir y leer son cosas diferentes. Hay quienes dicen que no pueden hacer ambas cosas, pero creo que es bueno leer mientras se escribe. Para mí leer es una forma de relajar la cabeza cuando se está todo el día escribiendo. Es una forma de entrar al mundo de otra persona. Lo disfruto. Me gusta leer tumbado en la cama. Incluso tengo dispositivos electrónicos que me permiten hacerlo en la oscuridad. Me sirven cuando viajo.

–Daniel Sempere, protagonista de El laberinto de los espíritus, ama los libros. Y los libros son elementos siempre presentes. ¿Por qué?
–Daniel Sempere dice que los libros son sus amigos. Creo que cualquier lector puede conectar con esa idea. Los libros son puertas de entrada a muchas vidas, a ver las cosas de otra manera, a salirse de uno mismo. En lo personal, me produce alegría ser quien invite a los lectores a ingresar a un nuevo universo, a hacerse preguntas. Las personas que leen lo hacen por placer; por eso, es muy importante no perder el goce. Yo no pretendo ser moralista, sino contar historias de la mejor manera posible. Si mis lectores se sintieron transportados en una aventura con personajes que les parecieron reales, que se convirtieron en sus amigos, pienso que mi trabajo ha salido bien y que valió la pena mi esfuerzo.

–Allí, por otro lado, los libros funcionan como línea divisoria entre buenos y malos.
–Hay un conflicto entre quienes se sacrifican por salvarlos y quienes quieren destruirlos por mezquindades humanas, como la vanidad o el odio. Como Mauricio Valls, un personaje que es un horror, que para conseguir lo que quiere es capaz de destrozar la vida de quien sea. Pero lo que quieren salvar los otros es la visión honesta de las cosas. Tal vez la excusa sean los libros, pero se podría extrapolar a otros ámbitos. En estos libros hay una función de metáfora que va más allá de la literatura, que tiene que ver con la memoria.

–Un gran momento del libro, por el nivel de descripciones, es el de las consecuencias que sufre Valls a raíz de la gangrena. ¿Cómo cuenta el dolor, la humillación, el odio?
–Recuerdo cuando escribí esas escenas complicadas, de violencia extrema. Es difícil de transmitir algo así porque, a veces, no hay punto de referencia. En este caso, Valls quedó atrapado en el infierno de la venganza que se toman con él. Es una experiencia horripilante que nos permite entrar en el sufrimiento de alguien que es un villano y que hasta podríamos decir que se lo merece, que se lo buscó. Pienso que a la violencia no hay que frivolizarla en la ficción, sino transmitirla con toda su crudeza. No quiero que eso sea divertido. 

–Usted también habla sobre el poder. En un fragmento se lee: “En el poder, las puñaladas nunca llegan de frente, siempre por la espalda y con un abrazo”.
–Las personas que deciden entrar en el juego del poder para ascender saben que eligen un camino que tiene un tobogán. Uno se pregunta qué precio quieren pagar. En esa lucha hay muchas puñaladas. Lo vemos todos los días. Aunque a veces elijamos creer en la versión oficial de las cosas. 

–En sus personajes nunca falta el humor.
–Es que los comediantes pueden decir la verdad. Se ve hasta en el análisis político, donde lo más honesto viene de parte de los comediantes. Es curioso, ya que, en varios casos, los cómicos se han convertido en periodistas y los periodistas se esfuerzan por ser cómicos. Es un momento extraño, en el que se destaca aquella persona que a la vez que se ríe nos dice la verdad.

– ¿Le sucede algo especial cuando acaba una novela?
–Nada. Después de tantos años de trabajo, al terminar tengo la sensación de paz interior. Sobre todo, cuando la historia ha concluido como uno quería. No tengo sensación de pena ni de decir: “Uy, lo tengo que dejar”. Siento que los libros escritos no se van, se quedan dentro de uno como una cápsula. Cada momento y cada personaje queda dentro mío. 

