Personaje


“Alimentarse bien es un camino de ida”


Por Paula Bistagnino.


“Alimentarse bien es un camino de ida”
El diagnóstico de celiaquía hizo que Gabriela Cosentino investigara hasta encontrar su propia dieta sanadora. Hoy, es una de las pioneras del Health coaching en Sudamérica, una tendencia que se impone en el ámbito de la salud.

Con los brazos abiertos y la bandera argentina estampada en su buzo naranja flúo, Gabriela Cosentino atraviesa la línea de llegada. Las lágrimas, si las hay, están detrás de los lentes espejados que le cubren los ojos, y la sonrisa le desborda la cara, a pesar del calambre en los arcos de los pies que la acompaña desde hace varios kilómetros. A los 47 años, acaba de correr la primera maratón de su vida. “Llegué, llegué, llegué… Eso era lo único y lo mucho que podía pensar en ese momento”, repite ahora, mientras muestra la foto, recordando una sensación que le resulta imposible explicar. Quizá, porque aquel logro va mucho más allá de los cuarenta y dos kilómetros que corrió en octubre de 2016 por las calles de Manhattan, en la famosa carrera de Nueva York, junto a miles de personas de todo el mundo.

De alguna manera, el camino que la llevó hasta ahí empezó hace más de cinco años, después de una grave crisis de salud y un consecuente diagnóstico de celiaquía severa que la decidió a encarar un cambio de vida. Casada, madre de tres hijos y entonces dueña de una consultora educativa, Gabriela se “cuidaba” y hacía deporte, pero no le prestaba demasiada atención a su organismo: desde la adolescencia convivía con una gastritis que había aprendido a soportar sin que la detuviera en sus responsabilidades cotidianas.
 
Un día, mientras estaba en Montevideo trabajando, se dio cuenta de que su cuerpo ya no resistía. Empezó por un dolor intenso en la boca del estómago que le impedía estar sentada, a lo que se sumaron náuseas y mareos. Al volver a Buenos Aires, no pudo levantarse de la cama durante tres días. Nunca antes le había pasado.

“A veces hay que llegar hasta el fondo para darse cuenta de que uno está mal”, cuenta quien, hasta los 42 años, había sido una “una chica light”. Hija de un cardiólogo hemodinamista y de una autora de libros de cocina sin colesterol, su educación nutricional parecía ser más que buena; casi ideal. Y su vida deportiva indicaba que todo marchaba sobre rieles. Pero no. “Yo me crié en una casa en la que siempre se comió lo que creíamos que era ‘sano’, pero en la década de los noventa, los parámetros de lo sano era lo ‘light’. La mayoría de las cosas que comía, si bien no me hacían engordar, no eran sanas. Bueno, así estaba yo, más allá de la celiaquía”, repasa.

–El inicio de todo fue el diagnóstico de tu enfermedad…
–Sí, cuando me pude levantar de la cama fui a la gastroenteróloga pensando que era la gastritis, porque estaba nerviosa y estresada. Me hice análisis durante un mes, incluida una endoscopía que confirmó la celiaquía. Pero fue solo el comienzo. Lo que me pasó fue que empecé a ir de un médico a otro, porque a pesar de que enseguida inicié una dieta libre de gluten –la indicada para los celíacos–, me seguía sintiendo mal.

– ¿Qué te impulsó a investigar?
–No encontraba una respuesta médica completamente satisfactoria. Cada especialista me ayudaba desde su disciplina, y yo tenía que ir sumando y armando el rompecabezas.

-Para muchas personas, el diagnóstico de enfermedad celíaca y la exigencia de una dieta sin gluten son abrumadores. Pero fuiste por más.
–En mi caso estaba realmente muy avanzada: el cuerpo no me respondía. Después, se desataron muchas otras cosas: la intolerancia a la lactosa, colon irritable, una hernia hiatal… 
“Yo como rico todos los días”
“Tenemos metido en la cabeza que cuidarse o comer sano es ingerir solo lechuga y zanahoria. Y no, en absoluto. Yo como desde paté de frutos secos hasta mayonesas veganas, pollo, pescado, huevos… ¡Me hago unos panes con semillas que son exquisitos! Como chocolate orgánico todos los días, con 70 % de cacao –revela Gabriela. Y asegura–: Hoy disfruto más de la comida que antes. Es mucho más fácil y placentero que lo que se cree. Pero el tema es que no estamos acostumbrados a comer así”. Entre sus claves, comparte: evitar lo procesado e industrializado, buscar productos orgánicos, reemplazar los productos blancos (arroz blanco por integral, azúcar refinada por rubia, harina blanca por integral y sal común por sal marina o del Himalaya), y no hacer una dieta restrictiva (el equilibrio es 80-20: comer sano el 80 % del tiempo y darse algunos gustos el 20 % restante).
Un nuevo rumbo
En su búsqueda por sentirse bien, Gabriela descubrió una nueva tendencia en salud que nació en los Estados Unidos y que empieza a pisar fuerte en nuestro país.

