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Revolución probiótica


Por María Celeste Collado.



Revolución probiótica
Recientes investigaciones comprueban la existencia de bacterias con consecuencias favorables para el sistema inmune. ¿Pueden aumentar la expectativa de vida? Las nuevas aliadas de la nutrición.

Quienes no están familiarizados con el mundo de la ciencia y de la medicina asocian normalmente la palabra bacteria a un aspecto negativo de la salud. Sin embargo, estudios recientes comprobaron que algunas de ellas son esenciales y amigables para mantener en eje el organismo. Se las llama “probióticos” y, de un tiempo a esta parte, vienen sonando con fuerza: ¿pero qué son y por qué se los está considerando tan relevantes? Básicamente, son bacterias con aspectos muy positivos que no solo favorecen la digestión, sino que combaten y previenen enfermedades, a través de su interacción con la flora intestinal. 

“Los probióticos son microorganismos vivos que, suministrados en la cantidad adecuada, confieren un efecto beneficioso al bienestar de las personas”, subrayan desde la Organización Mundial de la Salud (OMS). La licenciada en Nutrición Carolina Schattner clarifica el diagnóstico: “Pueden agregarse a la fórmula de diferentes productos, incluyendo alimentos, medicamentos y suplementos dietéticos. Cuando se dice que la flora ‘se altera’ o ‘se desequilibra’, significa que aumenta el predominio de bacterias patógenas. La correcta administración de probióticos es benéfica, ya que colabora con la proliferación de las buenas bacterias”.

Por su parte, el licenciado Silvio Schraier, subdirector de la carrera de Médicos Especialistas en Nutrición de la Fundación Barceló, profundiza: “Nuestra microbiota está compuesta por cien billones de bacterias de, por lo menos, mil especies distintas. Cuando hay una alteración entre ellas –por ejemplo, por el uso de antibióticos, el cual mata a algunas especies y deja vivir a otras–, se perjudica la salud. Es entonces cuando los probióticos aportan microorganismos y devuelven la buena convivencia”.

En ese contexto, ir al supermercado, al mercado del barrio o a la verdulería son actividades cotidianas que, ejecutadas a conciencia, pueden optimizar notablemente nuestra salud. Los alimentos enriquecidos con probióticos mejoran nuestro metabolismo, modulando el sistema inmune y evitando la invasión de microorganismos dañinos. 

En la Argentina, estas bacterias se hallan, principalmente, en yogures, quesos y bebidas lácteas. Para tener una mayor certeza de que lo que elegimos en las góndolas contengan esta bacteria, simplemente hay que leer las etiquetas. “Otro modo de incorporarlos es a través de suplementos alimenticios probióticos en forma de cápsulas o en polvo, que no son medicamentos. Aunque, como suele esgrimirse en estos casos, ante cualquier pregunta es conveniente consultar con el médico de cabecera”, advierte Schraier.

“En nuestros intestinos existe un 20% de bacterias beneficiosas, un 30% de dañinas y el resto son bacterias intermedias. Estas resultan clave”. Michelle Schoffro Cook
Bacterias indecisas
Como en toda historia, siempre están los buenos y los malos. En este panorama de la nutrición actual, aparecen los probióticos deseables –que son los que facilitan el desarrollo de una flora intestinal correcta– y los que no lo son tanto. En su libro El milagro probiótico, basado en una investigación del gastroenterólogo Hiromi Shinya, la doctora Michelle Schoffro Cook explica: “En nuestros intestinos existe, aproximadamente, un 20% de bacterias beneficiosas, un 30% de dañinas y el porcentaje restante son bacterias intermedias. Estas últimas resultan clave, ya que constituyen el control del ambiente intestinal. Cuando la proporción de bacterias dañinas aumenta, como resultado de comidas irregulares y otros malos hábitos alimenticios, las bacterias intermedias se ven dominadas por ellas. ¿Qué ocurre entonces? La mayoría de las bacterias intestinales actúan como tales, descomponiendo los alimentos sin digerir y provocando gas tóxico”. 

Es así como las personas tienen entre sus manos el poder de optar por una alimentación y un estilo de vida saludables, con el objetivo de incrementar las bacterias beneficiosas y lograr que las intermedias jueguen a favor del organismo. Como bien cita Schoffro Cook en su libro: “Según el doctor Shinya, las bacterias intermedias son una suerte de votantes indecisos, pues no saben si unirse al campamento de los buenos o al de los malos”. 
Legumbres, centeno, cebada, banana, yogur, ajo, cebolla, espárrago y puerro, entre otros, conforman una larga lista de alimentos fermentables que se transforman en verdaderos aliados del sistema digestivo. “Las mejores fuentes son los lácteos que vienen con ‘lactobacilos’ o ‘bifidobacterias’ añadidos. El kéfir (N. de la R.: un yogur fermentado muy consumido en el este de Europa) es otra muy buena fuente de probióticos”, sostiene la licenciada en Nutrición María Agustina Murcho, que es dueña de 175.000 seguidores en su cuenta de Instagram @nutricion.ag. Y desliza un dato para nada menor: “Es preferible no hervir ningún alimento, ya que la bacteria muere y no ocasiona ventajas para la salud”.

