Personaje


“Siempre hay que dar una oportunidad”


Por Cristina Noble.


“Siempre hay que dar una oportunidad”
Silvana Corso fue elegida entre las mejores docentes del mundo; ahora irá por el premio final, considerado el Nobel en educación. Su historia personal y su labor en una escuela secundaria confirman por qué es un ejemplo en la lucha contra la resignación.

Todo lo que Silvana Corso tiene de bajita, lo tiene de corajuda. Nada de su difícil labor como directora de Rumania, una escuela secundaria de Villa Real (en la Ciudad de Buenos Aires), parece amedrentarla. Allí se cruza con distintas historias: chicos indigentes que muchos días llegan sin haber probado bocado, y otros que asisten bien alimentados, pero que sufren otro tipo de dificultades, como discapacidades físicas, ausencias de tipo parental o trastornos del desarrollo, como el autismo. Todo un cóctel.

“Se corrió la bola de que aquí son bienvenidos –Sonríe Silvana, quien apuesta por una escuela integradora, que no le dé la espalda a nadie. Y agrega–: La convivencia entre alumnos con distintas debilidades –por otra parte, ¿quién no las tiene?– nos convierte a todos en mejores personas”.
 
Su historia no es una más. Al contrario. A tal punto que fue nominada para recibir el Global Teacher Prize, algo que podría considerarse como el Nobel en educación. El galardón se entregará el 19 de marzo en una ceremonia en Dubai, aunque ella siente que ya ganó al haber sido elegida como una de las cincuenta mejores docentes del mundo.

Su labor lo merece con creces. Actualmente, acuden a Rumania más de quinientos alumnos y, cada año, asciende el porcentaje de inscriptos con discapacidades severas, como parálisis cerebral, síndrome de Down o esquizofrenia. “Aunque por ley tienen el derecho de estudiar en escuelas comunes, por lo general los derivan a instituciones especiales –explica Silvana–. Nosotros, en cambio, apostamos a la integración. Estoy convencida de que siempre hay que probar, dar una oportunidad, aunque parezca imposible. Para hacer un trabajo de este tipo, se necesita un equipo de docentes que ponga el corazón, que se involucre desde el alma”.

Lo que dice no es en absoluto azaroso. Su idea inclusiva de la educación y, fundamentalmente, su pasión, le han permitido transformar la resistencia inicial de sus colaboradores en un grupo de treinta y cinco profesores que se reúnen todos los miércoles para formarse y fortalecer sus conocimientos. “No fue nada fácil en un principio. El que es hoy mi mano derecha, Mauro, coordinador de tutores y profesor de historia, se enojó mucho cuando, hace diez años, apareció Luciano, un chico divino que tenía parálisis cerebral. Él fue nuestro primer caso y Mauro me gritaba: ‘¡No estoy preparado para esta tarea!’. Lo dejé que se desahogara y, de a poco, le hice entender que, con buena voluntad, cualquier niño puede aprender, siempre y cuando no lo condenen de antemano. A mí me ocurrió en la primaria…”, repasa.

– ¿Qué te pasó?
–Tenía once años y nunca me había ido bien en la escuela. Un día, cuando estaba en sexto grado, la directora llamó a mi mamá para contarle que yo tenía problemas de aprendizaje, pero que ni me iban a hacer repetir porque no valía la pena. Le recomendaron, entonces, que fuera pensando en anotarme en una escuela de corte y confección o de cocina, ya que, según ellos, no tenía ninguna capacidad de comprender, y tampoco de memorizar.

– ¿Te enteraste en ese momento?
–Sí, porque mi madre volvió llorando a mi casa y se encerró con mi papá para contarle lo que había sucedido. Yo estaba al lado de la puerta y escuché todo: fue un shock. Lo peor es que ellos no cuestionaron nada porque, antes, lo que decía la maestra era palabra santa.

– ¿Tu mamá era más bien sumisa?
–Con quince años, mi mamá llegó sola a Buenos Aires, proveniente de la provincia de Jujuy. Sus padres la habían enviado para que trabajara en casa de una familia como empleada doméstica, con cama adentro. Fue la manera que encontraron de que tuviera una salida, un futuro. Varios de sus hermanos –eran catorce en total– habían fallecido por la precariedad en la que vivían. Por eso mis padres querían que yo estudiara, para que tuviera un mejor devenir que el de ellos. Y por eso se desesperaron cuando les dieron la noticia de que su hija, su reina, no llegaría a buen puerto. Fue muy duro para ellos.

