Personaje


“Siempre estoy experimentando”


Por Andrea Albertano.


“Siempre estoy experimentando”
A través del arte, y en plena época de la vendimia, Sergio Roggerone pregona el amor por su Mendoza natal. Aclamado tanto en el país como en el exterior, se confiesa.

Nacido en una provincia que transformó desierto en oasis, Sergio Roggerone supo cosechar la riqueza de su tierra para darles color y pinceladas a sus mujeres fértiles. Su obra mezcla las tradiciones de la América colonial con imágenes orientales, donde también juega con hojas de oro y recursos del barroco. Se percibe una devoción por la vendimia, por la vida misma. “La cosecha que se hace en una vendimia no solo es recolectar la uva. Cada uno hace un balance de todo el año. Ves el fruto de lo que hiciste y le das gracias a la Patrona”, sostiene este talentoso artista plástico. Y se nota el tesón: “Creo que, más que un referente, soy un gran trabajador”.

Lo cierto es que Roggerone, de 48 años, viene dando a conocer sus pinturas a lo largo y a lo ancho del planeta. Con una fuerte presencia en Estados Unidos y Europa, hace pie en el mercado interno, donde es conocido entre enólogos y amantes del vino como el autor de la más bella Virgen de la Carrodilla. Christie’s, la legendaria casa de subastas, remató dos de sus obras en el Royal Commonwealth Club de Londres. Años más tarde, una de esas piezas pasó a ser parte de la fundación Africa Seen and Heard: se trata de El baño del niño yoruba, donde la diosa del mar envuelve a su hijo mientras mujeres negras ofrendan canastos con frutos a la Madre Tierra. Y en 2015, de la mano de la Galería Matilde Bensignor, expuso en el Art Basel Miami Beach, una verdadera meca del arte mundial.

Aunque no viene de familia de artistas, Sergio recuerda que, quizá, todo empezó gracias a su abuela: ella le compraba pinturas, papeles y telas para que las usara, mientras lo cuidaba. Otra mujer que logró definir su destino fue la gran decoradora mendocina Maga Correas, a quien conoció a los 18 años, cuando cursaba la carrera de Arquitectura. “Un día pasé por su casa, que era fabulosa, llena de antigüedades. Golpeé la puerta al ver un vitraux de un santo, y me encontré con ese ser extraordinario. Nos hicimos muy amigos. Fui como un discípulo, aprendí muchísimo con ella. Fue mi universidad”, evoca.

Luego llegaron los premios: en 1989 obtuvo una beca en Italia, por la que estuvo tres meses invitado a la región de sus ancestros. En Parma tuvo la oportunidad de aprender en el taller de Hugo Vassini a trabajar oro a la hoja y otras técnicas de restauración. A su regreso, con todo ese bagaje de riquezas, ganó el premio Günter con El gran Guiñol, una exquisita obra de veinte centímetros de alto por dos metros de ancho con malabaristas y equilibristas haciendo su arte.
 
Más allá de todo, Sergio sostiene que su vida está ligada a su provincia natal: “Pensé en irme a vivir afuera, pero este es mi lugar geográfico por excelencia, al que amo con devoción. Disfruto su clima seco, el viento zonda que es caliente en pleno invierno. Adoro a mi gente, a mis amigos. Me gusta ser mendocino”.

–Que te hayas radicado en tu provincia, ¿ayudó o complicó a la hora de dar a conocer tu obra?
–La vidriera es un cosa, pero Mendoza es la cocina: es donde pinto, donde trabajo. Me ayuda en el mejor sentido porque es un lugar tranquilo. Al estar alejado de la ciudad, me concentro mejor. Cuento con un gran espacio, donde tengo todo ordenado y donde puedo expresarme al cien por cien.

– ¿Cómo influye Mendoza en tu paleta?
–En la paleta lo que influye es la edad (se ríe). La vas afinando y refinando a medida que vas creciendo.
 
–Una de tus obras emblemáticas es la Virgen de la Carrodilla. 
–Un día, Maga me dice: “¿Sabés qué no hay? Una buena Virgen bien pintada”. Hice la de la Carrodilla, la del vino y la de la uva. La imaginería está enfocada en la Virgen como Madre Tierra, como Pachamama.
  
– ¿Por qué esa fascinación por las mujeres?
–Cautivaron a los más grandes pintores de la historia. La mujer es más curva, más apacible en una pintura.
   
– ¿Qué técnicas utilizás?
–Óleo. Como demora en secarse, voy dejando secar las capas de óleo mientras trabajo en otros cuadros. A medida que retomo los cuadros secos, voy poniendo otras capas y voy rascando con un instrumento para que aparezcan las capas sucesivas de colores. También hago collage.

– ¿Seguís alguna rutina de trabajo en particular?
–Trato de pintar y dibujar todos los días. Es un trabajo al que le dedico ocho horas diarias. En verano pinto desde las siete de la tarde hasta la madrugada. Es el mejor momento. No suena el teléfono y tengo toda la energía para poder crear.

– ¿Cuál es tu obra predilecta?
–La  próxima que voy a pintar… Uno no tiene una obra preferida, siempre trata de descubrir un poco más en los proyectos siguientes. Hay una expectativa de que lo nuevo viene con una sorpresa. Siempre estoy cambiando, experimentando.

–Sos coleccionista de documentos y antigüedades…
–Sí, tengo varios objetos en mi casa. En una época traía cosas de afuera: llegué a trasladar camas de Boloña y faroles de Marruecos. Anualmente, hago el Camino de Santiago, que es una ruta que hacen caminantes de todo el mundo para arribar a la ciudad de Santiago de Compostela. Ese es el mejor psicólogo. En ese trayecto, vas observando arquitectura románica, parando en los pueblos y visitando anticuarios. De allí me vengo con documentos, papeles antiguos, grabados, manuscritos, estampas del siglo XV… Con eso hago mis collages y los voy poniendo en carpetas.

– ¿Qué significa la época de la vendimia?
–Es tan lindo el trabajo de la tierra que tenemos en nuestra provincia, que es una fiesta pintarla. Es un homenaje a la producción, a las bodegas, los olores, la primavera… Todo lo que va sucediendo con los colores hasta el otoño. Mendoza es mágica por su riqueza visual y sensorial.
La Alboroza se alborota
Dice que construyó su casa en Maipú para generar un polo artístico en la zona. En su fachada se lee: “El arte es la noticia del alma”. El nombre de su hogar, La Alboroza, significa “morada de la felicidad”. Es una especie de villa andaluza de color blanco etéreo con arañas de cristal, helechos colgantes, ángeles e imágenes religiosas. Un jardín la colma con palmeras, pinos, naranjos y quinotos. Allí, Roggerone montó su taller, un amplio salón repleto de objetos ancestrales, vírgenes, retratos y algunas lámparas imponentes, que él mismo construyó. A un costado, descansa un gran mesón con material de trabajo, óleos y pinceles.

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