Entrevista


“Yo soy de otro planeta”


Por Cristina Noble.


“Yo soy de otro planeta”

Es una de las figuras de la máxima exposición de arte contemporáneo que se organiza en Alemania. Allí, Marta Minujín replica el colosal Partenón de libros prohibidos con el que asombró al país en 1983.

No es fácil acceder a Marta Minujín. Antes, hay que sortear al personaje excepcional que la acompaña desde hace décadas, siempre oculto detrás de sus emblemáticos anteojos psicodélicos. El primer contacto que se tiene con ella –o con su rol– es una voz atemporal grabada en el teléfono del viejo atelier donde trabaja: “¡Querido amigo! Estás hablando con el taller más grande del mundo, el más genial: con el taller de Marta Minujín”. 

Allí, en la centenaria casa de su abuelo Salvador, en San Cristóbal, no solo nació, sino que conserva el espacio donde imagina sus criaturas, sus grandes invenciones. Es curioso: innovadora por definición, no se desprende de sus raíces. Además de su atelier familiar, cuida y visita tres veces al año la hostería que linda con el lago espejado Villarino, construida por su padre León, médico rural y ateo, junto a su madre, una española creyente fervorosa.  

Justamente allí, en esa posada neuquina de montaña, recibió la postal que la invitaba a participar en Documenta 14, la legendaria exposición de arte contemporáneo de la que fueron parte artistas de la talla de Pablo Picasso o Vasili Kandinsky (el ruso estuvo en su inauguración, en la ciudad alemana de Kassel, en plena posguerra). Fue en ese refugio de la infancia donde empezó a concebir la idea de su Partenón de libros prohibidos, recreando aquella inolvidable instalación que expuso en la avenida 9 de julio, allá por 1983, para celebrar el retorno de la democracia al país.

“Que me hayan invitado fue impactante. Un verdadero desafío. Tenés referencia de Documenta, ¿no? –pregunta sin esperar contestación–. Allí vamos los que queremos revolucionar las formas, los contenidos... Desde sus orígenes fue así: su fundador la inventó para reivindicar el 'arte degenerado', tal como el nazismo llamó al arte de vanguardia como el mío, que no responde a modelos y menos, a las expectativas del mercado”.

Marta deja en evidencia que los reportajes no le causan alegría ni comodidad, quizás porque siente que la corren de su eje, que es crear, producir. Aunque no fue sencillo, finalmente logramos atravesar (un poco, al menos) ese vallado defensivo reforzado por dos secretarias y una asistente. Pero nos advierte con su límite de tiempo: “Siempre estoy apurada. Esta obra monumental la tuve que hacer a quince mil kilómetros de distancia. Fue casi a control remoto”.

–Nada parece ser imposible para vos…
– (Se ríe) No, claro, es que yo soy de otra planeta… El proyecto es un escándalo, una obra de colaboración masiva global que plantea aprender de Atenas: el hombre superándose a sí mismo y viviendo en el arte. Y es una creación interactiva: se completa cuando el que va a verla se lleva un libro. Googleenlo, es colosal: lo hice con cien mil ejemplares. 

–Es una obra que imita a aquel Partenón de 1983...
– (Breve silencio) Ninguna imitación (responde con un dejo de cansancio o de fastidio). Cada obra es única. Uno puede hacer varias veces lo mismo, pero, en el fondo, aunque no lo parezca, es distinto. En el arte no hay tiempo ni espacio. Una vez que el artista descubre su esencia, puede ir para atrás y para adelante. Bueno... ¿qué más? 

–Este nuevo Partenón lo hiciste con libros prohibidos que te donaron de diversos países… 
–Sí, hubo que llenar una estructura de veinte metros de alto, con ejemplares censurados que se fueron recolectando desde la Feria del Libro de Frankfurt, en octubre de 2016.  Los europeos me proporcionaron mucho material. 

– ¿Los argentinos no?
–Poco. Cuando fui a Kassel para chequear cómo iba la obra, descubrí que la mayoría de los libros eran de europeos. Me tuve que poner a trabajar para que hubiera una representación latinoamericana. Pero no donaron mucho.

– ¿Te desilusiona?
–A mí no me desilusiona nada. Soy de otra galaxia, ya lo dije… 

–Pero esperabas más colaboración de tu país…
–Sí, pero como pasaron treinta y cuatro años del regreso de la democracia, la gente ya está en otra... Cuando hice el Partenón en Buenos Aires era más fácil. Todos querían festejar esa etapa y dieciocho editoriales me dieron millones de libros gratis. Ahora no están tan dispuestas a donar... Igual, lo que yo busqué con esta nueva instalación es movilizar a la gente con su participación y hacer valorar la libertad. 

–Se te nota contenta por formar parte de la feria…
–Es lo mejor de lo mejor. Y no hay que referirse a ella como una feria: ¡error! Es la mejor muestra de arte contemporáneo del mundo. Documenta nació para que el arte de vanguardia llegue hasta al obrero. Todo es experimental. Se trata de mostrar, de enseñar, no de comprar y vender. 

