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Nada se pierde


Por Juan Martínez.


Nada se pierde
Inspirados en experiencias en el mundo, los clubes de reparadores se multiplican por estos lares, enarbolando la bandera de que no todo es descartable.

Luchar contra el sistema no es reventar un vidrio de un piedrazo ni, mucho menos, quejarse desde las redes sociales. Luchar contra el sistema, o contra algunos mecanismos a los que nos fuimos resignando, es crear alternativas superadoras, muestras empíricas de que existe un camino distinto por recorrer. Con la sustentabilidad como bandera, se multiplican en el país experiencias colectivas de reparación de objetos. No somos solo consumidores, y el dinero no es la única recompensa posible. Ni siquiera la mejor.

El germen de esta propuesta se encuentra en Holanda, cuando en 2009, la periodista Marine Postma llevó a cabo el primer “repair café”, un evento donde reunió a personas con la necesidad de reparar algún objeto y otras con la habilidad para hacerlo. Dos años más tarde, la cita se constituyó en una movida global que se dispersó por diferentes países de todos los continentes.

En la Argentina, el concepto fue seguido de cerca por Marina Pla y Melina Scioli, integrantes del colectivo Artículo 41, que promueve la sustentabilidad por medio de proyectos y acciones de comunicación y participación ciudadana. “Veníamos trabajando el tema de los residuos y el reciclaje, y hallamos en la reparación una estrategia mucho más efectiva que la de reciclar para poder hacer frente a la problemática y reducir así los residuos. Nos pareció una manera de reivindicar esta tarea y una estrategia muy práctica de sustentabilidad”, explica Melina sobre el surgimiento del “Club de Reparadores”, una serie de encuentros itinerantes que llevan a cabo en la Ciudad de Buenos Aires y que ya se extendieron a Córdoba y Montevideo.

Desde el cierre de una campera o una cartera hasta una muñeca que fue pasando de generación en generación dentro de la familia, todo lo que llega a este club es de lo más variado. En algunos casos, no son más que un objeto, pero en otros, son portadores de una carga simbólica y afectiva que trasciende a su uso práctico. Cada uno tiene su propia historia.

Marcela Basch, creadora de un blog especializado en economía colaborativa (El Plan C), sigue de cerca al “Club de Reparadores” desde antes de su primera edición. “Una vez llevé El cumpleaños de la osita, un libro que leía cuando era chiquita. De hecho, lo tuvo mi madre mucho antes de que yo naciera. Cuando Marina Pla lo vio, casi se pone a llorar porque era el libro favorito de su infancia. Lo reparamos y ahora lo tienen mis hijas”, revela Basch.

Atentos a los resultados del Club, en la Universidad Libre del Ambiente, un centro de educación ambiental que depende de la Universidad de Córdoba, se contactaron con la gente de Artículo 41 para replicar la propuesta en su ciudad. Ya desde la primera edición  se sorprendieron del compromiso de la gente que participó.

“No sabíamos bien cómo sería la dinámica y pensamos que iba a aparecer el oportunismo de quienes asistiesen solo para que les arreglaran las cosas gratis, pero ocurrió todo lo contrario: ¡teníamos muchos más reparadores que cosas para arreglar! En una época de tanto individualismo, desconcierta un poco que haya personas que se dediquen a ayudar a otros”, dice Virginia Martínez Luque, una de las responsables.
 
A propósito, Pablo Giordano, un reparador que se sumó al Club al toparse con un banner en Facebook, acota: “Tomé mi caja de herramientas y me acerqué sin saber bien adónde iba. Ahora me paso varias tardes remendando los desperfectos de algún artefacto. No siento para nada que esté perdiendo el tiempo: yo doy y los demás me dejan sus sensaciones, momentos, palabras gratas. Hay algunos objetos muy especiales, sobre todo los antiguos. Siento que tienen mucho valor y me dan ganas de recuperarlos. Está bueno revivirlos”.

