Historias de vida


A la par


Por Daniela Calabró.


A la par
Alberto e Ignacio Lóizaga son padre e hijo y comparten el amor por la meditación. No solo la practican juntos hace veinte años, sino que dan clases y hasta escribieron un libro. Aquí invitan a entregarse al desafío.

Un hombre medita. Su hijo, muy pequeño, juega en la misma habitación. A veces le habla, le corre alrededor. A medida que pasan los años, lo hace cada vez con más silencio, hasta que un día detiene su juego y se sienta a intentarlo él también. 

Así empieza la historia de Alberto e Ignacio Lóizaga, un padre y un hijo apasionados por el arte de conectarse consigo mismos... y, en este caso, entre ellos. 

“Sentir y meditar juntos nos une desde una sintonía fina que sana las heridas. Con los hijos, siempre hay un conflicto intergeneracional que produce malos entendidos. Por eso, es muy linda la meditación en familia”, introduce Alberto. Ignacio se suma: “Cuando era chico, veía meditar a mi papá y me daba intriga qué estaba haciendo, así que iba y le preguntaba cosas. Lo mismo ocurría cuando lo hacía en la playa: yo iba y me le tiraba encima. Pero él nunca me dijo: ‘Ahora no, no molestes, estoy meditando’. Siempre me respondía con naturalidad y luego seguía con su meditación. Esa fue una gran enseñanza”. 

Los caminos de la vida los llevaron a visitar Oriente en más de una oportunidad. Allí perfeccionaron sus técnicas y se prepararon para un presente en el que dictan cursos de meditación y hasta escribieron juntos un libro: Meditar. Aquietá tu mente en la cultura de la velocidad.

Fue en uno de sus viajes en familia que Alberto descubrió en su hijo un potencial que los uniría. “En el camino de ascenso a un templo, a donde íbamos a conocer a un Lama, una niebla intensa hizo que nos perdiéramos y tuviéramos que detener la marcha. Ignacio salió corriendo como si pudiese ver a través de esa gran nube, halló un camino y fue el primero en llegar. Tenía trece años y era muy inquieto. Tengo intacto el recuerdo de su voz gritando: ‘¡Es por acá, es por acá!’. A esa edad, ya tenía una gran capacidad de guía y nos orientó a todos por un sendero que no hubiésemos encontrado si no fuera por él”, evoca papá orgulloso. “Hoy, veinte años después, estoy muy contento de encarar con él cada clase de meditación –interrumpe Ignacio–. Nos complementamos muy bien porque tenemos prácticas distintas, pero con el mismo fin: que la meditación sea una guía para alcanzar la felicidad”.

“Hay confusiones acerca de la felicidad. Se cree que solo se la sentirá cuando se tenga una pareja o una gran casa. Sabemos que esos aditivos fracasaron” Alberto Lóizaga

– ¿Cuáles serían los primeros pasos de esa guía?
Ignacio. – Animarse a probar una actividad que la ciencia demostró que hace bien. Claro, hay que saber que uno puede frustrarse un poco al principio, como cuando empezamos a manejar. Cada una de las técnicas es simple, y todos, absolutamente todos, somos principiantes en esto. El que se cree experto, pierde. 

–En el libro proponen desacelerarnos, poner un poco de pausa. ¿Por qué eso se logra a través de la meditación?
Alberto. – Los pensamientos influyen constantemente en nosotros. La mente humana es adicta a preocuparse, a distraerse y a crear una ansiedad constante. La meditación nos ayuda a desacelerarnos porque nos conecta con un espacio sin tiempo, continuo. Nos permite encontrarnos con nuestro ser y con un sentimiento de paz que no depende de nada exterior. No tiene obstrucciones, no tiene trabas, no recuerda traumas del pasado ni se está ansioso por el futuro.

– ¿Por eso dicen que la meditación brinda una “felicidad incondicional”?
Alberto. – Hay algunas confusiones acerca de la felicidad. No son pocos los que creen que solo van a sentirla cuando tengan una pareja o una gran casa. Y todos esos son aditivos que sabemos que fracasaron, ya que, de todas maneras, muchos seres humanos que tienen éxito, sienten que les falta algo. Eso que les falta es la esencia de sí mismos. ¿Cómo se accede a ella? Desde nuestra humilde experiencia, a través de la meditación. 

“¡Enseñémosles a meditar a los chicos! No solo les calma la mente, sino que los vuelve más tranquilos y alertas” Ignacio Lóizaga

–A pesar de ser una técnica milenaria, en los últimos años experimentó un crecimiento vertiginoso en Occidente. ¿La actualidad nos pide más relax?
Ignacio. – Es esencial descansar la mente en algún momento del día. Es hora de que nuestra raza comience a darse cuenta de la relevancia de meditar. Yo lo hago a diario, de la misma forma que duermo o me alimento. A su vez, practico lo que ahora se conoce como mindfulness: pequeñas meditaciones informales a lo largo de la jornada, en las que, durante cinco minutos, aplicamos la presencia de todos los sentidos en aquello que estamos haciendo. 

