Entrevista


“Decidimos con las emociones”


Por Daniela Calabró.


“Decidimos con las emociones”
¿Se puede estudiar al amor biológicamente? El bioquímico y divulgador científico español Pere Estupinyà lo intenta, analizando cómo opera el cerebro durante la vida en pareja.

Un famoso best seller asegura que los hombres son de un planeta y las mujeres, de otro. Basados en el estudio que avala ese libro, innumerables talk shows, notas periodísticas, encuestas de opinión y hasta terapeutas de pareja comenzaron a ver en uno y otro sexo dos caras absolutamente opuestas, más que complementarias. 

Pere Estupinyà, bioquímico, periodista y divulgador científico, rompe ese mito, convencido de que ciertas temáticas que carecen de valor argumental son distorsionadas para ser difundidas bajo títulos impactantes, irrefutables. “En la ciencia esto es conocido como cherry picking o selección de cerezas. Frente a un cajón de este fruto, un comensal siempre elegirá las más rojas y tentadoras, mientras que un comprador mayorista pondrá el foco en las menos maduras para pelear el precio y tener mayor margen de días para venderlas. El cherry picking se utiliza para describir las incontables veces que un ojo, que debiera ser objetivo, escoge material de manera sesgada para probar su teoría”, introduce el científico catalán, autor del libro S=EX². La ciencia del sexo.
  
– ¿Eso es lo que sucede con aquel precepto de que los hombres son de Marte y las mujeres, de Venus?
–Claro, ese tipo de conceptos son una trampa. Uno puede inventar una idea para vender un libro y después buscar artículos científicos que avalen ese título. Pero en la ciencia hay algo que se llama metaanálisis, que significa tomar todos los estudios que hay sobre algo y realizar un examen general. En el caso de los hombres y las mujeres, el resultado del metaanálisis es que no somos tan diferentes. Hay mucha más diversidad dentro del mismo grupo de mujeres o de hombres, que si comparamos a un género con el otro.

–En la actualidad, existen muchas investigaciones científicas sobre sexualidad, pero pocas sobre el amor. ¿Por qué?
–Lo que sucede es que el amor no está tan codificado fisiológicamente. El sexo sí puede estudiarse porque es la base de la reproducción, al igual que el enamoramiento, que es una etapa muy hormonal. Pero el amor romántico, entendido como una historia enre dos personas que perdura en el tiempo, es difícil de analizar desde la biología. Para decirlo de otra forma: se puede estudiar desde la ciencia al hambre, pero es imposible estudiar a la gastronomía.

– ¿Es cierto que la conquista está atravesada por el estado de ánimo que uno tiene en ese momento?
–Definitivamente. Es muy interesante cómo las emociones condicionan nuestros focos de atracción. Hay estudios que demuestran que alguien que te gustó hoy, puede no gustarte mañana. Frente al Tinder, una mujer no escogerá a los mismos hombres un día de buen humor, que uno en el que está triste o enojada. Del mismo modo, si llega a una fiesta sintiéndose atractiva, se detendrá en hombres más guapos de los que miraría si no estuviese contenta con su imagen de esa noche. ¿Otro dato curioso? El peso corporal de quien nos atrae está directamente influenciado por qué tan hambrientos o saciados estemos en ese instante.

–Cada vez escuchamos más que la monogamia es antinatural. Sin embargo, sostenés lo contrario. 
–Está comprobado que somos una especie monógama. Es una cuestión evolutiva y se ve claramente en la naturaleza: las especies en las que la cría precisa cerca a los dos progenitores tienden a formar parejas estables. Sin embargo, no todas son buenas noticias: que seamos monógamos no significa que seamos fieles. La fidelidad sí es antinatural.

– ¿Por qué?
–Porque el instinto de reproducción, que es el que alimenta al sexo, está separado del cuidado de la familia. Nuestro instinto nos hace buscar los mejores genes para dejar la mejor descendencia posible. La fidelidad es muy difícil de justificar evolutivamente, por lo que ninguna especie la práctica. Queda reservada solo para unos pocos homo sapiens. Y en esos casos, se suman los celos, también naturales.
 
–Es decir que, si nos basamos en la naturaleza, somos monógamos, pero a la vez infieles y celosos. 
–Exactamente. Lo que desearía cualquier primate es una pareja estable para concebir hijos, pero luego iría a buscar más descendencia por la selva y por nada del mundo querría que su hembra intentara lo mismo. Digamos que somos una especie muy particular.
 
–Muchas peleas de pareja se dan por un mecanismo cerebral que los científicos llaman fight or flight. ¿De qué se trata esta respuesta del sistema nervioso?
–La traducción sería “pelear o escapar” y es algo que hacemos de manera instintiva frente a una situación que nos sobresalta, como un robo o el ataque de un animal. Pero las razas con cerebros sofisticados también podemos estresarnos por mecanismos fisiológicos más lentos que, a largo plazo, activan el área de ataque del hipotálamo y generan respuestas exageradas en medio de una discusión.

