Personaje


“Escuchemos más a los niños”


Por Dolores Gallo.


“Escuchemos más a los niños”

César Bona, considerado el mejor profesor de España, apuesta a que sus alumnos fomenten su creatividad y desarrollen el espíritu crítico y la inteligencia emocional. Aquí anticipa cómo será la educación del futuro.

Dicen de él que es el mejor profesor de España, luego de haber sido finalista en el Global Teacher Prize, algo así como el Premio Nobel de los profesores. Que su clave es la empatía, su capacidad para conectar con los alumnos y detectar lo que les falta y lo que los puede motivar. Así logró imponer su estilo en diferentes aulas, ya sea en una clase con niños de 10 años que no sabían leer o en un colegio rural de seis alumnos donde la mitad de ellos no se hablaban por rencillas familiares. En el primer caso, combatió el ausentismo organizando talleres de cajón flamenco (impartidos por sus alumnos), y el analfabetismo, montando una obra de teatro. En el segundo, rodó un corto de cine mudo con los niños, poniendo como protagonistas a los alumnos que no se dirigían la palabra. La experiencia ganó un premio del Ministerio de Educación, y el corto se llevó un galardón en un festival de cine de la India. Lo más importante: las familias volvieron a unirse.

Autor de los libros La nueva educación y Las escuelas que cambian al mundo (donde describe cómo son los centros más innovadores de su país –forman parte de la red internacional de escuelas Changemaker, de Ashoka–), César Bona se convirtió en todo un referente dentro de su profesión. En una charla riquísima, abre el debate sobre cuáles son las bases en las que se debería cimentar la educación del futuro: “Ante todo, hay que pensar que el compromiso social es clave en la educación. El invitar a los niños a mirar por la ventana y mejorar el planeta donde viven debería ser un punto prioritario en todas las escuelas. Luego, obviamente, tenemos que recordar que el conocimiento es fundamental, pero no es lo único que debemos tratar en los centros educativos. Entre otros temas, hay que ocuparse del respeto a uno mismo, a los demás, a las diferencias, al medio ambiente; educar en la resiliencia, en la gestión de las emociones, en la gratitud... Estamos hablando, entonces, de educar para la vida, de darles herramientas para ahora y no para mañana”.

– ¿Dónde creés que está la falla en el sistema educativo actual?
–Podríamos dedicarle hojas y hojas de la revista a reflexionar sobre esto. Empecemos por el principio: la sociedad debería valorar esta profesión, porque de ella provienen todas las demás. El sistema sigue siendo memorístico y se olvida el proceso: ignoramos el cómo y el para qué. Debemos escuchar más a los niños, invitarles a participar tanto en la escuela como en la sociedad en general. Creo que esa es una de las claves para que tengan ganas de ir al colegio al día siguiente y para que las comunidades comiencen a mejorar. Lo que queramos para nosotros como nación debemos promoverlo entre las cuatro paredes del aula. A la vez, seguimos educando entes individuales cuando todos sabemos que somos seres sociales. 

– ¿Por qué los niños se desmotivan?  
–Los niños, niñas y adolescentes tienen algo común a todos los seres humanos: deseo de sentirse queridos, considerados. Asimismo, tienen la necesidad de sentirse útiles. Si nos basáramos en esas tres premisas, seguramente todo cambiaría mucho. No podemos seguir viéndolos como recipientes que debemos llenar: los verbos “escuchar” y “compartir” son claves en este proceso. También debemos recordar constantemente que los niños son curiosidad, creatividad, imaginación… Si no sabemos aprovechar ese motor, nos estamos perdiendo demasiadas cosas. ¿Qué ocurre? Miramos todo con ojos de adultos. Pensamos en los niños, pero no como niños.

–Es preocupante el bullying imperante. ¿Cómo se lucha contra esto?
–El acoso no es más que un reflejo de la sociedad en la que vivimos y de la educación que tenemos. Habría que plantearnos qué sociedad queremos crear y cómo hay que plantearles a los niños la relación con los demás. Lo que pase a nivel comunidad será el reflejo de lo que hagamos en la escuela. De ahí la importancia de darle a la educación el valor que merece.

–Enarbolás la bandera de que los alumnos desarrollen la inteligencia emocional en las escuelas. ¿Por qué? 
–Porque es sumamente relevante que gestionen sus emociones, que se comprometan con su realidad, que tomen sus propias decisiones, que piensen, que sean conscientes de lo que les rodea, que analicen… En definitiva, que se hagan preguntas y sean capaces de buscar las respuestas. Hay que incentivar la curiosidad y la creatividad, y que ellos mismos puedan obtener sus propias conclusiones. Debemos estimularlos para que sean seres íntegros, transformarlos en ciudadanos globales... en buenas personas. Educarlos en la felicidad también es hacerlo en la exigencia y la autoexigencia, en la frustración, en la gratitud.

