Cultura


El sueño de la tapa propia


Por Macarena Ambé.


El sueño de la tapa propia
El camino hasta publicar un libro es largo y dificultoso. ¿Qué pasos dar para hacerse un nombre en el ambiente literario? Historias en primera persona.

Escribir es una experiencia fascinante. Cuando la inspiración se presenta con toda su fuerza y su magia, los dedos se mueven de manera incontrolable y el autor alcanza el éxtasis. Pero el camino hasta leer el propio nombre y apellido en una tapa tiene muchas sendas. La receta perfecta no existe, aunque sí el granito de arena que cada uno le pone.

Para Alicia López Blanco, exitosa escritora de obras como Mi cuerpo, mi maestro, el germen de todo está en la lectura. “Siempre fui una lectora compulsiva. Gracias a la literatura pude nutrirme de mundos diferentes y de diversos sentimientos y sensaciones”. Para María Luján Picabea, autora de Todo lo que necesitas saber sobre literatura para la infancia, los libros son como su hogar. Con tres textos de ficción en su haber, Inés Arteta, profesora de historia, inglés y literatura, y coordinadora de talleres de lectura, opina: “La primera vez que publiqué fue gracias a un concurso nacional que realizó la provincia de La Pampa. A la hora de escribir, opto por la rutina y el aislamiento: me encierro cinco horas diarias en un cuartito en la azotea de mi casa. Y siempre llevo encima una libreta para anotar lo que se me ocurre”.

Pero no todas las historias son iguales. Florencia Esses, una de las más prolíficas autoras infantiles (Tiempo de Dinos, Trabalenguas con letras), fue bibliotecaria. Allí comenzó a familiarizarse con los libros para los más bajitos. Luego, le siguió un curso de género en la facultad que disparó su primera idea: una “monstrua mujer”, como la llama ella. “Existían pocos personajes femeninos en la literatura para chicos. Una de mis mayores dificultades fue confiar en mi propia escritura. Después de todo, uno se expone un poco a través de sus páginas”, desliza.

La clave no se reduce a esperar a que aparezcan las musas como si fueran regalos del cielo. Sabrina Cuculiansky, periodista que acaba de lanzar El libro del café, se acercó a este universo apasionante a través de la gastronomía. Así lo recuerda quien publicó, allá por 2012, su primer libro de restaurantes: “Se me ocurrió que era una excelente idea mostrarle al público masivo qué es lo que estaba pasando en un ambiente que cada vez lograba más adeptos”.

El lema que emplea López Blanco no falla: “Que la inspiración me encuentre trabajando. Mi fórmula es plantearme una estructura y escribir sin pausa. Después, corregir y corregir hasta que nada me haga ‘ruido’. Dejo descansar lo producido e inicio nuevamente el proceso”.
Encontrar el mecenas
Publicar un libro tiene un sinfín de vetas posibles; sin embargo, la puerta que todo autor busca abrir es la de hallar una editorial que lo elija. Cuculiansky revela que el puntapié inicial de su último proyecto se dio en un viaje: “Me fascinó todo lo que sucede entre la planta de café y la taza. Entendí que la única manera de acceder a seductoras y ricas tazas era logrando que la gente supiera diferenciar una buena de una mala, pudiendo así exigir un buen café. Me llevó cuatro años lograr publicarlo hasta que confiaron en mí”.
 
“Para interesar a una editorial hay que contar con una obra significativa, aunque eso no es garantía de que vayan a publicarla –sostiene Miguel Ortemberg, autor de la novela La reencarnación de Buda en Jonte y Lope de Vega. Y agrega un factor sorpresa para todos aquellos que quieran vivir de la literatura–: Las redes sociales brindan una facilidad única para acercar contenido al público. Al lector, ese contacto directo le resulta reconfortante”.

Si bien es común escuchar que el vínculo entre autor y editor es complicado, para Emilce Paz, gerente editorial en Paidós, no es tan así: “La parte que más disfruto de todo el proceso es el trabajo codo a codo con el autor. El momento de escribir es muy íntimo de cada persona… El acompañamiento también lo es”.