– ¿Cómo sería eso, Ignacio?
–Por ejemplo, notar bien los sabores y la textura de lo que comemos, o reparar en cómo estamos mientras preparamos un mate. A veces, me doy cuenta de que estoy ansioso por algo y, al reconocer mi estado, puedo hacer que no me afecte tanto en la relación conmigo mismo y con los demás. 

–Hace tiempo trabajás en diversas investigaciones que vinculan las técnicas de meditación con las manifestaciones artísticas. ¿Cómo se relacionan?
Ignacio. – El arte es una meditación en acción. Los Beatles, en especial George Harrison, practicaban meditación trascendental de Maharishi Mahesh Yogi, la misma escuela que enseña mi padre, con el uso de mantras. Por otro lado, Thom Yorke y Herbie Hancock practican meditación budista, que es la que yo estudio.    
– ¿La meditación repercute en la salud?
Alberto. – El cuerpo tiene una homeostasis, un equilibrio interno. Hay un orden increíblemente perfecto que nos mantiene. Cuando meditamos, recibimos un orden del exterior, de la naturaleza, ya que estamos constituidos por sus mismos elementos. Así, al hipertenso le baja la presión, las personas con problemas intestinales logran un ritmo intestinal normal, los bronquios de un asmático se dilatan, y retroceden todos los males psicosomáticos. Gracias a la meditación, aquellos que padecen enfermedades graves pierden el miedo a la muerte. Eso es muy importante para atravesar mejor esa instancia.  

– ¿Cuán positivo sería extender las prácticas de meditación en la educación de los niños?
Ignacio. – Muy positivo. ¡Por favor, enseñémosles a meditar a los chicos! En el budismo se aprende a partir de los siete u ocho años. Hay ejercicios sencillos que pueden ser como un juego, como escuchar los sonidos de un ambiente natural por dos minutos y luego compartir cuáles fueron los que se reconocieron. Esas actividades no solo les calman la mente, sino que los vuelve más tranquilos y alertas. 

–Por lo general, en los primeros tiempos no se logra meditar profundamente. ¿Qué hay de cierto en que la mente suele resistirse?
Ignacio. – Las resistencias forman parte de la meditación. El ego se defiende con dudas, se rehúsa a experimentar la paz. ¿Por qué? Porque existe la creencia de que si uno no está preocupado haciendo planes futuros, está perdiendo el tiempo. Por otro lado, muchas personas sienten que “no les sale” meditar. Pero saber que estamos distraídos o aburridos ya es un excelente primer paso. No hay que frustrarse rápidamente. Lo primero es observar la experiencia sin juzgarla, sin generar expectativas de cómo debería ser. La meta es desconectarnos un poco de nuestros temas cotidianos y reconocer el ser incondicional que vive en el aquí y ahora.
Diez pasos para meditar
Antes de poner primera, hay que ubicarse en un lugar confortable. La espalda debe estar recta, el mentón levemente hacia abajo y los hombros ligeramente abiertos. 

1. Mirar el espacio libre que hay entre todos los objetos del mundo exterior que nos rodea.
2. Reconocer que el aparente vacío del aire invisible está uniendo y sosteniendo nuestro cuerpo y todos los objetos que percibimos. 
3. Extender ese espacio vacío hacia el cielo y hacia lo invisible de la Tierra. 
4. Cerrar los ojos y reconocer nuestro espacio interior físico, nuestra presencia corporal. 
5. Sentir que dentro del cuerpo existe un espacio continuo, que nos acompaña permanentemente, en el corazón, los pulmones y las vísceras. 
6. Advertir que nuestro espacio psíquico también recibe la energía de la naturaleza que nos acompaña.
7. Reconocer la claridad de la conciencia con capacidad cognitiva. Permanecer sin distracción en el espacio del ahora. 
8. Distinguir cada pensamiento que comienza y termina. 
9. Quedarse en la continuidad del espacio libre de la conciencia, sin reaccionar ni oponer resistencia a lo que ocurra. 
10. Recordar que meditar no es dominar los pensamientos, sino impedir que alguno nos domine. Soltarlos y disfrutar de la propia presencia durante veinte minutos a partir de ahora.

Médico y docente, Alberto se formó con Maharishi Mahesh Yogui en meditación trascendental. Ignacio es músico, redactor creativo y licenciado en publicidad, estudia y practica meditación budista.

Alberto e Ignacio recopilaron sus experiencias juntos en el libro Meditar. Aquietá tu menta en la cultura de la velocidad. Allí comparten historias, técnicas y consejos. También crearon una página web: www.serunomismo.org

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