Entrevista


El rey del malambo


Por Carmen Ochoa.


El rey del malambo
Vanguardista, transgresor y apasionado, así es el coreógrafo y bailarín Matías Jaime, creador de Malevo, el grupo de baile que revolucionó el folclore argentino y conquistó al público internacional.

“Emocionante, memorable y diferente. ¡Me encantó!”. Con estas palabras, y sorprendido frente al original espectáculo de malambo, Simon Cowell –el jurado más temido de los reality shows– calificó a Malevo, durante la primera audición del popular programa America´s Got Talent.
 
A puro zapateo, sacudiendo enérgicamente sus cabelleras mojadas, al ritmo de bombos y boleadoras, el grupo de baile folclórico argentino no solo cautivó a una platea que no paró de ovacionarlos: en menos de veinticuatro horas, el video de la presentación se viralizó, superando el millón y medio de visitas, y siendo compartido unas setenta mil veces.

“Mi objetivo era lograr que el malambo fuera tan conocido como el tango. Pese a que no me gusta la exposición de los reality, parece que hizo efecto porque después nos escribieron de todas partes del mundo”, afirma Matías Jaime, director, coreógrafo y bailarín de Malevo.
 
Con 27 años y un estilo desenfadado y rockero, quizá todavía no haya tomado conciencia de que él y sus compañeros revolucionaron el folclore tradicional. O sí, porque después de conquistar al público norteamericano, el Ministerio de Turismo de la Nación los distinguió con la Marca País, y los declaró embajadores mundiales de la identidad nacional.

Esta historia con final exitoso, aunque no hayan ganado el famoso concurso estadounidense, comenzó hace dos años, cuando a Matías se le ocurrió filmar un video en el que se reflejaba la pasión de Malevo por el baile, la destreza, la fusión del malambo con otras corrientes musicales y el dominio de las boleadoras y el zapateo, al ritmo de la percusión. “Quería demostrar que con el folclore también se podía hacer algo diferente”, cuenta.

Así fue como uno de los responsables del America's Got Talent los convocó a concursar, como representantes del “malambo extremo”. Viajar y participar del envío implicó que varios de sus integrantes abandonaran sus trabajos habituales y cambiaran así sus destinos como albañil, carpintero o playero de estación de servicio. “Era una gran apuesta que no podíamos desaprovechar. Así se los planteé a los chicos, aunque muchos dudaban y seguramente pensaban que yo estaba loco”, reconoce Matías.

– ¿Te sentís un transgresor del folclore?
–No lo sé… solo estoy buscándole la vuelta para que sea más demandado. Tal vez mi transgresión pasa por fusionarlo con otras danzas, como el flamenco.
 
–Lo que pasó en el reality fue un furor.
–La verdad que sí. Yo pensé que no iba a pasar nada en la Argentina, pero los noticieros levantaron las imágenes del show y los teléfonos no paraban de sonar. También estuvimos en el reality ¡Q'Viva! The Chosen, con Jennifer López y Marc Anthony, y presentamos un show en Las Vegas. En Francia nos fue muy bien: fuimos invitados de honor en el programa Le plus grand cabaret du monde, y llegamos hasta las semifinales en la versión francesa del Got Talent. 
Raíces
De chico, Matías era muy tímido, por lo que jamás se hubiera imaginado bailando frente al público… hasta que en su escuela incluyeron como materia obligatoria “Danzas Folclóricas y Tango”. “En un acto vi cómo un grupo de alumnos bailaba malambo. Zapateaban e incluían cañas en la coreografía… ¡Eso me encantó! ¡Los piecitos se me movían solos! –exclama emocionado–. Después, mi hermana empezó a tomar clases de folclore, y yo me sumé. No solo descubrí un nuevo mundo relacionado con el baile, sino un grupo de amigos. Viajábamos a las peñas todos los fines de semana y bailábamos en distintos lugares. Yo tenía diez años, y nunca paré de bailar”.

– ¿Querías ser un bailarín folclórico profesional? 
–No, al finalizar el secundario estudié Administración de Empresas. El baile era un hobby. En mi casa me insistían con que tenía que tener una profesión. En ese tiempo ya competía en certámenes de bailes folclóricos, como Cosquín y Laborde, donde se elige al Campeón Nacional de Malambo... Y había ganado los dos. Pero no pasa como en el tango que si te consagrás en un concurso, te ofrecen un tour por el Japón. En el folclore, los ganadores se llevan el cartel para poder enseñar. Y a mí no me atraía la docencia, sino el escenario.

– ¿Cuándo elegiste, entonces, vivir de esto?
–Yo sabía que no era fácil, porque veía cómo mi profesor de baile la tenía que pelear y se las rebuscaba dando clases o haciendo peñas y shows. Así que el tema comenzó a angustiarme, sobre todo por la presión social. Seguí con mi carrera de Administración, pero también me anoté en el Instituto Universitario Nacional del Arte, hasta que un día me presenté a una audición y me eligieron para viajar con una compañía por Europa, haciendo mi espectáculo de malambo tradicional.
 