–Sin embargo, se necesita dinero para seguir trabajando. ¿Tiene un precio tu Partenón?
–La obra costó setecientos mil euros. Documenta otorgó cuatrocientos mil y el Ministerio de Cultura Nacional, noventa mil. El resto corre por nuestra cuenta. Por ejemplo, buscamos que la empresa que construyó la estructura de hierro acepte no cobrarnos a cambio de la publicidad. Pero lo que menos importa acá es vender. ¡Mirá si alguien me va a comprar el Partenón! Es volver al concepto de “arte, arte, arte”. En Europa, ubicaron a la obra dentro del “top five” de las más esperadas del año.  
De Dalí a Minujín
Las llamadas para contactarla fueron varias. Por lo tanto, el particular contestador se repitió en reiteradas ocasiones. Y le preguntamos si lo del “taller más genial” es una pose. Su “no” sonó rotundo. “Tengo mucha seguridad, creo que lo que hago es genial. Siento una gran tranquilidad, no me importa lo que digan, lo que piensen, que mi obra se venda o no –afirma contundente–. Además, ser un artista de Sudamérica es algo excepcional. Es raro que una mujer haga un Obelisco de pan dulce, un Carlos Gardel de fuego, un Partenón porteño y otro en Alemania con cien mil libros... La reacción es casi siempre la misma: me escuchan sin creerme, pero después soy tan convincente que me dan los espacios. Todas las intervenciones que hice en los últimos años fueron un éxito de público. Yo soy un genio, como lo fueron Salvador Dalí o Picasso. Pero nací en la Argentina…”.

– ¿Lo decís con melancolía?
– ¡No! Odio la melancolía. Me río de mí misma. Me pasan cosas como perder las llaves, el pasaporte, confundirme las fechas o las personas, caerme en la calle… Pero siempre me tomo todo con humor. No quiero saber nada con la tristeza.

– ¿Cuándo comprobaste que eras alguien fuera de serie?
–Cuando decidí no terminar Bellas Artes. Era muy chica y brillante. Me di cuenta de que, primero, tenía que aprender todas las técnicas, y después desaprenderlas para tener libertad y expresar el inconsciente colectivo del pueblo. El artista es un emisor que le permite a la gente encontrarse con el arte. ¿Qué sería la vida sin el arte? Es algo que está en todas partes. Lo es todo.

– ¿Quemarías el Partenón como hiciste con otras obras tuyas? 
–Las quemaba como creación. El Partenón tiene los días contados desde su nacimiento: su momento culminante es cuando la gente retira un libro. 

–A veces, tu personaje se impone a tus creaciones.
–En la Argentina puede ser. En cambio, en los Estados Unidos y Europa me reconocen por mis obras.

–Tu gusto por el arte monumental, ¿de dónde viene?
–Estuve revisando las cartas que enviaba cuando vivía en París, a los dieciséis años. Estuve sola allí tres años, sin teléfono, sin nada. Mi marido era un estudiante de economía que me visitaba cuando podía. En esas cartas aparecían el cerro Peñascoso y el lago Villarino como lo único que extrañaba. Añoraba el Sur: yo vivía como una salvaje entre la gente del campo arriando los animales, subiendo las montañas y haciendo excursiones dificilísimas. Eso me ayudó mucho con el gigantismo de mis trabajos. Yo quería hacer obras más grandes que el volcán Lanín.
Documenta 14
Es la cita más prestigiosa del arte contemporáneo, donde participan casi doscientos artistas de decenas de nacionalidades. Desde 1955 se realiza cada cinco años y se extiende durante cien días. Esta vez mantendrá sus puertas abiertas hasta el 17 de septiembre. El Partenón de libros prohibidos cosechó grandes expectativas, tanto en los organizadores como en el público. Está ubicado en la plaza de Kassel (allí, el 19 de mayo de 1933, los nazis quemaron unos dos mil ejemplares) y es la puerta de entrada de este clásico encuentro. Mide setenta metros de largo por treinta de ancho y veinte de altura: sí, las mismas dimensiones del templo ateniense, símbolo de la democracia. A partir del 20 de junio se habilitan diferentes sectores de la obra para que la gente pueda extraer un libro y llevárselo, redondeando así la idea de creación interactiva
Con ADN vanguardista  
Conceptual, pop, realista, psicodélica. A sus 74 años, Marta Inés Minujín sigue dando que hablar con su obra. Sus happening, performances e instalaciones marcaron un antes y un después en la escena del arte local e internacional. Aún hoy se recuerda el acto simbólico de saldar la deuda externa argentina con los Estados Unidos, entregándole choclos (el “oro” latinoamericano) a Andy Warhol. Aquello fue en 1985, pero en abril pasado repitió el acto para “pagarle” la deuda externa griega a Alemania, entregándole un puñado de aceitunas a una doble de la canciller Angela Merkel. Genio y figura.

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