Entrevista


“Más no puedo pedir”


Por Carmen Murtagh.


“Más no puedo pedir”
Oscar Martínez cumplió su sueño de triunfar en el cine. Ya había sido reconocido en el Festival de Venecia y ahora se le suma el premio Goya que recibió El ciudadano ilustre. Cómo vive, quizás, el momento más brillante de su carrera.

Una tarde de lunes, el jardín de invierno de un hotel porteño y dos cafés son el contexto ideal para charlar a solas con Oscar Martínez. Hay mucha tela para cortar con este respetadísimo actor, director y autor que, en los últimos meses, cobró mayor notoriedad por un presente arrollador. Recientemente, El ciudadano ilustre, su última película, se quedó con el premio Goya a la Mejor Película Iberoamericana. Por su parte, ganó la Copa Volpi a Mejor Actor en el 73° Festival de Cine de Venecia (es el segundo actor de habla hispana y primer latinoamericano en recibirlo), filmó Toc Toc en Madrid, se encuentra rodando Las grietas de Jara (la novela de Claudia Piñeiro) y, como si fuera poco, acaba de lanzar el libro Ensayo general. Apuntes sobre el trabajo del actor (ver recuadro).

A sus 67 años, Martínez se muestra como un hombre reflexivo y comprometido con cada respuesta. “Por muchas razones, el premio en Venecia fue la emoción más grande en mi vida profesional –sentencia–. A mí me subyugó el cine italiano de Visconti, Fellini, Lezica, Ettore Scola, Pasolini, Monicelli. Uno veía la misma película dos veces por día: eran clases magistrales, lo que uno soñaba hacer. Por otro lado, el único actor español que lo ganó fue Javier Bardem, habiendo actores icónicos que no lo consiguieron nunca, como Fernán Gómez o mi amigo José Sacristán. Y cuando te dan la lista de los que fueron distinguidos antes, te sorprende: Marcello Mastroianni, Gérard Depardieu, Jack Lemmon, Sean Penn, Catherine Deneuve, Isabelle Huppert y Philip Seymour Hoffman...”.

– ¿Esto significa una consagración internacional? 
–No lo sé. Si todo esto se traduce en una continuidad de trabajo fuera del país, podría ser. De lo contrario, que se me conozca, respete y considere… Eso ya es mucho.

En su momento, confesó que al ir a recibir el galardón, “se me vino todo”. Se refería a una mezcla de sensaciones que fueron desde una vocación temprana hasta el recuerdo de su abuela. “Con ella tuve y tengo un vínculo muy especial. Era una mujer muy sencilla, analfabeta, pero muy sabia. Probablemente sin haber ido jamás al teatro, me dijo que ser actor era algo muy importante. Y presagió esto: me anticipó que yo iba a tener la fortuna de estar con reyes, príncipes y gente muy poderosa, pero me advirtió que nunca perdiese la capacidad de comer en casas con piso de tierra”, evoca. Y prosigue: “No es que haya racionalizado todo esto, pero me llamaron para subir al escenario y… (se emociona). Se me pasó por la cabeza todo lo que uno recorrió, y dónde está parado hoy. De chico nunca habría soñado estar sentado esperando que me premien en el festival más antiguo de Europa y, quizá, junto con Cannes, el más prestigioso. Estaba muy lejos de mi horizonte”, admite.

Este tiempo de bonanza es un anhelo largamente esperado por Martínez. Es que si bien cuenta con una exitosísima trayectoria en televisión (Cosa juzgada, La noche de los grandes, Alta comedia, Atreverse, El hombre) y en teatro (Amadeus, El protagonista, Humores que matan, ART, Variaciones enigmáticas, El descenso del Monte Morgan), sentía que no tenía continuidad en la pantalla grande. “Hasta Relatos salvajes, me faltaba poder ser un actor convocante en el cine. Antes, filmaba e incluso ganaba premios, como el del Festival de Cine de San Sebastián por El nido vacío, pero podía pasarme seis o siete años sin volver a los sets. Después de Relatos salvajes, vinieron La patota, El espejo de los otros, Kóblic, Inseparables, El ciudadano ilustre, Las grietas de Jara y, en el medio, Toc Toc en España. Lo vivo con felicidad, con alegría. Ya pensaba que era muy difícil que todo esto me ocurriera, por no decir casi imposible. Más no puedo pedir”, desliza.

–Al cosechar la siembra, ¿a quién le agradecés? 
–En primer lugar, agradezco la vocación y el don, que no se obtiene, sino que te es dado. Para mí, eso es una idea de Dios, pero no un Dios doctrinario, sino el misterio de lo que somos y de lo que a uno se le otorga. Después, agradezco a mis padres, que, a mis 14 años, escucharon de mi boca lo que no querían escuchar: “Quiero ser actor”. Era una excentricidad para la edad que tenía. Además, no provengo de una familia de tradición cultural o artística. ¡Era rarísimo! De hecho, mi padre me advirtió: “Bueno, pero vas a ir a trabajar porque yo no mantengo vagos”. 