–Es la famosa gota que rebasa el vaso…
–Exacto. La zona del cerebro que maneja el fight or flight está regulada por dos “pedales”, uno de enfado y otro de freno. Nos genera enojo nuestro jefe, pero mantenemos el freno apretado. Recién lo soltamos cuando llegamos a casa. ¿Y qué pasa allí? Al mínimo problema, reaccionamos en forma de grito o de portazo; es decir, peleando o escapando. El fight or flight genera un escenario injusto en el que se basan muchas peleas cotidianas.
 
–Lo mismo sucede con lo que denominás ad hominem. 
–Cuando en medio de un intercambio de posiciones con nuestra pareja se nos acaban los argumentos, la estrategia de nuestro cerebro es atacar al mensajero y no al mensaje. En una discusión sobre que uno de los dos llegó más tarde de lo debido al hogar, el otro puede argumentar: “Pero ayer vos no lavaste los platos”. ¡No tiene nada que ver! Eso se llama ad hominem y es parte de las trampas que hacemos para ganar la pelea. Nuestro cerebro no es tan listo como parece y, a veces, necesita estos atajos.

–O sea que hasta las más mínimas nimiedades de la convivencia pueden explicarse científicamente. 
–Sin dudas. Y tenemos la suerte de estar en un momento fascinante en el que la ciencia está aportando los conocimientos más revolucionarios en la historia del pensamiento humano. Debemos disfrutar de ella como hacemos del arte, la música o la literatura.
Más allá del amor
Estupinyà tuvo el honor de ser el primer español becado en el Knight Science Journalism Fellowship del Massachusetts Institute of Technology (MIT). Allí pasó diez meses sumergido en los laboratorios y aulas del MIT y Harvard, aprendiendo más que en cualquier otro momento de su vida. Estar en contacto con aquellas mentes tan renombradas le despertó la idea de escribir el libro El ladrón de cerebros, compartiendo el conocimiento científico de las mentes más brillantes y haciéndolo más accesible.

“Tuve la suerte de recibir una beca en el MIT como periodista especializado y allí empecé a escribir un blog para El País. Gracias a eso, hablé con la gente más avanzada del Planeta. Eran los top de los top. Mi trabajo consistía en explicar esas charlas de manera sencilla. Luego lo recopilé en un libro y pensé cómo titularlo. Lo primero que se me ocurrió fue El Robin Hood de la ciencia, ya que, de alguna forma, estaba robando las ideas de los más ‘ricos’ para compartirlas. Y cuando pensé en la palabra ‘robar’, fue revelador: me di cuenta de que era un ladrón de cerebros”, relata quien adaptó sus propuestas a la televisión, tanto en Ecuador como en España.

–La ciencia se puso de moda. ¿Por qué?
–Hay dos factores principales. Por un lado, porque está avanzando a un ritmo exponencial. Siempre hubo ciencia, pero en la actualidad se da un crecimiento vertiginoso en áreas como la biología, la genética y la neurociencia. Y la información que se brinda es cada vez más útil para todas las áreas de la vida. Yo defiendo la idea de que si se sabe un poco de ciencia, se pueden tomar mejores decisiones. Esa información es relevante para las empresas, para los innovadores y para la población en general.

– ¿Cuál es el otro factor?
–La aparición de divulgadores científicos. A raíz de ellos, el público comenzó a interesarse. Ahora que la información de Internet se hizo cuantificable y se pueden medir los clics que hay en cada noticia, los editores comenzaron a darse cuenta de que la ciencia interesa, y mucho. Hace unos años, si le proponías a un editor una historia vinculada a la ciencia, era imposible que la tuviera en cuenta.
 
– ¿Cuánto conocemos de nuestro cerebro?
–Si dijese una cifra, estaría mintiendo. Sabemos cómo se comunican las neuronas y qué funciones cumplen las diferentes áreas, pero aún desconocemos cómo opera el espacio intermedio, es decir, las redes neuronales. Ese es el gran desafío pendiente de la neurociencia de estos días. Todavía nos falta mucho por descubrir.

– ¿Es cierto que las decisiones no las tomamos con la razón, sino con las emociones?
–Absolutamente. Cuando creemos que estamos evaluando algo en forma racional, la decisión ya está tomada con anterioridad por lo que sentimos. Decidimos con las emociones y luego lo justificamos con la razón. Por ejemplo, si tenemos hambre, terminaremos llegando a la conclusión racional de que es mejor comer ahora que en un rato, aunque no sea cierto. Esto se utiliza en ventas, en comunicación y en política, porque se pueden cambiar muchas decisiones  trabajando sobre las emociones de la gente. Primero se cambia de emoción, luego de pensamiento.
Quién es Pere Estupinyà
Nacido en 1974, residió en Boston, Washington y Nueva York. En la actualidad, alterna entre Madrid y Barcelona. Tras estudiar química y bioquímica abandonó su doctorado en genética para dedicarse a la difusión del conocimiento cien-tífico. Amén de generar sus propios contenidos, escribe en diversos medios y participa asiduamente de programas de radio y TV. Son muy concurridas sus conferencias sobre ciencia, motivación, innovación, bienestar y sexualidad. Escribió los libros El ladrón de cerebros. Compartiendo el conocimiento científico de las mentes más brillantes, Rascar donde no pica, El sexo en la consulta médica, S=EX². La ciencia del sexo y El ladrón de cerebros. Comer cerezas con los ojos cerrados.
Más info en www.pereestupinya.com

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