–La tecnología: ¿aliada o enemiga?
–Las nuevas tecnologías pueden ser excelentes, pero hay que saber gestionarlas. Son una buena herramienta para allanarnos el camino a los docentes, pero no pueden ser un obstáculo. Hay que supervisar cómo las utilizamos, pero siempre abiertos a incorporarlas. De lo contrario, estamos poniendo vendas en nuestros propios ojos. En la práctica, la tecnología está funcionando bien en este sentido, sobre todo como espacio para intercambiar ideas e iniciativas, lo cual enriquece mucho. Es una puerta para la cooperación y puede ser un punto de partida para el cambio social desde la escuela.

– ¿Qué es hoy innovar en educación?
–Se trata de saber valorar aquello que ya se hacía y funcionaba hace cuarenta años, y que seguirá siendo efectivo en los próximos cuarenta. Es cuestión de pensar que cada paso que damos tiene que ir en una dirección que beneficie a los niños. Todo esto parece obvio, pero no lo es. Cuando hablamos de innovación, a veces lo asociamos exclusivamente a la tecnología, olvidándonos de lo básico, que son las relaciones humanas, el conocimiento de uno mismo, la relación con el medio. 

– ¿Qué es el proyecto Changemaker?
–La fundación Ashoka viaja por diversos centros educativos para sacar a la luz prácticas en las que los chicos y chicas sean agentes de cambio. Eso quiere decir que usan el conocimiento ya no solo de forma individual, sino que son conscientes de que pueden utilizarlo para provocar cambios positivos en la sociedad. Se les dota de protagonismo y eso repercute en una actuación directa que termina reflejándose en la comunidad.

– ¿Cómo es la cotidianidad en este tipo de escuelas?
–Son distintas unas de otras, pero si hay algo que tienen en común, es que se escucha a los niños. Hacen asambleas, toman decisiones que afectan a su centro, forman parte de acciones que repercuten en su entorno…

– ¿Y?cuáles serían las principales diferencias con respecto a una escuela convencional? 
–No quiero generalizar porque seguramente sea injusto hacerlo, pero en una escuela convencional se les brindan respuestas a los alumnos que luego tendrán que repetir una y otra vez. Todo lo que acabo de enumerar en mi respuesta anterior no tiene lugar en las instituciones clásicas. Por lo tanto, nos estamos perdiendo de mucho.

–César, ¿qué es lo más importante que aprendiste en el proceso de creación de tus libros?
–Muchísimo. Asimilé que no es necesario viajar miles de kilómetros para valorar lo que hace una escuela. Que, probablemente, muy cerca de donde nos encontremos se estén llevando a cabo experiencias maravillosas. El contagio positivo es necesario. Además, fui testigo de cómo miles y miles de maestros y maestras desean seguir capacitándose. Son ellos lo que nos darán la llave para construir una sociedad mejor.

–Para terminar: si tuvieras que elegir una escuela para tus hijos, ¿en qué cosas te fijarías?
–Releería esta entrevista, haría una lista y empezaría a buscar... (risas).
Deberes: ¿sí o no?
Últimamente se debatió sobre lo beneficioso o perjudicial que es saturar a los alumnos de tareas para el hogar. César Bona tiene un postura clara y contundente sobre el tema: “Pareciera como que hay que elegir entre una y otra opción, cuando puede haber grises también. No todo es blanco o negro. Lo que está claro es que los niños no tienen la culpa de que, en algunos casos, las currículas sean tan extensas. No hay duda, tampoco, de que cientos de ellos se pasan horas haciendo deberes cada tarde, privándose de compartir con su familia. Podrían ir a la biblioteca, o al parque o a pasear; sin embargo, no pueden salir porque deben finalizar sus quehaceres. En mi opinión, el reto sería dejarlos con ganas de aprender más cosas al día si-guiente. No podemos olvidar que los niños deben disfrutar de su infancia, y los padres, disfrutar de sus hijos”.
Educar con el ejemplo
César Bona nació en Zaragoza, en 1972. Cuando un circo llegó al municipio de Muel, les pidió a sus alumnos una misión extraescolar: que investigaran sobre este tradicional espectáculo artístico que incluye acróbatas, contorsionistas, equilibristas y demás. De esa tarea surgió El Cuarto Hocico, una protectora de animales virtual que fue premiada por la mismísima Jane Goodall (la primatóloga, Premio Príncipe de Asturias y Mensajera de la Paz de las Naciones Unidas, quien catalogó a Bona como “un pedagogo fuera de serie”). Hoy en día, esta protectora tiene un alcance internacional: Children for Animals demuestra todo lo que se puede conseguir con el poder de los niños.

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