Curiosidades


Ningún truco


Por Cristina Noble.


Ningún truco
La magia en la Argentina experimenta un crecimiento que se refleja en el éxito de sus espectáculos y en la cantidad de entusiastas inscriptos en escuelas que enseñan la disciplina.

Hasta hace poco tiempo apenas dos décadas y media, la magia en la Argentina era cosa de amateurs o de cenáculo. Una actividad para pocos: mentalistas, gente que cultivaba la prestidigitación, sacaba conejos del bolsillo y se reunía para intercambiar artilugios y trucos secretos. Los profesionales podían contarse con los dedos de la mano, ya que la mayoría pensaba que su principal tarea era animar fiestas infantiles.

“Y eso que en nuestro país nunca nos faltaron grandes artistas. Hubo genios, como Fantasio que presentó su show en el afamado programa de televisión de Ed Sullivan, compartiendo escena con los mismísimos Beatles”, apunta Carlos Barragán, quien fue convocado por Máxima Zorreguieta, reina de Holanda, para entretener a los invitados de su fiesta de casamiento.

¿Quién puede olvidarse del tandilense René Lavand, que hacía maravillas con las cartas con su mano izquierda –la única que le quedó tras un accidente–, mientras desafiaba a los espectadores salmodiando el irónico mantra “No se puede hacer más lento”? ¿Y de David Bamberg, más conocido como Fu Manchú, un inglés proveniente de Derby que se convirtió en argentino por adopción, quizás como agradecimiento por el deslumbrante éxito que cosechó en Buenos Aires con sus sombras chinescas?

En efecto, talentos no nos faltaron, pero en la actualidad, este arte respira un presente aún más auspicioso, que puede constatarse en espectáculos con gran afluencia de público, edición de libros sobre la temática, y convenciones y congresos como el Festival Latinoamericano de Magia (FLASOMA), que se organizó, por cuarta vez, por estos pagos. Según los entendidos, nuestro país es el segundo de América en la materia (el primero es Estados Unidos), y el único sudamericano que ostenta campeones mundiales (recién ahora empieza a registrarse cierto desarrollo en el Brasil).

“Aquí, la magia es decididamente un boom sentencia Adrián Guerra, quien a los veintiún años fue campeón mundial de la Federación Internacional de Sociedades Mágicas (para que se haga una idea: el premio es como el Nobel de la especialidad). Y prosigue: Por eso, grandes maestros, como Juan Tamariz, vienen periódicamente a dictar sus seminarios. En esa misma línea, el prestigio de mis colegas hace que sean convocados a dar conferencias en el exterior, como Michel, Merpin, Hernán Macagno, Tony Montana y Hugo Valenzuela, por citar a algunos. Además, los argentinos raramente pasan inadvertidos en los torneos que se disputan en el exterior, y logran subirse al podio en diferentes categorías”.

Otros signos del furor son los más de veinte clubes de magia distribuidos a lo largo y a lo ancho de nuestro territorio, los locales de venta de artículos de producción nacional (que, además, se exportan continuamente), y las escuelas especializadas, que reciben un promedio de seiscientos estudiantes al año. Entre ellas se destacan la de Guerra (“Una vez alcanzamos las mil inscripciones; es algo que aspiramos repetir pronto”), la de Marcelo Insúa (conocido como Mr. Tango, fue galardonado por su aporte a la numismagia –que se hace con monedas–) y la de Henry Evans (segundo argentino en llevarse el primer galardón en el certamen internacional de la magia).

Y no mentimos al afirmar que esta especialidad llegó a reductos académicos y culturales: el mago y psicoanalista Federico Ludueña, autor del libro El cerebro mágico, dictó en el Centro Cultural Rojas el primer curso auspiciado por la Universidad de Buenos Aires (UBA). ¿Qué tal?
La magia es espectáculo
Esta premisa no la pierden de foco los incontables espacios que ofrecen shows exclusivos, como Sala 3, donde se puede disfrutar de las performances de consagrados como Guerra, Michel, Merpin, Hernic, Macagno, Daniel Garber, Juan Tamariz, Nicolás Gentile y Guido Maldonado, entre tantos otros.
 
En Carlos Paz, Córdoba, se construyó un teatro totalmente dedicado a este tipo de espectáculos. Allí, el rosarino Matus, capaz de levitar, realiza su megashow Delirium. Ha llegado a hacer cinco funciones por día, y más de quinientas actuaciones al año. “Los magos argentinos tenemos múltiples motivos para estar contentos: el entusiasmo y la calidad no cesan diagnostica Evans. Y ejemplifica: En el reciente FLASOMA, llevado a cabo en Buenos Aires por la Entidad Mágica Argentina, el teatro Avenida no daba abasto. Se convocaron más de mil participantes. Una de mis mayores alegrías fue comprobar el nivel de los números que se presentaron, y, especialmente, el papel de los juveniles. Una alumna mía, la maga Caro, de trece años, y el mago Federico, de quince –con su hermanito de seis, el mago Resorte–, se llevaron el primer premio en su categoría. ¡Estuvieron geniales! El teatro se vino abajo por los aplausos”.

