Temas cotidianos


Salario emocional


Por María Alvarado.


Salario emocional
¿El dinero hace a la felicidad? Diferentes especialistas se proponen desenmascarar las trampas que se esconden detrás de este binomio. ¿La clave? Invertir más en experiencias que en bienes materiales.

Son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas… En un rincón, en un papel o en un cajón”, canta magistralmente Joan Manuel Serrat. Que la felicidad la descubrimos en los detalles mínimos es casi una obviedad. Nadie se animaría a afirmar lo contrario. Entonces, ¿por qué vivimos corriendo detrás del vil metal? ¿Por qué valoramos a las personas por lo que hacen, por cuán cargadas están sus agendas y, afinando más el lápiz, por lo que son capaces de producir? Si la postal de ensueño se acerca más a pasar tiempo con los seres queridos, a compartir una tarde de mates entre amigos o a una buena charla con un hijo, la pregunta del millón es: ¿Por qué gastamos tanta energía en producir más y más?

“Cuando las personas no pueden encontrar un sentido en el devenir diario, lo que realmente sucede a nivel interno es que hay un vacío muy grande”, sentencia Sergio Sinay, autor del libro ¿Para qué trabajamos? “En esos momentos es cuando aparece la idea de llenarlo comprando tal o cual cosa. Además, hay toda una industria detrás de ello que necesita de esa sensación para transmitir el concepto de que uno es feliz cuando adquiere algo. Pero es una trampa: uno puede suponer que necesita dinero para cambiar el auto, porque cree que con ese vehículo su vida será mejor. Se desloma trabajando para lograrlo, y cuando está arriba del flamante coche, lo inunda la insatisfacción. Piensa, entonces, que lo que tiene que hacer es mudarse a una casa más grande. Pero cuando lo consigue, el descontento continúa”.

El renombrado especialista en vínculos explica el fenómeno de los deseos en cadena: una vez que se alcanza uno, aparece otro, y así indefinidamente. Según la mirada de Sinay, las necesidades reales del ser humano pueden contarse con las dos manos: alimento, agua, techo, abrigo, y no mucho más. Con las necesidades básicas cubiertas, ¿para qué se vive? “Esa es la pregunta que todos deberían hacerse, ya que nos va a acercar a esos instantes de felicidad. Revelo una anécdota: una vez me hice amigo del barrendero que limpiaba la plaza que estaba enfrente de mi casa. Siempre estaba contento, me saludaba, charlábamos. En aquella época, estaba escribiendo, precisamente, sobre el sentido del trabajo. Entonces, le pregunté: ‘¿Tu trabajo te hace feliz?’. Y me contestó: ‘Me hace feliz ver a la gente venir a la plaza y que esté impecable. Que los chicos y sus mamás puedan disfrutarla porque hice bien mi tarea’. ¿Qué es lo que hizo el barrendero? Le dio valor a su labor reflejándolo en otras personas. Esa satisfacción no la habría experimentado nunca si se focalizaba exclusivamente en el aspecto económico”.

Sinay propone un ejercicio que bien vale la pena intentar: “Cuando uno cierra los ojos a la noche debería pensar si hizo algo en el día que dejó el mundo un poquito mejor de como estaba a la mañana. No hablamos del mundo como tal, sino del universo que nos rodea. Puede ser tan simple como prestarle el oído a alguien que necesita un confidente. Esa mínima acción justifica nuestro paso por este planeta. Con esa nimiedad se puede empezar a despuntar el sentido de nuestros pasos”.

“Estamos educados según un modelo en el que ‘somos’ en función de lo que hacemos y tenemos. O sea, ‘somos’ en función de lo externo”. Tomás Olivieri Acosta
Adquirir experiencias
Tomás Olivieri Acosta es un joven que hace once años acompaña a aquellos que, por una enfermedad terminal, están transitando el final de su vida. Según sus palabras, esta experiencia le regala la oportunidad de reflexionar y descubrir no solo el significado de su vida, sino por qué, en reiteradas ocasiones, corremos a contrarreloj sin fundamentos sólidos. “No creo que los que se obsesionan por el dinero lo hagan por abrazar la felicidad, sino por el miedo a no ser reconocidos, valorados. Tienen temor a no pertenecer. Fundamentalmente, se relaciona con la angustia que nos provoca la soledad y el abandono. Lo monetario buscar paliar esto: así se ‘compra’ afecto, seguridad, aceptación. A las personas que suelo asistir, lo que más les importa son los afectos que construyeron, los tipos de vínculos que supieron armar”.

