Entrevista


“No siento presión”


Por Belén Herrera.


“No siento presión”
Alberto Ajaka pateó el tablero cuando dejó su trabajo en la imprenta familiar para hacer lo que más lo apasionaba: actuar. Hoy es uno de los artistas más talentosos del país y, por primera vez, protagoniza en el prime time televisivo.

Hace poco más de seis años, Alberto Ajaka la pasó feo. Estaba yendo a la imprenta familiar en la que había trabajado toda su vida, cuando le agarró un ataque de pánico. Volvió a su casa y estuvo tres días metido en la cama. Sucedió dos semanas antes de que consiguiera su primer contrato en televisión, para el programa Contra las cuerdas. “No podía más. Me había explotado la cabeza”, confiesa ahora, sentado cómodamente en un sillón del living de su hogar. Alrededor de él hay un piano, una computadora portátil, una pequeña mesa que sirve de apoyo de un premio Martín Fierro (lo ganó como Actor de reparto por Guapas) y de un ACE (por Ala de criados), y una biblioteca en la que abundan libros sobre teatro. Este es su espacio preferido en la vivienda que comparte con su pareja, la actriz María Villar, y con sus hijos Pedro (6) y Elena (3). “María dice que este es mi loft”, confiesa con una sonrisa.

En aquel momento en el que sintió que había llegado a un límite, no imaginaba que hoy, varios años después, estaría posicionado como uno de los actores más talentosos del espectáculo local y protagonizando una novela en el prime time de la pantalla chica (lo hace en Quiero vivir a tu lado, junto a Mike Amigorena, Paola Krum y Florencia Peña). “Dejé todo por esta profesión sin tener ninguna estrategia sobre lo que iba a hacer”, revela quien se lució en El puntero y en Lobo, pero terminó consagrándose con su personaje en Guapas. Gracias al entrañable Rubén D’Onofrio fue aclamado por el público en general y, especial y efusivamente, recibió el apoyo de la platea femenina. 
Ser o no ser
A partir de la segunda clase que tomó en el estudio de Augusto Fernández, en la que realizó una pequeña improvisación, Ajaka se apasionó por las tablas. “Sentí como una especie de fuerza o potencia inusual desconocida. Quería más de eso que había pasado en esos primeros ejercicios”, recuerda. Realizó obras como Canción de amor, Cada una de las cosas iguales, ¡Llegó la música!, Macbeth, El director, Juan Moreira, El gran deschave, Otro estilo de vida y El hambre de los artistas. Desde 2008, el actor dirige su propia compañía de teatro, Colectivo Escalada, integrada por más de quince personas.

– ¿Cómo te llevás con la popularidad?
–Bien porque sé que, en algún punto, es irreal. O sea, es real porque me ocurre, pero es irreal porque mi oficio tiene una visibilidad que la mayoría de los trabajos no tienen. Acepto el cariño y es bienvenido, y si estoy con mi familia, con mis padres sobre todo, es como mostrar el boletín. Generalmente, la gente se aproxima a saludar para aprobarte. Al que no le gustás no se acerca, así que, en cierto punto, esto es mentiroso y hay que ser consciente de ello. También sucede que cuando pasan los primeros treinta y cinco segundos, a la otra persona se le termina el impacto de ver al “famoso”, y si estamos en la cola del supermercado, por ahí me dicen: “¿Me tenés la bolsa?”.
 
– ¿Sos de observar tus trabajos?
–Sí, claro. En general, lo hago para ver lo que puedo afianzar y lo que me conviene corregir. Trato de tener un ojo lo más crítico posible, pero no me castigo porque la autocrítica feroz es paralizante. Con el tiempo aprendí que las tiras son largas y que, en algún momento del año, me aburro de mí. Cuando me pasa eso, dejo de mirarme un poco.

– ¿Le pedís consejos a María?
–Comparto sensaciones. A veces vemos juntos los capítulos. En relación a eso, manejo bastante bien la neurosis. En principio, soy seguro de lo que estoy haciendo. Me interesa más la reacción que la reflexión, por lo que estoy muy atento a cómo responde ella o los técnicos en el estudio.
 
– ¿Sentís un poco más de presión al estar actualmente encabezando un elenco tan prestigioso?
–No, presión no. Responsabilidad, sí, porque encabezar significa hacer más escenas. Antes, mis personajes tenían tres escenas por episodio; ahora, eso cambió. Tal vez soy un poco inconsciente, pero no siento presión por eso.

– ¿Cómo definirías a tu personaje Alfred Romano en Quiero vivir a tu lado?
–Es un muchacho de cuarenta años que todavía no se organizó del todo en el campo laboral. Por el contrario, sí está asentado a nivel familiar: tiene una mujer, su casa y dos hijos. Pero por algunos componentes, lo podríamos definir como inmaduro. Emprendió muchos negocios, y en ninguno le fue bien para poder desarrollarse. Fracasó una y otra vez. Es fanático de los videojuegos antiguos, por lo que es un poco chiquilín. Pero también un gran amigo, y un papá y un marido divertido y afectuoso.
 
