Ecología


Todos por el agua


Por María Alvarado.


Todos por el agua

Ante la problemática de la contaminación, se multiplican las iniciativas de particulares que se proponen limpiar los ríos de sus ciudades. Las claves: voluntad y conciencia.

Tommy Kleyn tiene una costumbre que cumple cada mañana: sube a su bicicleta y pedalea hasta llegar a su trabajo. En el trayecto, recorre los márgenes del río Schie, en Róterdam. A este hombre de 39 años le encanta hacer ejercicio al lado del agua, disfrutando del paisaje. Un solo detalle, para nada menor, empaña la escena: la basura que flota en la superficie del Schie. “Cuando mi mujer quedó embarazada, automáticamente me imaginé llevando a mi hijo de paseo en el asiento delantero. Y pensé que, seguramente, me preguntaría por qué el río estaba sucio”, cuenta el holandés, que ensayó dos respuestas posibles: “Porque la gente es sucia o porque yo nunca me lo puse a limpiar”.

Eso sucedió un viernes. El lunes siguiente, Kleyn tomó unas cuantas bolsas de residuos, un par de guantes, y puso manos a la obra. Desde hace dos años, antes de llegar a su oficina, dedica treinta minutos de su tiempo a limpiar el río. Además, abrió una página en Facebook para animar a otros a hacer lo mismo, logrando que, alrededor del mundo, varios lo imitaran. “Creo que la ecología puede cambiar y mejorar gracias a la acción de personas comunes que deciden hacer algo desde su pequeño lugar. A partir del proyecto, conocí a muchísima gente que está ocupándose en el tema. Por eso, estoy convencido de que estamos cerca de la solución. Cuando era joven, la lluvia ácida y el agujero en la capa de ozono eran grandes problemas ambientales que hoy ya se están encauzando. La basura del océano se origina en el umbral de la puerta de nuestra casa; entonces, ¿por qué no puede empezar a resolverse desde allí mismo. No hay tiempo que perder”, subraya el ecoemprendedor que planea reunir a 320 individuos en un mismo evento con el objetivo de limpiar casi dos kilómetros de costa en tan solo media hora.

Lo dijimos: a lo largo y a lo ancho del planeta se replican estas iniciativas. Y la Argentina no está excenta de la movida. Por ejemplo, un número considerable de colectivos sociales hicieron lo suyo en las aguas del río Paraná, en la ciudad de Rosario. La tierra del Monumento Histórico Nacional a la Bandera tiene una plaza náutica muy grande, con costas que sus habitantes saben honrar. “Existe una responsabilidad de preservar aquello que se aprovecha, ya sea de parte de los kayaquistas, los que andan en lanchas o el público en general”, describe Victoria Dunda, miembro del grupo de autoconvocados para la cruzada “Paraná no se toca”. 

El año pasado, esta organización y decenas de voluntarios se unieron en una jornada de recolección de residuos tanto en la orilla del río como en la zona de las islas. Se recolectaron 1350 kilos de desperdicios en un centenar de bolsas de consorcio, y los plásticos fueron los que constituyeron más de la mitad de la basura. “La actividad, liderada entre otros por el Acuario de Santa Fe, buscó no solo limpiar el Paraná, sino que la gente tome conciencia sobre aquellos productos que estamos consumiendo y que generan tal cantidad de residuos”, explica Dunda. Y acota: “Hay que reflexionar sobre qué es lo que hacemos como consumidores. Si tengo la posibilidad de comprar una bebida en botella de vidrio retornable o en envase de plástico desechable, ¿cuál de las dos voy a elegir? Se extrajeron toneladas de bolsas y botellas de plástico, basura que se podría dejar de utilizar. Tenemos que elegir un producto conociendo cuál será su destino final”.
Amar el agua
Florence Williams, best seller del New York Times, autora del libro The Nature Fix. Why Nature Makes Us Happier, Healthier, and More Creative, se valió de la neurociencia para demostrar que un espacio con agua mejora el estado de ánimo. Sin embargo, también puede despertar el peor de los malos humores. De ello pueden dar fe los remeros que entrenan en la pista nacional de Tigre, en la provincia de Buenos Aires, donde desemboca el río Reconquista. 