Basado en la consigna de Hipócrates (“Que tu alimento sea tu medicina y tu medicina tu alimento”), el estadounidense Joshua Rosenthal creó el Institute for Integrative Nutrition (INN) en Nueva York.

Con un Máster en Ciencias de la Educación, este pionero en investigar la salud y el bienestar con una visión holística, comprobó personalmente que, alterando apenas su dieta, podía obtener grandes cambios en su vida.
 
Así fue como nació el Health Coaching, un asesoramiento en salud y nutrición sustentado en la idea de la “bioindividualidad”: cada persona es diferente, por lo que requiere una atención especial según sus preferencias, objetivos, forma del cuerpo, tamaño, estilos de vida, personalidad, metabolismo, etcétera.

“No sirve de nada comer frutas, verduras y semillas si no hacemos ejercicio o no estamos conformes con nuestra vida personal y profesional”, repiten los expertos en Health Coaching.

Desde esta concepción, se considera que hay dos “comidas”. La primera se conforma de relaciones personales positivas –amigos, familia, afectos–, una carrera u ocupación satisfactoria, actividad física practicada de manera habitual y una vida espiritual plena. La segunda, contrario a lo que se puede suponer, es lo que ingerimos.
 
“Yo llegué a esta teoría por una excompañera del colegio que vive en los Estados Unidos y es Health Coach. Lo que más me atrajo fue esta idea de que somos personas integrales: nuestro cuerpo es un conjunto y no hay manera de que funcione en equilibrio si se lo ‘atiende’ por partes separadas. ¿A qué me refiero? No solo a ocuparnos de cada órgano por separado, sino también del estado físico y del emocional”, afirma Gabriela, quien se animó a tal punto que escribió el libro Health coach. Elegí Bien-Estar.
 
–Además, está la cuestión de la bioindividualidad.
–Exacto. Qué es sano y qué no dependen del cuerpo de cada uno, de lo que necesita cada uno y de cómo vive cada uno. Tal vez lo que me hace o me cae bien a mí, a otro no. Esa es la clave: por eso no hay que casarse con una teoría dietaria. La única manera de lograr un cambio de vida es buscándonos, conociéndonos, conectándonos con nosotros mismos.

– ¿Cómo es llevar una alimentación distinta?
–No es fácil en ningún caso, pero es decisión y costumbre. Igual, no es lo mismo cuando uno está enfermo y sabe que si no cambia va a explotar. Es interesante entender que la comida es un vínculo, un estilo y una decisión de vida. La única manera de dejar de sufrir haciendo dietas es aprender a alimentarse y nutrirse.

– ¿Cuánto tardaron en aparecer los cambios concretos?
–Se empiezan a sentir muy rápido. Alimentarse bien implica una transformación inmediata y concreta, física y emocional. Es como hacer un clic. Y cuando lo hacés, es un camino de ida. En mi caso, me siento con mucha más energía, de mejor humor, con un cuerpo más liviano, con menos grasa y más músculos. Por supuesto que eso es también porque entreno, pero cuando uno come bien tiene más facilidad para desarrollar músculos.
 
–Haber corrido tu primera maratón a los 47 años fue como una prueba…
–Sobre todo, fue una prueba de superación personal. Pero también fue confirmar que estoy sana. Realmente, nunca creí que iba a correr una. Para lograr esa meta, influyó la alimentación y que hace dos años me mudé al Uruguay, empecé a tener más tiempo y a entrenar en serio, porque antes era algo más terapéutico. Pero no me lo había propuesto hasta ahora… Y lo hice.
Informarse para comprender
A pesar de que cada vez hay más diagnóstico de la enfermedad celíaca, aún es mirada con extrañeza y no hay suficiente oferta de productos. “Al principio pensé: no como medialunas, pan ni pasta y listo. Pero es mucho más: el gluten está presente en todo, hasta en los saquitos de té, porque los sellan con un pegamento que tiene gluten. Lo mismo con la salsa de soja, los jugos en polvo, los quesos, las cremas para la piel, el champú, la pasta de dientes. Por más mínima que sea la cantidad, hace mal igual –explica Gabriela. Y deja entrever otra intimidad con relación a su condición–: A mi familia le costó entenderlo. Al principio creían que era una exagerada.

Mi marido me ponía terribles caras cuando íbamos a un restaurante y yo preguntaba los ingredientes de los platoso cómo los preparaban. Pero es como todo: cuando uno tiene o brinda información, comprender es más fácil”.

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