– ¿Se opusieron a tu decisión?
–No, no hubo una oposición sangrienta; más bien tenían un temor lógico. Paradójicamente, fue mi padre quien me trajo un suplemento de un diario dominical en el que hablaban de la Escuela Municipal de Arte Dramático. También le agradezco a mi maestro Juan Carlos Gené, que me abrió la cabeza. Yo no sería el que soy de no haber pasado por sus manos, por su capacidad pedagógica. Es muy importante agradecer: te centra, te humaniza, es un cable a tierra. Paralelamente, hay que saber que todo pasa, que todo es efímero. “Nuestras nadas poco difieren”, decía Jorge Luis Borges. Es que, en definitiva, todo esto es una ilusión, es pasajero... Como la vida misma.
Bienvenido
Martínez recuerda con cariño a los habitantes de la ciudad de Navarro (provincia de Buenos Aires), donde filmaron El ciudadano ilustre. “El rodaje alteraba su cotidianidad; no obstante, nunca nadie se quejó. Al contrario, su hospitalidad, generosidad y disposición eran tan grandes que me conmovían. Ellos se sentían honrados de que estuviéramos filmando allí. Hasta muchos participaron como extras. Tuvieron una actitud fenomenal”, repasa. En Rosario también guarda una anécdota particular: “Llego al hotel y me entregan una tarjeta. Era de Roberto Fontanarrosa, que me había escrito: ‘Esta es tu ciudad, tu casa. Te dejo mi teléfono por cualquier cosa que necesites. Vamos a comer, te voy a llevar a una parrilla a la que no irías ni loco…’. Lo llamé y, a partir de allí, cada vez que iba a Rosario, el ‘Negro’ era como mi anfitrión. Yo no lo conocía hasta ese momento. Un tipo fuera de serie, de los que no hay reposición”.
Entre el temor y el pudor
Martínez es de los que defienden la idea de que el artista debe estar conectado con el origen, con el niño, con el alma infantil. Y que siempre está dudando. “‘El fracaso siempre es triste, pero en el caso de un artista es trágico’, manifestó Ernesto Sabato. El temor al fracaso es muy grande, y no por las mieles del éxito, sino por el miedo de que lo que uno hace no conmueva, produzca indiferencia o rechazo –sostiene–. Para el artista, su oficio es su modo de vida; no es una actividad tangencial. Y la convalidación viene por parte del público. Es erróneo pensar que aquellos consagrados no tienen ese temor. Es peor que el penal lo malogre Messi, que ‘no se puede equivocar’, que un jugador que despierta menos expectativas. Hay una frase genial de Alfredo Alcón: ‘Todas las noches me pregunto si voy a estar a la altura de las circunstancias’”. 

–En muchos casos, el temor activa.
–Y creo que está bueno porque, si no, te envanecés, te insensibilizás, te ponés soberbio, que es lo peor que le puede pasar a un artista. La excelencia no está garantizada, por suerte. Eso convierte cada función en una aventura, en un desafío: cada noche es una conquista. La gente cree que en teatro hacemos todos los días lo mismo. Eso es imposible, aunque te lo propongas. Lo mejor para hacer una pésima función es intentar hacer lo mismo que hiciste antes porque te salió bien. Hay que asumir riesgos.

–Oscar, ¿cómo conviven y cómo se retroalimentan tus facetas como actor y director?
–Son dos funciones que se deben algo mutuamente. Creo que alguien que dirige o escribe y, a la vez, tiene la experiencia corporal del fenómeno escénico cuenta con una ventaja con respecto a quien se dedica solo a una de esas tareas. Yo empecé a dirigir a los 46 años. Si bien nunca fui indócil con los directores, siempre pensaba en la totalidad y no solamente en mi trabajo. Entonces, asumir ese rol fue una consecuencia natural.

– ¿Dirigir te fortaleció como actor? 
–Absolutamente. Siempre me interesaron todos los aspectos que conforman un relato, ya sea en teatro o en cine. Ocuparme del vestuarista, el escenógrafo, el iluminador, el musicalizador, la paleta de colores con la que vamos a trabajar era algo con lo que venía entrenándome y fantaseando desde hacía mucho tiempo.

– ¿Con qué soñás a futuro? 
–No quiero sonar presuntuoso, pero muchos deseos los pude cumplir. Es emocionante cuando alguien viene y te habla de un papel que hiciste hace veinticinco años, o te dicen que después de ver tal obra tomaron conciencia sobre un tema u otro. ¿A qué más puedo aspirar cuando los demás se entretienen, se enriquecen y se alimentan con lo que uno hace? Eso te mete en el corazón de la gente, porque te tienen asociado a su vida emocional, afectiva, a su crecimiento. Por ejemplo, muchas personas todavía me hablan del programa Nueve Lunas o se siguen emocionando cuando ven La tregua. ¡Y en esa película yo tenía 24! Me pagan y encima me premian por hacer lo que me gusta. Es como un abuso, hasta me da un poco de pudor.
También escritor
En Ensayo general. Apuntes sobre el trabajo del actor, Oscar Martínez expone, por primera vez, las ideas sobre la actuación que meditó a lo largo del tiempo y que sustentaron su reconocida carrera. Fruto de sus descubrimientos como actor y director, pero también de su formación, de sus lecturas y de un saber intuitivo puesto a prueba una y otra vez, el libro es un compendio magistral de reflexiones, técnicas y consejos que todo actor debiera tener en cuenta a la hora de pararse en un escenario o frente a una cámara. “Me parece fascinante que un autor, director y actor nos muestre los senderos que ha recorrido para crear el cuerpo y el alma de los personajes que los actores transformamos en personas", opina en la contratapa Norma Aleandro.




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