Laura Ábalo, remera olímpica recientemente retirada, resume el panorama: “Estamos acostumbrados a ver cosas insólitas, como heladeras, animales muertos, botellas, pañales, latas, neumáticos y otras partes de autos. Me tocó competir en otros países con un contexto increíble, de lagos y aguas cristalinas. Aquí, en cambio, remo en un río contaminado donde hay que ir esquivando basura, teniendo precaución de no chocar con nada para no romper el bote o darme vuelta”. 

Mientras se preparaba para los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016, el marplatense Brian Rosso cayó al agua por chocarse con un colchón. Ese fue el punto de inflexión para que Ábalo y otros colegas decidieran arremangarse y hacer algo al respecto. Así lo recuerda: “Convocamos a varios competidores olímpicos para que se pueda comprender cuál es nuestra realidad. Hicimos un spot trazando un paralelismo con otros deportes y mostrando cómo sería entrenar en las mismas condiciones”.

La campaña a la que hace referencia se denominó “Limpiemos el Reconquista”, con un mensaje claro y contundente: es urgente sanear y limpiar el río. En el video participaron figuras de distintas disciplinas, como Paula Pareto, Santiago Lange, Juan Ignacio Gilardi, Lucas Rey, Sebastián Crismanich, Walter Pérez, David Nalbandian, Braian Toledo y Jennifer Dahlgren.  

Martina Álvarez (25) comparte con Laura la devoción por el agua. Salvo que ella lo vive desde lo más profundo: hace buceo en Panamá, en la isla Colón y el archipiélago Bocas del Toro. “Aquí me muevo en bicicleta y mi oficina, que es el mar, queda a una cuadra de casa”, comenta esta joven argentina que aprovecha su rol como guía de buceo para sacar fotos debajo de un océano al que reclama cuidar. “Como buzos nos comprometemos a ser embajadores del mar. Esto significa que tenemos una misión: protegerlo, y educar a los turistas para que su comportamiento no tenga un impacto negativo en los ecosistemas marinos. Mantenemos una posición pasiva frente a los organismos vivos. No tocamos nada porque podemos herir a los animales. Algunos de ellos se encuentran en extinción”. 

Con respecto a la contaminación, Martina revela que lo que más se advierte son plástico, botellas, bolsas y latas. “Esto afecta tanto al océano como a los animales, que pueden confundirlos con comida o quedar atascados con ellos –amén de que es posible que demoren demasiados años en desintegrarse–. Siempre que encontramos basura, la recogemos y limpiamos todo lo que podemos”, confiesa. Y concluye: “En Tailandia realicé mi primera inmersión y me 
enamoré del mar. Poco a poco, se convirtió en la brújula de todos mis viajes. Viví en Australia, México, Hawái y Panamá, e hice travesías por el sudeste asiático, Costa Rica y Nicaragua. Existe un universo increíble bajo el agua que no se puede entender hasta que uno no se sumerge en él. En mi debut buceando pensé: ‘¿Todo esto estaba acá abajo y a mí nadie me había avisado?’. Ahora no quiero que a nadie le pase lo mismo”.
Algo huele mal...*
Antes solía tener un uso de navegación comercial, pero hoy está prohibido todo tipo de actividad porque tiene tal nivel de contaminación que el impacto de cualquier persona al caer en él puede ser terrible. Hablamos del Riachuelo. El agua está compuesta por hidrógeno más oxígeno: el 

Riachuelo no tiene oxígeno; por eso, huele tan mal. Todas las obras de infraestructura apuntan a devolverle el oxígeno extrayendo los desechos cloacales e industriales. De esa forma, la naturaleza podría hacer su trabajo. Por otro lado, deberían llevarse adelante planes de salud para que la población que está en contacto con el río no se siga enfermando, y re-tirar a aquellos que están al borde de este, trasladándolos a otro lugar. 

Ya se retiraron más de sesenta barcos abandonados que obraban como un dique de contención de basura. Es bien complejo el tema, uno de los más complicados que tiene nuestro país en términos ambientales. 

*Por Andrés Nápoli, director ejecutivo de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN).

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