Tal vez, ese apasionamiento en los jóvenes haya que agradecérselo, en buena medida, a la saga de Harry Potter, que ayudó a poblar los reductos de magia, de pequeños aspirantes que tienen como ídolo a aquel alumno de Hogwarts que imaginó J. K. Rowling.
ADN del mago argentino
Para encontrar el origen de este fenómeno hay que remontarse a mediados de los noventa, cuando la magia local evolucionó, marcando un punto de inflexión. Existen dos hechos concretos: el primero, la aparición de Guerra; el segundo, la llegada a estos pagos de David Copperfield, el gran ilusionista que hizo desaparecer la Estatua de la Libertad de Nueva York.

En aquella primera visita, el norteamericano, catalogado por la revista de negocios Forbes como el mago de mayor suceso comercial en la historia, fue contratado para realizar veintiocho funciones en el porteño teatro Gran Rex. Más de cien mil espectadores lo aplaudieron de pie y se transformó en un modelo por imitar. “Empezamos a creer que podíamos ser como él”, recuerda Evans.
 
A partir de allí, los argentinos dejaron de ver al oficio como un hobby y comenzaron a considerarlo un camino de proyección personal y una carrera profesional. Inocencia, innovación y creatividad en pequeños trucos –antes que grandes ilusiones, como hacer desaparecer el Obelisco–, podría ser la fórmula que caracteriza a estos encantadores vernáculos, capaces siempre de sacar de su galera algo nuevo para fascinar con pequeños ardides. “Nuestro público prefiere dejarse llevar. Se entrega aunque sea por unos minutos. Confía en alguien que le muestra una realidad celestial, donde no impera la lógica, sino el corazón”, define Guerra. 

Hace cinco años, cuando ganó el Mundial de la Magia en Invenciones en Inglaterra, Insúa hizo desaparecer las famosas treinta monedas de plata que cobró Judas por traicionar a Jesús. Las hizo pasar de mano en mano para que la gente, al soplarlas, las hiciera desvanecer. Acompañó su número con un relato que, como en un cuento infantil, hilaba la historia manteniendo la atención de un auditorio que no quería dejar de escucharlo.
 
Ese es el valor agregado de nuestros representantes: saber contar, presentar los hechos con la pericia de los grandes narradores de ficción, que son capaces de mantener en vilo a sus oyentes y hacer que no decaiga la fe en sus invenciones. Es que “no se puede hacer más lento”.
Cuestión de género
¿Es este un universo predominantemente masculino? "Ahora no es así”, responde la maga Silvana Gordiola, nacida y criada en el barrio de Flores y radicada en Barcelona. “Cuando elegí ir a España, lo hice esperando poder representar mi arte, que al principio era pura actuación, ya que, en primer lugar, soy mimo”, desliza. Y le fue de maravillas: hace ya dos años que en el 

Liceo de Barcelona (una meca estilo teatro Colón) ofrece Aria Kadabra, un espectáculo de magia y ópera que ella misma ideó, donde comparte escenario con una quincena de músicos y su partenaire Brando (director del espectáculo). "Las mujeres dejamos de ser las ayudantes del mago, las que le entregábamos pañuelos de colores o nos dejábamos serruchar por la mitad —sostiene Mágica Rocío, quien se quedó con el primer premio de Magia General en el Festival Latinoamericano de Magia (FLASOMA), gracias a su puesta en escena con catorce palomas que entrenó en su casa de Lanús. Y cierra—: Lo más importante es transmitir emoción y enseñarles a los más chicos que los sueños se pueden cumplir. Que si quiero y me propongo que una pelota flote y se desplace en el aire... puedo llegar a lograrlo".
Varitas en las empresas
En el best seller El cerebro mágico, Federico Ludueña afirma que este arte resulta un incentivo para desarrollar aptitudes a veces dormidas, como las referentes a las matemáticas.

Ayuda a realizar cálculos mentales con fluidez, recordar sin esfuerzo y combinar, con celeridad, distintas ideas que aparecen y pueden influir en la toma de decisiones (e incluso en las percepciones de otros). Quizá por eso, CEO de grandes compañías se están animando a tomar cursos acelerados de magia. ¿Será para encantar a clientes y ampliar la capacidad de conducción "Para hacer magia hay que desarrollar la inteligencia. Se manejan varios lenguajes al mismo tiempo, y uno desmiente al otro. Mientras decís una cosa, hacés otra", subraya Carlos Barragán. Adrián Guerra coincide y acota: "Pueden tomar las clases como divertimento o para mejorar sus capacidades. Tuve alumnos muy conocidos: jueces, fiscales, empresarios, cirujanos... A su vez, es un hobby que congrega a cierta elite. Es una actividad onerosa, que implica comprarse los productos, viajar a los congresos. Hay quienes no reparan en gastos. 

Tengo un amigo que llegó a comprarse una casa solo destinada a exponer su colección de objetos mágicos".

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