Entonces, ¿por qué tenemos tan arraigada la creencia de que el dinero, el prestigio o el puesto que alcanzamos en nuestro empleo nos da valor? Olivieri Acosta ensaya una respuesta: “Estamos educados según los canones de un modelo en el que ‘somos’ en función de lo que hacemos y tenemos. Por absurdo que parezca, uno es el cargo que ocupa, la casa, el auto y el celular que ostenta. O sea, ‘somos’ en función de lo externo, no de lo interno. Pasamos las veinticuatro horas haciendo, haciendo, haciendo. Es paradójico cuando nos enfrentamos a una situación grave, extrema: allí caemos en la cuenta de que tenemos que dejar de ‘hacer’ para ‘ser’”.

En la actualidad, hay varios estudios e investigaciones acerca del lazo dominante, tirano y capichoso que nos une con el dinero. Una de ellas demuestra que lo que en rigor mueve la aguja de la felicidad es compartir tiempo y experiencias con las personas que queremos. “Sin embargo, muchas veces, la vorágine en la que estamos inmersos, sobre todo en las grandes ciudades, hace que nos cueste mucho juntarnos con nuestros amigos y afectos. Por otro lado, cuando lo hacemos, estamos más pendientes de la pantalla del celular que de la sonrisa de quien tenemos enfrente, o estamos más preocupados por tener que levantarnos temprano a la mañana siguiente en vez de disfrutar la extensión de la velada”, opina Martín Tetaz, autor de Lo que el dinero no puede pagar. Y profundiza: “A mediados del siglo pasado, el psicólogo estadounidense Abraham Maslow creó una pirámide de necesidades. En ella, establecía que, una vez satisfechas las necesidades básicas, la felicidad dependía de obtener reconocimiento social, solidificar la autoestima y perseguir un fin último: la autorrealización”.

“El dinero es importante para la supervivencia, pero en todo lo que viene después se puede poner un freno”. Sergio Sinay
Manos a la obra
Hay estrategias para poner primera y revertir el paradigma. Por su parte, Sinay aconseja empezar con la educación, que el ejemplo se dé entre las cuatro paredes del hogar: “Si un chico observa que sus padres están empeñados en acumular más y más, recibe un mensaje que tendrá sus consecuencias en el futuro. En cambio, si nota que mantienen una preocupación normal por la economía familiar, y se hacen del tiempo suficiente para estar con él, el resultado será totalmente diferente. En el primer ejemplo le estamos transmitiendo al chico que el dinero es más relevante que los individuos; en el segundo caso, exactamente al revés”.

¿Existe una forma de sintetizar el binomio dinero/felicidad? Sinay se entusiasma con la propuesta y desliza: “Si la gente invierte mayor cantidad de horas en solidificar los cimientos de una vida con sentido, tendrá menos tiempo para andar en el shopping; por lo tanto, necesitará menos efectivo. Es más: terminará tomando conciencia de que cada vez va a requerir menos cosas de las que suponía. Por ende, trabajará menos. El dinero es importante para la supervivencia, pero en todo lo que viene después se puede poner un freno”.

La clave pasa por regalar experiencias en reemplazo de bienes materiales. Con eso solo, se puede contagiar algo que no se puede comprar: la esperanza. “Podemos ahorrar en pulgadas del televisor, cilindrada del auto y etiquetas en la ropa, y dedicar esos gastos a hacer vuelos en parapente, cursos de buceo, viajes, o ir a recitales u obras de teatro. O probar nuevos destinos en las vacaciones y organizar cenas con amigos y familia. Aunque parezca un tanto excesivo, pensemos qué haríamos si nos dijesen que nos quedan dos años de vida. En eso debemos dispensar nuestros ingresos”, dice Tetaz.

Por su parte, Olivieri Acosta elige concluir con una frase que resume su modo de razonar: “El día que morimos dejamos todo lo que tenemos y nos llevamos solamente aquello que dimos. Lo más visible, lo material, queda en el plano terrenal. Lo invisible, que es el amor puesto en acción, parte con nosotros y, lo más trascendental, queda latiendo en el corazón de nuestros seres queridos”.

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte