Personaje


“En la montaña me siento libre”


Por Andrea Albertano.


“En la montaña me siento libre”
El año pasado, Laly Ulehla llegó a hacer cumbre en el Everest. Ahora, la cordobesa y roquense por adopción sueña con ser la primera argentina en alcanzar la cima de los picos más altos de cada uno de los siete continentes.

“¡A esa altura vuelan aviones! Y pensás: ¡Acá estoy yo! Cuando estás en la cumbre del Everest, ves todo y no ves nada. Ves picos, nubes, mucha nieve, el amanecer. Te ves a vos, ves a los otros que están ahí y su inmensa felicidad. Recuerdo que me traté de llenar las pupilas y la piel de ese lugar, y me pregunté por qué era tan especial. ¿Por lo que se ve? ¿Por ser la montaña más alta del Planeta sobre el nivel del mar? Y me respondí que no, porque no sería lo mismo si te llevara un helicóptero. La cumbre es el moño rojo. Lo revelador es el camino”.

La que habla es Laly Ulehla, quien el año pasado alcanzó la cima del pico más alto del Himalaya. María Alejandra –aunque todos las conozcan como Laly– nació hace cuarenta y cinco años en la cordobesa Villa María. Las vueltas de la vida y del corazón la llevaron a General Roca (Río Negro), donde formó una familia con Guillermo, con quien tuvo dos hijos. Allí se inició en carreras de corta y larga distancia, y luego se animó con el montañismo. Era casi cantado: su espíritu inquieto no pudo dejar de tentarse por esas bardas de piedra colorada que rodean el Alto Valle. “Empecé en un gimnasio, en un salón, sin saber que estaba esto –señala hacia las bardas–: ¡Divino! Siento que es mi segundo hogar”, cuenta con una sonrisa quien entrena diariamente, con una perseverancia admirable.

En la primera carrera en la que participó, en El Chocón, hizo podio. Luego se animó a desafíos de trayectos extensos (como el Cruce de los Andes), a las carreras de aventura y a las pruebas combinadas. “En aquella época conocí a Paco Bustos, un reconocido deportista roquense con el que compartí varias experiencias. Él sacaba lo mejor de mí”, desliza quien, a medida que competía y se ejercitaba, trabajó en paralelo su mundo interior, explorando sus límites y conociendo sus fortalezas. “La naturaleza y el deporte estuvieron presentes desde mi infancia y mi adolescencia. Mis padres me dejaron ser arriesgada, me dieron libertad. Yo era la que llegaba con las rodillas lastimadas, y siempre estaba trepada a los árboles. Con el tiempo, descubrí que hay un hilo conductor que une aquello con mi presente”, sentencia.
El llamado de la cumbre
Laly afirma que, gracias a las carreras de aventura, conoció la montaña. Que cuando corría por nuestra Cordillera, sentía que había una conexión muy fuerte, como un llamado constante a quedarse allí. “Así fue como un día dije: 'Quiero subir el Everest'. Recuerdo que Guillermo me contestó: '¿Y si arrancás por una montaña más baja? Por ejemplo, el Aconcagua'. En esa búsqueda, conocí a Fernando Grajales, experto montañista mendocino, y ahora un amigo, que me aconsejó algo parecido a lo que me había sugerido Guillermo. Que probara si realmente esto me gustaba con metas menos ambiciosas, que conociera lo que es un refugio, vivir con cero confort, sentir lo largos que se hacen los días en esos hábitats. Así que me fui a aclimatar al Cordón del Plata, que tiene un pico máximo de casi seis mil metros. Es una escuelita perfecta para otras montañas”.

Lo cierto es que esa primera experiencia tuvo sus bemoles. Padeció de “mal de altura”, una afección que puede acarrear vómitos, fuertes dolores de cabeza y mareos (en su caso fue una migraña potentísima que no amedrentó su espíritu aventurero). Después de ello, le hizo frente al Aconcagua una y otra vez, y, desde entonces, fue sumando objetivos. “En cada una de las montañas que tuve la bendición de conocer, atravesé diferentes emociones y sensaciones. También muchísimas dificultades, desde físicas hasta naturales, como la propia geografía de alta montaña, el frío extremo, las tormentas, los vientos. El montañismo requiere de una gran fuerza de voluntad y de pensamiento positivo”, sostiene.