– ¿Sos de seguir el rating?
–No estoy pendiente, pero tampoco estoy ajeno a eso, ya que un mal resultado significa una posterior revisión sobre nuestro trabajo. Tengo la expectativa de que a todos nos vaya bien. Eso es lo mejor que nos puede pasar, porque lamentablemente no sobra la ficción nacional.

–Desde que empezaste, tu carrera fue en ascenso. ¿En algún momento te dio miedo que te dejen de llamar?
–No diría miedo, pero sí tuve que tratar de acostumbrarme a que este trabajo es así, que hay épocas y épocas.
 
– ¿Aprendiste a convivir con eso?
–Yo tuve suerte, pero me acuerdo que en un comienzo le preguntaba a mis colegas cómo hacían. Y me contestaban que esta profesión tenía sus vaivenes, pero que tenía que tratar de estar siempre tranquilo.
 
–Tu trabajo anterior era bien diferente. 
–Claro. Como en cualquier empresa, uno se preocupa por el dinero, pero no pensaba que me podía faltar. Cuando pasé a vivir de la actuación, todo cambió. A los diecisiete años manejaba, y a los treinta y siete viajaba en colectivo. O, por ejemplo, a mí me gusta mucho leer: iba a la librería y me compraba cinco libros, pero no tenía tiempo para leerlos. Un día me encontré con que tenía treinta pesos en el bolsillo y toda la tarde libre. Puede parecer frívolo, pero sirve para entender cómo mi vida dio un vuelco.

– ¿Cuándo empezaste a fantasear con la idea de dedicarte exclusivamente a actuar?
–No tuve la fantasía hasta el momento en que eso se terminó de concretar, que fue cuando me llamaron para hacer Contra las cuerdas, hace poco más de seis años.

– ¿Existe algo de tu infancia que, acaso, te gustaría que tus hijos repitiesen en la suya?
–Sí, estar en calle, pero es algo que no van a poder hacer. Lo que sí es posible es recibir el cariño que a mí me dieron mis padres. Eso lo van a tener.

– ¿Cómo fueron ellos con vos?
–Me acompañaron absolutamente siempre. De chico era muy independiente, hasta me fui solo de vacaciones a los trece años. Yo jugaba al básquet, era un jugador mediocre, pero mis padres me iban a ver y jamás me dijeron: “No hagas esto o no hagas lo otro”. No se metían. Estaban presentes y sé que lo siguen estando. Quiero que pase lo mismo con mis hijos. Con eso me conformaría. Me gustaría ser su “Radiador Springs” (NdR: en alusión al pueblo de la película Cars): ellos tienen que estar seguros de que pueden volver a mí cuando me necesiten.
 
– ¿Cómo es tu vínculo con tus hijos?
–Ahora son divinos, pero después viene la crueldad. El que fue hijo lo sabe (risas). Como padre, uno tiene las de perder. Llega una etapa en la que hay que dar el brazo a torcer. Es tan cruel la vida en ese sentido, porque los cuidaste, los protegiste, y, después, no solo no podés seguir haciéndolo, sino que es probable que te digan que quieren otra cosa. Y no se van a dar cuenta de todo lo que hiciste. Así es el amor también. En definitiva, me gustaría estar para mis hijos con mucha más entrega que demanda.
 
– ¿Qué te gusta hacer con ellos?
– ¡Tirarme en cualquier lugar! No soy un papá que los lleve a muchos lugares. Es más, soy muy poco salidor, bastante solitario. Me acoto y restrinjo a lo que es la vida familiar. María me conoce y me lo permite.

– ¿Con qué soñás?
– (Piensa) Con que a medida que pasen los años, pueda ir entendiendo algo más de lo que no hay nada para entender. Vivir y dejar vivir. Morir y dejar morir. Y con respecto a mi trabajo, que me paguen muchísimo por hacer muy poco, y protagonizar una obra de teatro que no te la puedas olvidar jamás. Ambas cosas son utopías (risas).
Luz, cámara…
Ajaka, de cuarenta y tres años, participó en numerosos envíos en la pantalla chica. Entre los más destacados, pueden mencionarse Contra las cuerdas, El puntero, Maltratadas, Los únicos, Lobo, Guapas, Las 13 esposas de Wilson Fernández, Entre caníbales, Signos, La casa, Los ricos no piden permiso, y el actual Quiero vivir a tu lado. En cine fue parte del elenco de las películas Las manos, Historias extraordinarias, Castro, Quiero morir en tus brazos, Recortadas, Revolución, El último Elvis, Todos tenemos un plan, Secuestro y muerte, El motín, 8 tiros y La parte ausente, entre otras.

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