“El tracto digestivo puede transmitirle  tranquilidad o alarma al sistema nervioso. Nuestra flora intestinal realiza su labor en condiciones precarias”. David Perlmutter
Un auge que acompaña
Muchos alimentos probióticos son difíciles de conseguir. Si bien las bacterias milagrosas están presentes en el yogur, en las algas y en algunas preparaciones, su mayor concentración se encuentra en fermentados como el kéfir, el tempeh, el té de kombucha y el kimchi, alimentos a los que el público en general no está habituado. Para acceder a ellos, una excelente opción son las ferias de productores, cuyo auge puede comprobarse a lo largo y a lo ancho del país. Un ejemplo de ellas es Sabe la Tierra, la cual se sostiene desde hace seis años con éxito ininterrumpido. Desde su nacimiento, triplicó la propuesta de productores, convirtiéndose en uno de los mercados de consumo responsable más importantes de la Argentina.
Neuronutrición
Panza llena, corazón contento… ¿y cerebro sano? Es complejo creer que el sistema digestivo está directamente ligado a lo que acontece en la parte central de nuestro sistema nervioso. Pero sí, sucede, por lo que es fundamental conservar una flora intestinal óptima. ¿O nunca padeció un dolor de panza por estar nervioso, ansioso o simplemente enamorado? “Así como el cerebro manda la señal de mariposas en el estómago, el tracto digestivo puede transmitirle su estado de tranquilidad o de alarma al sistema nervioso”, plantea el doctor David Perlmutter en su libro Alimenta tu cerebro.

Tan es así que algunos científicos comienzan a referirse al sistema digestivo como el “segundo cerebro”. “Más sorpresivo aún es que entre el 80 y el 90% de la seretonina –conocida como el neurotransmisor de la felicidad– es producido por las neuronas intestinales. De hecho, el cerebro intestinal produce más seretonina que el cerebro del cráneo”, instruye Perlmutter.

En la Universidad de California, en Los Ángeles, se desarrolló un experimento que concluyó que las bacterias benéficas que se consumen a través de los alimentos son capaces de afectar nuestra función cerebral. Si bien el análisis se focalizó en un grupo pequeño de personas, se puso de manifiesto cómo pequeños cambios en la flora intestinal afectan la forma en la que un individuo percibe el mundo. “Desafortunadamente, no solemos tenerle mucho respeto a nuestra flora intestinal, la cual realiza su labor en condiciones precarias. Es hora de honrarla y cuidarla como se merece”, sugiere Perlmutter.

“Nuestra microbiota está compuesta por 100.000 millones de bacterias. Cuando hay una alteración entre ellas, se perjudica la salud”. Silvio Schraier
Probióticos versus vejez
Sin duda, esta superbacteria, acompañada de una alimentación consciente, está destinada a darle un giro de ciento ochenta grados a nuestro organismo. Pero la ciencia siempre está un paso más adelante y descubrió una bacteria intestinal probiótica relacionada con la longevidad. 

Un informe elaborado por la Universidad Nacional de Rosario (UNR), del que participaron investigadores y becarios del Conicet (y que fue presentado en la Allied Genetic Conference 2016, patrocinada por la Sociedad Estadounidense de Genética), concluyó que la Bacillus subtilis tendría la cualidad de retrasar el envejecimiento y de prolongar la expectativa de vida mediante la colonización del intestino. 

De acuerdo a lo que manifestaron fuentes del Conicet, el estudio se llevó a cabo en el gusano Caenorhabditis elegans, cuyas vías regulatorias del envejecimiento son muy similares a las de un ser humano. “Lo que pudimos observar en los nematodos es que, además de alargarles la vida, los hace mantener su vitalidad. Extrapolado a los hombres, significaría vivir más allá de los 120 años con la vitalidad de una persona de 50”, detalló Roberto Grau, director del trabajo e investigador independiente del Conicet en la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacéuticas de la Universidad Nacional de Rosario. 

La otra novedad que trae la bacteria es su capacidad para formar esporas, lo que permite que sea más sencillo sumarla a cualquier tipo de alimento o bebida que se consuma diariamente. “Este es otro plus de nuestra tarea: nos acerca al sueño de que, en un futuro cercano, enriquezcamos la calidad y la duración de la vida de todos los habitantes de la sociedad”, concluye Grau. Las cartas están echadas: ¿Ya pensó que comerá hoy?
Pruebas
Diversas investigaciones ya arribaron a ciertas conclusiones acerca de los probióticos. Por ejemplo, que reducen la incidencia de enterocolitis necrotizante (una enfermedad gastrointestinal que pone en jaque la vida de los bebés prematuros), y la diarrea causada por la Clostridium difficile (infección originada por el uso de antibióticos). También combaten otras afecciones, como la diarrea aguda, la infección por Helicobacter pylori (una enfermedad bacteriana que está relacionada con úlceras pépticas) y otros trastornos gastrointestinales (incluido el síndrome del colon irritable). Por otro lado, los probióticos pueden ayudar a prevenir infecciones agudas del tracto respiratorio superior y el resfriado común. 

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