–Si te seleecionaron fue porque eras bueno bailando…
–Sí, le ponía garra, pero lo más importante fue que la cabeza me hizo un clic: me la tenía que jugar por la danza. Meses antes de viajar, conocí en una peña a un productor que me propuso sumarme a su gira de tango por Europa, bailando malambo. Con 17 años, viajé primero con esa compañía a Italia y luego, con otra a Francia.
 
– ¿Cuándo notaste que era necesario un cambio en lo que refiere al malambo tradicional?
–En un Festival de Milán. Sentí que tenía que abrir mi alma y emocionarme para poder emocionar a los demás. Mi baile tenía que pasar por otro lado. Al darme cuenta de esto, en una función salí al escenario a hacer mi solo de malambo, la platea estalló y mis compañeros me felicitaron. Esto me confirmó que organizar un show así, distinto, podría funcionar. Pensé: ¿por qué no explotarlo?

A partir de ese momento, Matías empezó con su carrera solista, pero con la idea de armar su propia compañía. “Deseaba que, como el tango, el malambo pudiera abrir puertas en todos lados. Quería salir del típico lugar del gaucho que entretiene a la gente dentro del show de flamenco o de tango. Y creía que tenía herramientas para lograrlo”, repasa. 
Malambo reversionado
Originarios del Gran Buenos Aires, el resto de los integrantes de Malevo también se relacionaron desde chicos con el folclore. Matías los conocía de haberlos visto bailar en las peñas y de haber compartido otros trabajos, así que, al momento de formar la compañía, no dudó en convocarlos. “Les conté mi idea y, a su vez, les fui honesto con verdades que yo también padecía: no hay mucho trabajo para vivir de las danzas folclóricas, por lo que teníamos que arremangarnos, armar un nuevo producto y triunfar. Yo necesitaba gente comprometida que me siguiera, que apostara por el proyecto. Hoy, somos dieciséis integrantes”, desliza.

– ¿En qué te inspiraste para armar Malevo?
–Me llamaba la atención la compañía inglesa Stomp, porque usaban la percusión de una manera diferente. También quería romper con el plano lineal en las coreos, y ofrecer una puesta visual distinta. Como todo tiene un costo, intenté ingeniármelas lo mejor que pude. Por suerte, me ayudó mi papá: juntos fuimos a comprar andamios y maderas para armar las rampas y las estructuras móviles que usamos para el video. 

– ¿Cómo tomaron los bailarines la incorporación de las nuevas coreografías? 
–Al principio me miraban con cara rara (risas), pero después se entusiasmaron. El uso de las rampas lo relacioné con los skaters y con el hip hop, inspirado en mi novia Flor, que baila este ritmo. Me interesa mucho investigar y sumar a las coreografías recursos de otras danzas o actividades urbanas, sin pasarme de la raya para mantener el espíritu del malambo.

– ¿Por qué cambiaron el poncho por las camperas de cuero?
–Yo formé parte del elenco de Stravaganza, la obra de Flavio Mendoza, donde hacía una coreografía de malambo. Para llegar ahí tuve que romper con varios estereotipos y acomodarme al look del espectáculo. Incluso, durante la temporada 2016 de Villa Carlos Paz, recibí el premio al Mejor Coreógrafo. Pero sentía que faltaba algo más. Por eso, con mi propio proyecto pensé en una estética diferente, más rockera.

– ¿Por qué el rock?
–Porque así nos sentimos en la vida, como rockeros. Igual, probamos otro tipo de indumentaria, pero ninguna reflejaba nuestra esencia. El malambo es una danza con mucho poder, y además, el cuero está íntimamente ligado con la Argentina. Nunca nos preocupó que pudieran tildarnos de ridículos. Habíamos encontrado nuestra propia personalidad.

– ¿Los malambistas tradicionales los cuestionaron?
–A la mayoría de la gente le gustó. Los más conservadores comentaron que lo que hacíamos no era folclore y criticaron cómo nos vestíamos. Sin embargo, en las coreografías del Ballet Folclórico Nacional se incluye baile clásico y contemporáneo. Es más, el uso de las boleadoras tampoco era habitual en el malambo original, pero Santiago Ayala, El Chúcaro, fue un transgresor de la danza. Y ahora nadie lo cuestiona. ¿Por qué? Porque logró imponer su estilo.

– ¿Sienten que rompieron una barrera con el malambo?
–Sí, ahora se lo puede disfrutar en todos lados, y eso nos sirve a todos. Logramos nuestro objetivo, pero seguiremos trabajando para crear nuevas producciones y apostar por el arte. El folclore es mi primer amor y eso no va a cambiar nunca: escuchar una chacarera siempre me pone feliz.
Lo que viene
Matías ya está pergeñando su nueva puesta en escena, donde planea incluir acrobacias aéreas, percusión y presencia femenina en las coreografías. “La idea es fusionar otros estilos de danza, además del malambo, así que siempre estamos investigando nuevas posibilidades. Ahora ya no trabajo solo, sino que me acompaña un gran equipo creativo”, sostiene. 

¿El mayor sueño? Montar un espectáculo en Las Vegas. “El Cirque du Soleil nos invitó a realizar un show a beneficio… ¡en esa ciudad! Tenemos que aprovechar el envión que nos dio el programa y seguir creciendo”, acota. 

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