Salidas


Vanguardia madrileña


Por Daniela Calabró.


Vanguardia madrileña
Chueca y Malasaña supieron redibujar su destino. Zonas castizas ayer, hoy son los barrios de moda de la capital española. Allí mandan las tendencias y la diversidad.

Los barrios de Madrid tienen mucho que decir. Esquivando el bullicio de la Gran Vía, la Calle de Alcalá o el Paseo del Prado, nacen callecitas y pequeñas arterias que serpentean hacia otros rincones urbanos. Caminar por ellos permite ser testigo del aire selecto de Salamanca o de la intelectualidad del Barrio de las Letras, para otra vez llegar, casi inevitablemente, a la zona bulliciosa de Sol y a su vecina Plaza Mayor, corazón histórico de la ciudad. Cuando cae la noche y todo se acalla, hay dos barrios que suben el volumen, abren sus persianas, sacan mesas a la calle y se transforman en foco de atracción de locales y turistas: Chueca y Malasaña.

Ambos al norte de la Gran Vía, los separa una de las calles más comerciales de Madrid: Fuencarral. En ella se suceden tiendas de todo tipo, que van desde locales de indumentaria hasta bares y hamburgueserías de moda. La alternativa para buscar comercios más escondidos son las calles Valverde o Barco, a donde se desplazaron las tiendas de diseñadores originales, las galerías de arte y los cafés más tranquilos.

Por estos lares no se ven los clásicos sitios de tapas, con las tablas de jamón ibérico luciéndose en las vidrieras. Ese espectáculo tradicional está reservado para la zona céntrica de la ciudad.

Es que aquí mandan las novedades, lo que se viene. Si algo se pone de moda, seguro anclará en Chueca o en Malasaña: como los delis pet friendly que de día hacen culto al brunch y de noche, a los tragos de autor. O las tiendas de decoración hippie chic que se asentaron en esta suerte de Palermo español.
De la rebeldía a lo chic
En los años ochenta, en España, hubo un gran movimiento contracultural liderado por artistas y estudiantes. La Movida, como se la conoció, fue una de las manifestaciones más visibles de la transición posfranquista, luego de cuatro décadas de dictadura. Los jóvenes se reunían a debatir, a compartir lecturas y a escuchar música de culto, convencidos de que una nueva cara, más moderna, haría que el mundo volviera a mirar a España con buenos ojos. De ella nacieron grandes personajes como Pedro Almodóvar en el cine, o Ágatha Ruiz de la Prada, en el ámbito de la moda.

El epicentro de este movimiento se dio en Malasaña, que ya desde entonces se posicionó como un lugar de vanguardia. Todavía hoy es posible visitar algunos locales de aquella época, como La Vía Láctea, El Tupperware o El Penta, que aparece en la canción “Chica de ayer”, de Antonio Vega.

El barrio acarrea más historias de revolución. Su nombre, ni más ni menos, hace referencia a Manuela Malasaña, una joven costurera asesinada en 1808 por rebelarse contra las tropas de Napoleón. Eso sucedió en la plaza Dos de mayo, que hoy es el alma del barrio y debe su nombre a la fecha de aquel histórico levantamiento en la Madrid de comienzos del siglo XIX.

Es un entramado urbano con agallas, con recuerdos, que siempre supo estar un paso adelante. Hoy devenido en barrio hipster, atesora barberías, tiendas de ropa vintage y bares escondidos en viejas tabernas que no cambiaron su fisonomía de antaño. Esa, quizás, es la postal que más abunda en sus calles: viejas fachadas de madera o de azulejos coloridos, que esconden tras la puerta el último grito trendy.