– ¿Alguno habla de usted?
–Algunos sí, otros no. A veces no son encantadores, pero sí representan características propias. No hay por qué extrañarlos. Están ahí, sé que cuando quiera podré volver a entrar a ese mundo. Estos cuatro libros están concebidos como para poder ser revisitados: en una segunda lectura se puede descubrir matices que no se vieron en la primera.

– ¿No le quedaron ganas de seguir la serie?
–No hay tentación. Redacté la historia tal como la concebí. No habría nada de malo en seguirla, pero, por ahora, no lo veo posible. Tal vez dentro de quince años, no sé. Pero lo dudo. No lo tengo previsto. Posiblemente busque otra historia, con nuevos personajes.

–Le ofrecieron varias veces llevar la historia al cine y siempre se negó. ¿Sigue reticente a esa posibilidad?
–Esta historia no irá al cine, ya que no la construí para tal formato. La versión definitiva es la escrita. Para mí esta historia es así, tal como quiero que la reciban los lectores. Los cuatro libros son un homenaje a la literatura. Sin duda que podría tener una compensación económica muy buena si la llevo a la pantalla grande. Pero prefiero pensar que aquello que no gano es el precio que pago por dejar el texto como quería. ¿Hay algo de malo en eso? 

–Nada, pero hay casos en los que se hace y con éxito. 
–Absolutamente. En la televisión estamos viendo el ochenta por ciento de la mejor narrativa actual, por lo que no tengo nada en contra del cine ni de la TV. De hecho, si en un momento me apetece trabajar allí, pues lo haré. Pero con “El cementerio...” quería capturar algo en relación con los libros y que quede así. Por lo tanto, adaptarlo a otro modo me parecería una pérdida de tiempo. Ya no tengo tanta energía y el tiempo pasa: prefiero dedicarlo a otra cosa. Además, ¡tampoco hace falta que todo sea transformado en una película! 

–Usted elogia la narrativa televisiva. ¿Influye lo audiovisual en la forma de contar?
–Nuestra generación ha crecido con todos los géneros. En cambio, un lector del siglo XIX no tenía más que lo que se leía. En el siglo XX hemos aprendido muchísimo de tecnología narrativa. Mi modo de entender está profesión es tomando los temas clásicos de la literatura y poniéndolos en escena con todo lo que hemos asimilado. Que se puedan estimular todos los frentes: el plástico, el sensorial, el visual. Todo esto está estimulado en mis libros. Dedico mucho tiempo y esfuerzo para que así sea.

– ¿Le dijeron que Alicia Gris, la protagonista de su última historia, es un personaje tremendamente seductor, a pesar de su violencia?
–Me lo dijeron muchos, sí. Es peligrosa, terrible. Creo que enamora porque tiene una fuerza especial. La gente reacciona de modo diferente ante Alicia. Es como mi pequeño angelito de las tinieblas. Un ángel caído que se esfuerza por ser mejor. La suya es una lucha interior constante por no volver a la oscuridad. Es una mujer de buen corazón que no sabía que tenía un buen corazón.
En su laberinto
Carlos Ruiz Zafón nació el 25 de septiembre de 1964 en Barcelona, España. Desde hace veinticinco años vive con su esposa en Los Ángeles (Estados Unidos). “No tenemos hijos, sino libritos. Por la vida que elegimos, de viajar mucho, no podríamos habernos ocupado de los chicos”, explica. Obvio, siempre vuelve a su ciudad natal, donde, cuenta: “Agarramos el auto y salimos a recorrer”. Zafón es un escritor que atraviesa fronteras.

Sus libros se leen en todo el mundo, pero en España arrasan. Además de sus novelas para adultos, escribió para el público juvenil El príncipe de la niebla (con el que ganó el  premio Edebé), El palacio de la medianoche (1994), Las luces de septiembre (1995) y Marina (1999).



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