Para ganar tiempo y evitar dolores de cabeza, hay que investigar con antelación a qué editoral acudir, ya que cada una tiene diferentes intereses. “El peor escollo que tuve fue el de llamar y enviar e-mails a distintos editores y ni siquiera recibir una respuesta. Por momentos, sentía que todo el tiempo que había invertido en la escritura había sido en vano”, cuenta Mercedes Muñoz, autora de Mamífera (El lado B de la Maternidad).

Según Néstor Braidot, best seller en neurociencias, el autor no necesariamente tiene los mismos objetivos que las editoriales: “Uno a su libro lo considera un hijo, y no tanto un producto para vender”. Por su lado, Paz comparte su experiencia: “Las dificultades pueden estar ligadas a escuchar lo que el otro tiene para decir. Hay que ser muy respetuoso del trabajo y del saber del prójimo. Autores y editores deben entender dónde empiezan y dónde terminan sus roles. Un libro es un trabajo en equipo”.

En los últimos años, en la Argentina se consolidaron varios sellos editoriales, pequeños e independientes, que ensancharon el mercado, generando espacios muy valiosos. Picabea profundiza: “La aparición de nuevos creadores tiene que ver con la apertura de esos espacios”. 
Del otro lado
Pía Fendrik, chef y food stylist, se anima a contar en voz alta un ingrediente para atraer a las editoriales: las imágenes. “Son el gancho, el elemento más importante. En mi caso, me encargo desde la idea hasta la dirección de arte. Me gusta que la redacción sea lo más explícita posible para que no queden dudas ni dejar margen de error”, destaca la creadora de Jugos, licuados y smoothies.
 
Otro punto que puede marcar una tendencia editorial son aquellos formatos que, en el último tiempo, permitieron a los autores acceder de maneras alternativas a los lectores. “Para poder hacerse un nombre, es importante ir a la vanguardia de las temáticas novedosas y precursoras”, define Agostina Gianelli, responsable de marketing de librerías SBS, quien da como ejemplos fenómenos como el de la estadounidense Anna Todd (una autora que generó su primer libro desde una aplicación), el youtuber chileno Germán Garmendia (con su boom #ChupaElPerro) o Ana Coello (una autora mexicana, famosa por su numeroso club de fans).

Desde el lado de las editoriales, la postura es clara. “El mercado se encuentra inserto en un sistema económico que busca generar productos asimilables a todos. Sin embargo, pienso que el secreto pasa por diversificarse y generar una pluralidad de temas, registros y géneros para la heterogeneidad de lectores que contabilizamos hoy en día”, reflexiona Paz. Andrea Canevaro, directora de editorial Albatros, se suma al debate: “Cuanto más profesional es el escritor, más sencilla es la relación con la editorial, ya que entiende las cuestiones del proceso comercial. La proliferación de editoriales pequeñas les dio posibilidades únicas a los escritores. Si lo comparamos con lo que acontecía hace veinte años, se multiplicaron las oportunidades de hacerse un lugar en las bibliotecas”.

No hay estadísticas oficiales, pero los expertos coinciden en que vivir de la literatura es muy difícil. De hecho, Canevaro estima que tan solo una veintena de autores argentinos alcanzaron ese estatus, gracias a una gran producción (un título por año) y dos palabras: best seller. ¿Deberían ser estos inconvenientes un impedimento a la hora de escribir e intentar publicar? De ninguna manera. “Hay que militar la literatura: tiene que haber mística y perseverancia”, concluye Ortemberg.
¿Qué es ser escritor?*
Aunque tengo 45 obras en el estante, tres por ver la luz, dos en elaboración y al menos una docena de proyectos enmbrionando, el título de “escritora” me suena a una categoría sobrenatural. Pero si pensáramos solamente en el acto de escribir, y en el hecho de que el escritor es quien se gana la vida poniendo letras sobre una página que luego se compila y se vende encuadernada junto a muchas otras, entonces sería una condición real, más humana y un tanto menos pretenciosa.

Creo que los que usamos la palabra escrita para comunicarnos habitualmente no podemos hacer otra cosa más que escribir. No lo vivimos como un mérito, sino más bien como una necesidad. Es como una transfusión de ideas al papel que, si no se produce, nos deja al alma con un severo cuadro de angustia. En definitiva, el escritor es un padeciente del silencio de la pluma.

*Por Flavia Tomaello, escritora.

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