Historia de vida


Crecer en las rutas


Por José Medrano.


Crecer en las rutas
Damián Lorenz decidió recorrer el mundo en moto. En seis años aceleró más de trescientos mil kilómetros y visitó dieciocho países de Latinoamérica. Y va por más.

Damián Lorenz siempre supo que lo suyo eran las motos. De adolescente, y tras mucho trabajo, consiguió una de cien centímetros cúbicos. Le gustó y quiso más: volvió a ahorrar y llegó a una de doscientos cincuenta. Aunque la potencia ya era otra, no estaba conforme, por lo que, con esfuerzo y dedicación, pudo comprar una gran moto de seiscientos centímetros cúbicos: un poderoso modelo vintage que le permitió florearse, llamar la atención y, por qué no, conseguir conquistar a alguna que otra dama.

Tenía apenas 20 años y una pasión que demanda dinero. Con el tiempo, notó que la moto pasaba más tiempo en el garaje que en la calle, así que decidió poner manos a la obra y dar curso a una vieja inquietud: viajar por la ruta sin detenerse. Vendió todo lo que tenía, compró una pequeña Honda C-105 biz, se despidió de su familia y amigos, y partió con rumbo norte.
 
Para todos sus allegados era una aventura de meses, pero pronto se enterarían de que para Yago –como todos lo conocen– los horizontes no se terminarían nunca: atravesó la Argentina, se topó con el altiplano boliviano, cruzó los Andes, atravesó Latinoamérica de oeste a este y se adentró en el Amazonas. Con la soledad y el ingenio para sobrevivir como aliados, conoció ríos, montañas, animales, peligros… Hoy, se hizo de un nombre en el universo de los viajeros, y va por más. “Quiero dar la vuelta al mundo en moto”, se entusiasma este joven de 28 años, que nació en La Calera, Córdoba.

– ¿Cuál fue la opinión de tu familia cuando decidiste viajar por toda América?
–En realidad, no dije mucho más de lo que yo mismo podía saber: en principio era un viaje de unos meses; jamás imaginé que esto se convertiría en mi estilo de vida. De todos modos, no hubo conflictos, respetaron mis deseos. Siempre fui independiente y, si bien compartíamos techo, nunca dependí de mis padres. Muchos pensaron que estaba loco y vaticinaron pronósticos desalentadores, pero los buenos amigos me apoyaron. Aunque, sinceramente, ni siquiera yo estaba seguro de lo que hacía.

– ¿Hace cuánto que estás viajando y cuántos países recorriste hasta ahora? 
–Ya son más de seis años, en los que pude visitar dieciocho países, manejando más de trescientos mil kilómetros. Es un viaje muy diferente a otros en los que se le da la vuelta al mundo en un año y medio: yo intento mezclarme con cada cultura y empaparme a fondo de sus realidades. Por eso, va mucho más allá de contemplar paisajes y conocer lugares. Por otra parte, viajar sin recursos es algo que limita los tiempos considerablemente.

– ¿Cuál es tu objetivo? ¿Vivir viajando? 
–Hoy contesto que sí, pero el objetivo cambia a medida que voy avanzando. En un comienzo me veía guiado por las ansias de aventurarme a nuevos mundos, pero hoy todo se me volvió más profundo: intento frenar en cada destino con un mensaje de libertad, pasión y felicidad.

– ¿Cuál de todos los destinos fue el que más te impactó? 
–Es una pregunta difícil. Si hablamos de países, todos tienen su encanto y sus maravillas, pero lo que siempre me asombra es la calidez de los latinoamericanos, que no dudan en darte un abrazo. Podría mencionar el río Caño Cristales, o “río del arco iris”, en el departamento colombiano de Meta: es un pequeño afluente de agua que muere en el gran río Guayabero. Tiene algas de diferentes tonalidades… ¡Es algo único! Lo mejor fue la aventura de entrar hasta allí y volver a salir. Hay que atravesar una zona totalmente controlada por la guerrilla, donde tuve que rodar unos trescientos kilómetros sin casco porque estaba prohibido. Otro reto fue desandar caminos verdaderamente intransitables: un día tardé doce horas para avanzar cincuenta kilómetros.

–Debes de haberte enfrentado a un sinfín de peligros. ¿Cuál fue el episodio que más te asustó? 
–Al viajar así estás expuesto a todo: riesgos sociales, las rutas, las catástrofes naturales. Sin embargo, los mayores peligros no fueron cuando estaba solo en la selva o en los peores caminos, sino en las grandes urbes, donde las masas parecen aplastarse en pos de una “mejor calidad de vida”.
 
–Habrás atravesado momentos desesperantes…
–Hubo situaciones que, quizás en otro momento, habrían sido desesperantes, pero fui creciendo en cuanto a tener paciencia y mantener el control en casos extremos. Aprendí que no voy a resolver nada si me desespero ante alguna adversidad; entonces, me tranquilizo y analizo cuáles son mis mejores opciones. Un ejemplo: me tocó ir por la mítica “Ruta Fantasma”, la BR 319 al norte de Brasil, que cruza el corazón del Amazonas. Lo hice en época de lluvias y puedo asegurar que no fue nada fácil.

– ¿Te pasó de quedarte sin comida? 
–Los latinoamericanos son tan solidarios que te dan hasta lo que no tienen. Jamás podrías pasar hambre si estás rodeado de otras personas. Sí me quedé sin comida en lugares agrestes, pero soy precavido y siempre llevo conmigo un pequeño equipo de supervivencia.
 
 –Entre tantas culturas, probaste diferentes alimentos. ¿Degustaste algo particular?  
–La verdad es que me encanta atreverme a probar de todo un poco; siempre estoy dispuesto a pasar por nuevas experiencias gastronómicas. Latinoamérica tiene una vastísima variedad culinaria. Sin duda, las cosas más curiosas las probé en plena selva, como el suri, un gusano blanco que nace dentro de un fruto.

 
–¿Podés determinar en qué países te sentiste más extranjero y en cuáles más a gusto?
–Todo fue cambiando con mi crecimiento personal, pero cruzar la primera frontera y darme de frente con el altiplano boliviano fue un choque cultural muy fuerte. Jamás tuve problemas para que me aceptaran los locales, pero, aunque no me gusta diferenciar naciones, en Colombia me siento como en casa. Es un país maravilloso, con gente increíble. Pero fui bien recibido en todos los países.

– ¿Es muy solitaria la vida de un viajero? 
– ¡No, en absoluto! De hecho, tengo que buscar momentos para estar conmigo mismo. La mayor parte del tiempo estoy rodeado de amigos que me voy haciendo al andar. 

– ¿Cómo te sostenés económicamente? 
–Dicto algunas conferencias de viajes, vendo remeras, llaveros, y postales. Realicé todo tipo de trabajos para poder seguir adelante: fui mesero, pelé papas, lavé copas, fui peón de albañil, cargué y descargué camiones, pinté casas, paseé perros, vendí perfumes, repartí volantes… Jamás recibí ningún tipo de apoyo de nadie. Pronto, espero lanzar un libro contando todas estas peripecias. Sería otro sueño hecho realidad.
La vieja y querida “Vizcacha”
La moto de Yago superó los trescientos mil kilómetros, y, según las palabras de su propio dueño, ya cumplió su etapa. Bautizada “La Vizcacha”, esta Honda C105 Biz atravesó asfalto, tierra, arena y selva. Conoció la nieve, las cumbres más altas y las temperaturas más extremas. Para superar una nueva frontera, la que separa América del resto del mundo, Damián busca una nueva compañera. Para conocerlo más, se puede ingresar en www.facebook.com/Yagoporamerica

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