Pasadas las ocho de la noche, cuando los grupos de amigos se congregan a beber en las veredas estrechas y los autos comienzan a trepar por sus callecitas empinadas, el paseo puede resultar más difícil de lo esperado. Pero vale la pena el esfuerzo y, sin dudas, habrá una buena recompensa. 
El barrio de la diversidad
En Chueca las calles no son tan angostas ni las fachadas son dueñas de tanto contraste. La arquitectura del barrio es la típica de Madrid, con frentes claros y lisos, repletos de ventanas y balcones de herraje elegante que siguen una misma línea.

La nota diferencial la dan los visitantes. Allí se congrega una gran cantidad de tribus urbanas, por lo que es usual ver en esas calles los looks más singulares y extravagantes. Los últimos gritos de la moda se conjugan con la particularidad de cada paseandero.

Se cruzan allí diversos grupos de pertenencia y todos conviven en perfecta armonía. Incluso los vecinos originarios del barrio –quienes al principio miraban de reojo el fenómeno urbano– se adaptaron a que junto a la mercería (que sigue abierta) ahora haya una tienda de piercings y tatoos.

Este respeto mutuo tiene un porqué: en la última década, Chueca se hizo conocido en el mundo como uno de los barrios pioneros en integrar a la comunidad gay. Allí se celebra la famosa Fiesta del Orgullo, que comenzó siendo una marcha por los derechos del colectivo homosexual, pero terminó transformándose en una auténtica celebración de muchos grupos minoritarios que desean que se respete su lugar en la sociedad.

Toda esta energía le da un aire especial, diferente. Caminar por sus calles es tratar cara a cara con la creatividad más profunda, con instalaciones originales que no se ven en otros sitios de la ciudad y con modos distintos de hacer y de vivir. Por eso mismo, es una zona de Madrid muy frecuentada por los artistas más jóvenes que quieren marcar una diferencia en el mundo del diseño, la moda o las artes visuales.

El alma del barrio es la Plaza de Chueca, justo sobre la estación del Metro que lleva el mismo nombre. Esta explanada de cemento nunca está vacía: además de las mesas y sillas de todos los bares de la manzana, se ven parejas bailando tango (cada vez más de moda en el Viejo continente), bandas tocando en vivo, una movida para juntar firmas por alguna causa solidaria o, sencillamente, un cotilleo divertido entre los “bandos” que toman la plaza a toda hora del día y la noche. A metros de allí se encuentra una de las grandes atracciones de la zona: el Mercado de San Antón. Resurgido a principios de este siglo como un núcleo de gastronomía moderna, fue en sus orígenes un mercado de abastos. Entre su apertura, en 1945, y principios de los años noventa tuvo mucha concurrencia. Luego, los hábitos de consumo lo fueron haciendo a un lado, hasta que la modernidad puso el foco en los mercados otra vez. Hoy es el sitio obligado para probar platos locales y extranjeros, además de ofrecer, en su planta baja, una feria de productos muy venerada por los foodies de la ciudad.

En la segunda planta, pequeños bares despachan tapas (en sus versiones más modernas) a la velocidad de la luz, mientras que un piso más arriba se despliega una terraza que es el punto de encuentro en los meses de más calor. Ese es un buen sitio para detener la marcha, pedir un trago o un bocadillo y darse por satisfecho de haber conocido los dos barrios por donde pasa la modernidad madrileña.
Más por conocer
Al otro de lado de la ciudad, atravesando el distrito Centro hacia el sur, hay dos callecitas que también dan que hablar entre quienes salen de copas. Se trata de la Cava Alta y la Cava Baja, dos arterias estrechas del famoso barrio La Latina. Pequeños bares se suceden unos a otros en una de las zonas más particulares de Madrid, en el que las fachadas ostentan más colores que el resto de la ciudad y desde donde se tienen las mejores vistas de la Real Basílica de San Francisco, ubicada en lo alto de la zona conocida como Vistillas (vale la pena sumar este nombre en el cuaderno de viajes). Los domingos, a unos doscientos metros de la boca del Metro de La Latina, se puede visitar El Rastro, el mercado callejero más conocido de Madrid.

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