Arte


Antártida multicolor


Por Andrea Albertano.


Antártida multicolor
Durante diez años, Andrea Juan viajó cada verano al Continente Blanco para hacer arte con sus instalaciones. En ellas el color es tan importante como el mensaje: es imperioso cuidar el medioambiente.

Cada febrero, desde 2005 a 2014, Andrea Juan armó un bolso, cargó telas y luces, y voló en un Hércules hasta Río Gallegos. Desde allí subía a otro avión, dependiendo de los caprichos del tiempo, para llegar a la Base Marambio y volver a subirse, tal vez a un helicóptero, para arribar a su destino final en la Base Esperanza.

Andrea no es una artista convencional. Desde muy chica se inclinó por las artes e hizo talleres de pintura y cerámica. Comenzó a estudiar Arquitectura, pero luego abandonó para ingresar a la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. Obtuvo becas de estudio en el exterior, pero el verdadero cambio, el clic en su vida, fue un viaje a los glaciares de la Patagonia. Surtió tal el efecto en ella que, a partir de entonces, se orientó a “narrar” el daño que le estamos haciendo al medioambiente.

“Solicité un permiso al Director Nacional del Antártico para continuar mi trabajo y realizar un proyecto de arte en las Bases Antárticas Argentinas. Por surte, me fue concedido y la experiencia resultó maravillosa. Trabajé con científicos del Instituto Antártico sobre sus investigaciones acerca del cambio climático. Fue tan enriquecedor como multiplicador”, cuenta Andrea.

Sus performances son acciones y puestas en escena que luego fotografía y filma. “Cada serie se basó en diferentes proyectos, que llevo a cabo con materiales inertes, telas y acrílicos. Lo importante es dejar el territorio tan virgen como lo encontré antes de que comenzara la secuencia. El cuerpo de obras está compuesto por fotografías de gran formato, videos e instalaciones”, revela.

–En tu juventud solías usar materiales que no eran ecológicos. ¿Cómo fue el proceso por el que empezaste a optar por otros menos nocivos?
–En mis inicios trabajé mucho con grabado, aguafuerte, aguatinta. Utilizaba ácido para carcomer la chapa de zinc. Un día me di cuenta de que no podía ser bueno estar aspirando los gases que emanan del ácido nítrico y los disolventes. Investigué acerca de las consecuencias para el cuerpo y me convencí de que debía buscar otros caminos. Así fue como salí a buscar otras vías para poder llevar a cabo mi trabajo.

La obra de Andrea Juan se vincula con la naturaleza y reflexiona sobre el daño que se le hace desde hace décadas.

Gracias a una beca de la Unesco se trasladó durante tres meses a Viena. Allí incursionó en la fotografía y el video, y desarrolló su fuerte inquietud por crear al aire libre. “Cambié temáticas, herramientas y, sobre todo, escenarios. La sensación de libertad que me dio trabajar en el exterior hizo que ya no volviera al estudio, salvo para la posproducción de las obras. Aquel trabajo en Viena era una reflexión acerca de la vida y de la búsqueda de uno mismo. Era la época del cambio de milenio y de las teorías apocalípticas asociadas a ello”, evoca.

– ¿Cómo arribaste al tema de los glaciares patagónicos?
–Las noticias sobre el cambio climático eran cada vez más preocupantes. Todo ello me hizo ver que las verdaderas consecuencias apocalípticas no se debían a un hecho aleatorio, sino al accionar del hombre sobre el medioambiente. Esta preocupación fue la que me llevó a los glaciares de la Patagonia. Hoy, no concibo otro escenario que no sea el medio natural ni otra temática que no sea reflexionar poéticamente acerca del cuidado y el respeto por todo lo que nos rodea.

– ¿Cómo fue viajar durante tanto tiempo a la Antártida?
–Fueron diez veranos consecutivos, con una media de treinta a cuarenta días en cada oportunidad. Utilicé todos los medios de transporte posibles: avión, barco, helicóptero y bote. Pese a que iba en esa época del calendario, el clima me hizo sentir su rigurosidad. La geografía cambiaba año tras año y, con ella, las condiciones de mi trabajo. Allí, en un instante, lo que es de una manera puede ya no serlo. Es una  síntesis de lo potente e indomable y, a la vez, frágil y vulnerable que es la naturaleza.