– ¿Qué pasó finalmente?
–Mi papá propuso llevarme a una escuela parroquial donde había ido mi hermano, en la que le habían tenido mucha paciencia. Recuerdo perfectamente que, previo a anotarme, me avisó: “Mirá Laucha –así me decía porque era muy flaquita–, yo te puedo bancar hasta que tengas cuarenta años, pero después vas a tener que hacer algo para mantenerte”. ¡Pobre, pensaba que yo iba a tardar años en terminar la secundaria!

– ¿Cuándo fue que finalmente descubrieron que no tenías ninguna dificultad de aprendizaje?
–En esa escuela parroquial supe que el problema era que nunca me habían enseñado a estudiar, a entender un texto. Cuando me di cuenta de que podía, me cambió la vida… y el carácter. Me empecé a animar, sobre todo en tercer año de la secundaria, cuando tuve a Dorita Prieto como profesora de historia. Ella amaba lo que hacía y nos lo trasmitió de punta a punta. Creo que no se daba cuenta de la influencia y la importancia que tenía en nosotros. En sus clases no volaba una mosca; todos esperábamos su hora de historia. Allí decidí que quería ser como ella. Desde ese momento, confirmé que lo mío era la docencia.

– ¿Y ese modelo puede decirse que sigue presente todavía ahora como directora de Rumania?
–Siempre. Nunca lo perdí. Además, la llegada a mi vida de mi hija Catalina me ayudó a ser más sensible al dolor, a ponerme en el lugar del otro.

– ¿Por? 
–Cata nació con parálisis cerebral severa, sordoceguera e hipertonía generalizada. Otra vez me dijeron que no podría. Que ella no iba a vivir más de un año, que no podría ir a la escuela, y que no podría valerse de su cuerpo para expresarse. ¿Y qué pasó? Una vez más ganó la locura de intentar ir contra la cordura del sentido común general.

– ¿Cómo fueron aquellos días?
–Cata nació azul, era dura como una piedra y el corazón le explotaba. En el hospital no le pronosticaron más de tres días de vida, por lo que no valía la pena ni siquiera intentar ningún tratamiento. Con mi marido no sabíamos qué hacer, amén de que no nos dejaban alzarla, por los tubos y conexiones que tenía. Un día le anticiparon a mi marido que Cata no superaría esa noche. Entonces, él me dijo: “Estamos esperando que se muera y ellos no nos dejan ni tocarla. Esto no tiene sentido, es nuestra hija, no podemos ni la vamos a dejar morir sola”.

– ¿Y qué hicieron? 
–Entramos de prepo a la sala y armamos un lío bárbaro. Fue un escándalo inolvidable. Levantamos la voz suficientemente, ya que estábamos peleando por lo que considerábamos justo. Yo lloraba, mientras él le levantaba todos los plásticos y le hablaba al oído: “Ya nos vamos hija, tenés tu cuna en casa. Acá vinimos dos y nos vamos tres”. De repente, veo que a Cata le empiezan a caer unas lágrimas. Fue la señal, el signo que necesitábamos para decirnos que íbamos bien. No solo no falleció esa noche, sino que fue nuestra reina durante nueve años. Hasta fue al Jardín y convivió con otros chicos.

¿Qué puede agregarse sobre Silvana Corso? ¿Qué destacar? ¿Su fortaleza? ¿Su capacidad? ¿Su excepcionalidad? ¿O cómo interpela la resignación, el adocenamiento y hasta el fatalismo de los demás? Probablemente las estadísticas justificaban el diagnóstico que condenaba a su hija recién nacida, pero esa misma estadística no contaba con un dato –o dos-: la voluntad y la actitud de Silvana y de su esposo.

Las normas dicen que las escuelas deben ser integradoras, pero entre la letra fría y los hechos hay una larga distancia en la que intervienen otros actores que pueden hacer oídos sordos o transformar la ley en acto. Silvana es una de las que gritan “¡presente!” en el último grupo. Y eso, definitivamente, ya es un premio en sí mismo.
Qué es el Global Teacher Prize
Es un premio que distingue a los mejores docentes del mundo. Ciento setenta y nueve países nominan a veinte mil maestros, de los que quedan cincuenta en la selección final. Silvana Corso compite con pares de Omán, Polonia, Egipto, Venezuela, Reino Unido, Pakistan, China, Perú, España, Estados Unidos, Francia, Portugal, Brasil, Canadá, Ucrania y Colombia, entre otras naciones. El reconocimiento se traduce en una importantísima suma de dinero, que se destinará a cada una de las instituciones que representan los candidatos.

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