En Rosario, la iniciativa fue asumida por la Secretaría de Ambiente y Espacio Público, a través del programa Rosario Repara. Marina Borgatello, titular de la Secretaría, cuenta: “Tomamos las experiencias que se dan en otros lugares del mundo y las adaptamos a la realidad local. Tenemos el antecedente de los canjes de objetos que los dueños iban a tirar, por vouchers para el transporte público. Por suerte, ya está instalado el tema de tener cierta conciencia sobre aquello que desechamos y aquello que podemos reutilizar”.

A diferencia del Club de Reparadores, en Rosario Repara, los profesionales que se acercan a arreglar objetos cobran por las horas de trabajo. El pago lo efectúa el municipio, por lo que se mantiene la gratuidad para quienes llevan algo a reparar. La ausencia de dinero en este espacio establece una relación diferente a la habitual. Andrés Camandona, electricista, confiesa: “Al no haber un intercambio económico, la gente viene sin demasiadas expectativas y uno cumple su rol más tranquilo”. 
Contra el consumo pasivo
Cuando un objeto deja de responder y ya no es útil, lo más simple es descartarlo y adquirir uno nuevo. Todo está conformado para que ese camino sea el más fácil, e influyen en el cuadro de situación los repuestos caros o difíciles de ubicar, la falta de especialistas capaces o dispuestos a efectuar el arreglo, y una amplia oferta de reemplazos posibles que marea y fastidia.

“Existe la cultura de comprar y tirar, fomentada por cómo se maneja la industria desde la comercialización. Muchas veces, no tenés dónde adquirir repuestos de algunos objetos, o ni siquiera conviene repararlos por los precios que se manejan y por el tiempo que demanda hacerlo. Así, algunos oficios se están extinguiendo”, diagnostica Camandona.

Por su parte, Melina Scioli considera que esto no fue siempre así: “Somos medio afortunados por heredar piezas o artículos de generaciones anteriores que, en la actualidad, pueden seguir funcionando. ¿Podemos decir lo mismo de las cosas que hoy compramos? ¿O tienden a tener una vida útil mucho más corta? Por eso, tratar de preservar objetos pensados y diseñados con otros criterios de durabilidad y de calidad es dar una batalla a esta nueva manera de fabricar”.

Marcela Basch va un poco más allá con su mirada: “El ‘Club de Reparadores’ lucha contra la obsolescencia programada y se resiste a esta idea de que hay que comprar, tirar, comprar, tirar, y que las cosas tienen una vida útil limitada. Pero persigue un fin más interesante todavía: nos saca del lugar de consumidor zombie y ciego, y nos hace dar cuenta de lo fundamental que es revalorizar el saber. No es simplemente un servicio de reparación gratuito, no es ‘Dame que te lo arreglo’, sino ‘Vení que te enseño a arreglarlo’. Te ayuda a tener otra autonomía”.

En ese sentido, Pablo Giordano concluye: “Es importante que la gente tome conciencia de que las cosas se pueden recuperar, que no todo es descartable. Y también hay que destacar la parte comunitaria, la pata solidaria. ¿A qué apunto? A que ayudar a que los demás recuperen algo te enriquece como individuo, es muy pero muy reconfortante. Terminás el día exhausto, sí, pero contento”.
Principios
El "repair café" de Chile enumeró ciertas premisas, que podrían resumir el movimiento global.

• Hacer que los productos vivan más tiempo. Reparar es tener la oportunidad de darles a los productos una nueva vida. No es anticonsumo; es antitirar cosas innecesariamente.
• Reparar no es reemplazar. Reemplazar es tirar la parte rota solo si no es posible arreglarla.
• Reparar es un desafío creativo. Es excelente para fomentar la imaginación y utilizar nuevas técnicas, materiales y herramientas.
• La reparación sobrevive la moda. No se trata de estilo o tendencias. No existe fecha de expiración para productos que son reparables.
• Reparar es descubrir. Se incorporan conocimientos acerca de cómo funcionan las cosas.
• Reparar incluso en buenos tiempos. Esta forma de actuar no es solo para ahorrar en épocas de crisis. Se trata de un cambio de mentalidad.
• Reparar = independencia. No hay que ser esclavo de la tecnología, sino su dueño.

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