– ¿Cómo podrías contarnos el Polo en primera persona?
–El día que más frío hizo mientras trabajaba fue -45 ºC. Estaba arriba del glaciar realizando la serie llamada Bosque Invisible. En el momento, con la excitación y el deseo de obtener las mejores imágenes, ni me acordaba de las bajas temperaturas. En la primera parte del cuerpo que se sienten es en las manos. Yo utilizo guantes con los dedos cortados para poder accionar la cámara. También te afecta la cara. No se puede estar mucho tiempo expuesto por los riesgos de congelación.

–Trabajás con los científicos que estudian el cambio climático. ¿Leés sus investigaciones para crear?
–Sí, ese fue el modus operandi. Ellos me brindaban sus estudios, charlábamos algunos detalles y así yo le iba dando forma a las obras. Guardo un gran cariño y agradecimiento por todos los científicos, en especial por Rodolfo Del Valle y Pedro Skvarca.

– ¿Por qué elegís materiales inertes?
–Porque no se deben llevar a la Antártida materiales “vivos” que puedan alterar el entorno. Todo debe quedar tal y como estaba antes del trabajo.

– ¿Qué te preocupa?
–Soy testigo de cómo las barreras de hielo desaparecen. De que el metano de las capas subterráneas se está filtrando a la atmósfera y que se va alterando el ambiente y la cadena alimentaria de los animales. Es imperioso cambiar nuestros hábitos de vida y de consumo para intentar frenar el desastre que estamos provocando.
 
– ¿Qué significa para vos la Antártida?
–Todo. Allá todo es poesía, todo es música, todo es color y todo es luz. Una maravillosa y potente luz que provoca los cambios más espectaculares de colores en el cielo. 
De la Antártida a Cantabria
En la actualidad, Andrea reside en el norte de España. “Estoy en Cantabria. Me fasciné con la belleza extrema de sus paisajes, la diversidad de sus espacios naturales y la gran profusión de vestigios del origen de la historia del arte. Aquí hay un riquísimo patrimonio de extraordinarias cuevas de arte rupestre. Diez de ellas están abiertas al público y son Patrimonio Mundial de la Humanidad, como la de Altamira”, detalla.

Por esos lares, Andrea desarrolló un programa abierto a otros artistas, denominado “Arte en el origen”. “Los artistas exploran las cuevas prehistóricas más impactantes, descubren su magnífico hábitat y crean obras inspiradas en la magia que los rodea. A su vez, pueden sumarse a Sur Polar, la red de artistas medioambientales –su sitio web es www.surpolar.org– que ideé a partir de mis vivencias en la Antártida”, resalta.

– ¿Qué es Studio SM Pro Art?
–Es una organización que fundamos con mi esposo, Gabriel, y un grupo de colaboradores para generar iniciativas relacionadas con el arte contemporáneo y la cultura. Juntos producimos mis propias exhibiciones. Las últimas fueron en Bangkok (Tailandia) y en Santander (España). Hacemos lo propio con las muestras de Sur Polar, tanto en la Argentina como en el exterior. Ahora queremos montar una en Cantabria. Y analizamos la posibilidad de llevar estas iniciativas a diferentes entornos naturales. Siempre con la misma misión: crear conciencia de respeto por el medioambiente.
Para mirar y pensar
Hay dos videos de Andrea Juan que son clave para entender el propósito de su obra.

Uno es Girasoles, donde se puede observar cómo un campo de esta planta se mueve con el viento apaciblemente y, poco a poco, comienza a prenderse fuego hasta incendiarse por completo, por la acción del hombre. En Encapsulados aparecen grupos de personas encerrados en cápsulas que se elevan al cielo hasta desaparecer. “Es una forma poética de decir que estamos aislados en nuestra propia burbuja, sin estar atento a las consecuencias que acaecen sobre el medioambiente. Ambos videos fueron proyectados sobre el glaciar Buenos Aires, en la Base Antártica Esperanza”, se enorgullece Andrea.

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