De hecho, antes de concretarlo, ya había intentado hacer cima en el Everest, pero la Madre Naturaleza se lo impidió. “La primera vez fue en el 2014. Tuvimos que abandonar por una avalancha. Habíamos decidido ir por el lado de Nepal. Recuerdo perfecto que eran las 6.20 de la mañana y sentimos un ruido muy fuerte. Las vibraciones son comunes porque hay avalanchas todo el tiempo. Pero esa vez fue distinto: se había caído un serac (NDR: bloque grande de hielo fragmentado por importantes grietas en un glaciar). La gente empezó a gritar: '¡Agarró gente, había sherpas!' (NDR: los sherpas son un grupo étnico que habita en Nepal, muy adaptado a la montaña, que suele trabajar con las expediciones extranjeras). Fue muy triste y muy grave, ya que murieron dieciséis personas. Al año siguiente lo volvimos a intentar, pero nos agarró un terremoto. Podría interpretarse como que en esos dos años, el Everest se había cansado de la gente. Pero allí todo es esperable. La expedición es larguísima, demanda dos meses, por lo que los imponderables no se pueden evitar”, repasa Laly.

–El montañismo tiene un costado romántico, pero también uno muy marcado de dureza y esfuerzo.
–En la montaña ocurren cosas, y hay que tomar decisiones a cada paso. Allí se convive con palabras fuertes, como abandono, carencia, vida y muerte. Hay tragedias que ocurren por la suma de malas decisiones, tanto propias como ajenas. Sería muy arriesgado de mi parte concluir que cuando no se pudo llegar a la cima, fue por culpa del guía. La montaña es instante, instante tras instante. Y las expediciones comienzan apenas uno sale de su casa. ¡No te lleves algún problemita a la montaña porque la vas a pasar mal! El gran secreto reside en poder estar con uno mismo.

– ¿Qué significa la montaña para vos?
–Aunque quisiera ponerlo en palabras, no puedo. No las tengo. Sobre todo porque en cada montaña, la vivencia no es la misma. Hay conceptos muy generales y muy movilizantes que terminás confirmando: todos somos una misma cosa y formamos parte del universo. Se da una experiencia de unidad en la montaña. Es espiritual, me conecta con lo más profundo de mi ser. Allí la existencia está desnuda, es el lugar donde puedo desplegar mi pasión por el deporte. Me siento absolutamente libre.

En 2012, Laly fue moldeando un sueño enorme: el proyecto de las Siete Cumbres (Seven Summit), que consiste en plantar bandera en la cima de las montañas más altas de los cinco continentes y la de los dos Polos. Amén del Everest y el Aconcagua, figuran el Kilimanjaro (Tanzania), el Elbrus (Rusia), el Vinson (Antártida) y el Carstensz (Indonesia). “Solo me falta el McKinley, en Alaska, donde no pudimos alcanzar el objetivo porque tuvimos un accidente. En aquel entonces, Ulises Corvalán, mi compañero de cordada, se cayó en una grieta, por lo que tambaleó la expedición y nos vimos obligados a descender. Aun así, Ulises me alentó y me dijo: 'Flaca, tenés que seguir'. Tras pensarlo bastante, seguí sola con el grupo, pero el nuevo compañero de cordada que me tocó se sintió mal. Y no pudo ser. Bah, no tenía que ser. La montaña te deja o no te deja”, define.

–Por último, Laly: ¿Qué es lo que más te gusta y lo que más extrañás en la montaña?
–Lo que más disfruto es estar de cara al cielo. Es hermoso vivir por un tiempo sin techo y tener contacto permanente con la naturaleza. Extraño el agua. No me pasa de añorar las comodidades, pero sí aprecio abrir una canilla y que salga agua. Logro descansar en la carpa y en la bolsa de dormir. Y cuando veo el cielo, busco a las Tres Marías para conectarme con los que quedaron abajo: mis hijos, mi marido y mis afectos.
Residuos de altura
Laly Ulehla habla sobre un problema actual: la basura que se encuentra en las montañas. “No considero que esto se deba a que los ascensos se hayan vuelto más comerciales.

El problema es la actitud de la gente, la vagancia. Uno tiene que asumir la responsabilidad y el compromiso de bajar todos los residuos que generó en la expedición. Es una miseria que lamento. Me parece un crimen que, después de la temporada, no haya limpieza en altura. Pero, ojo, porque hay lugares que están supercuidados. Alaska y Antártida, por ejemplo, son vírgenes en ese sentido. Nunca vas a ver nada de mugre ni de desechos, incluso tienen un sistema de higiene personal. Y te multan si no cumplís con ciertos requisitos. Es simple: tenés que tener el mismo nivel de respeto con el que te trata la naturaleza”.

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