Viajes


Japón alternativo


Por Aniko Villalba.


Japón alternativo
Una isla habitada por conejos, una ciudad con más de mil ciervos sueltos, instalaciones de arte contemporáneo al aire libre,  el Monte Fuji… El gigante asiático guarda rincones exóticos que vale la pena explorar.

Hace dos años, el mundo se enteró de que en el Japón existe una isla donde viven más gatos que personas. La noticia se viralizó e Internet la bautizó “La isla de los gatos”. Aoshima está en el sur del país, en la prefectura de Ehime, y allí conviven unos ciento veinte de estos felinos con los cincuenta habitantes locales, en su mayoría jubilados. Esta isla de pescadores mide un kilómetro y medio de largo, no tiene autos ni negocios y, antes de ser famosa, recibía muy pocas visitas. Ahora, el único ferry que cruza hasta allí traslada diariamente a treinta y cuatro personas –el número máximo permitido– que viajan para sacarse fotos, y acariciar y alimentar a los gatos que viven en las calles del pueblo. Lo que pocos sabían antes de este descubrimiento es que esto no resulta una rareza en ese país: hay, al menos, doce islas como esta, otra de tiburones, una aldea de zorros y varios parques de monos. 

En Okunoshima –en la prefectura de Hiroshima, a quince minutos en ferry del puerto de Tadano-umi– se encuentra “La isla de los conejos”. Al desembarcar, los visitantes son recibidos por decenas de estos animalitos, símbolos de fertilidad según la creencia local, que se acercan sin miedo por comida: hasta son capaces de tironear bolsas con tal de llevarse alguna zanahoria o repollo fresco.
 
Los mal de mil conejos que saltan por Okunoshima son ferales, es decir, animales salvajes que descienden de otros domésticos. ¿De dónde salieron? Hay dos teorías, aunque ninguna está comprobada. La primera dice que, en 1971, un grupo de alumnos visitó la isla durante una excursión escolar y liberó a ocho conejos domésticos, que se fueron reproduciendo hasta llegar al número actual. La segunda teoría está relacionada con la historia de la isla y la política mundial. En 1925, el gobierno japonés lanzó un programa secreto para desarrollar las armas químicas que luego usaría contra China. Como el país había firmado el Protocolo de Ginebra, que prohibía el uso de este tipo de armas, se buscó un lugar aislado, desconocido, cerca de las bases militares de Hiroshima y lejos de Tokio –en caso de desastre– para fabricarlas: Y este fue el destino. Los conejos fueron llevados allí para probar los efectos de los gases tóxicos. Cuando la guerra terminó y las plantas cerraron, los trabajadores de las fábricas los liberaron. Algunos creen que los conejos que la habitan hoy son los descendientes de ese primer grupo, aunque otros lo niegan. Sea cual fuere la explicación, la isla pasó de haber sido eliminada de los mapas oficiales a convertirse en un destino visitado por más de cien mil turistas al año. 

Mientras tanto, a unos 320 km al este, un grupo de ciervos cruza (en rojo) una de las sendas peatonales más concurridas del centro de Nara, ciudad imperial ubicada a 42 km de Kyoto. Los conductores esperan pacientes que los animales lleguen a la otra esquina, donde la gente les dará galletitas o les sacará fotos. Es una imagen típica de Nara Park, el parque público más grande y uno de los más antiguos de la ciudad (fue creado en el 1300), en el que unos mil doscientos ciervos salvajes se mueven libremente, conviviendo en estas quinientas hectáreas con varios templos, edificios y monumentos históricos (muchos de ellos nombrados tesoros nacionales y declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco).

Los ciervos de Nara tienen buenos modales. Algunos aprendieron a hacer reverencias antes o después de recibir una galletita, otros posan para las selfies, muchos se dejan acariciar y algunos hasta dan besos. Casi ninguno tiene cuernos, ya que se los cortan cada año en una ceremonia pública para que no lastimen a los visitantes.

Según la leyenda histórica de Kasuga Taisha, uno de los santuarios sintoístas de la ciudad, el dios mitológico Takemikazuchi llegó a Nara montado en un ciervo blanco para proteger a la recién creada Heij-ky, la capital imperial del Japón durante gran parte de la era de Nara, en el siglo ocho. Desde esa época, los ciervos son considerados animales sagrados que protegen a la ciudad y al país. Hasta 1637, matarlos se penalizaba con la muerte. Después de la Segunda Guerra Mundial se los designó tesoro nacional, y hoy son parte inseparable de la vida cotidiana de un punto cardinal japonés que muchos pasan de largo.

De oscuridad y calabazas gigantes 

Quince personas entran a una casa y caminan en la oscuridad hasta que encuentran, con las manos, un lugar donde sentarse. Una mujer les indica en japonés e inglés que esperen ahí durante diez minutos. La oscuridad es total, como si la casa estuviese construida con ladrillos negros, y sellada para que no traspase ni un punto de luz.

Nadie habla, tampoco se escuchan respiraciones, es como si el mundo estuviese desapareciendo. Pocos minutos después, se empieza a vislumbrar una mancha clara, muy tenue, a unos metros de distancia. Tiene el tamaño de una ventana y se va ampliando, de a poco, hasta ser casi tan grande como una pantalla de cine. La iluminación sigue siendo baja, pero suficiente para descubrir el espacio. La mujer que dio las instrucciones invita a la gente a levantarse y acercarse a la fuente de luz. “Esto siempre estuvo prendido, eran sus ojos los que tenían que ajustarse a la oscuridad”, dice.
 
La instalación se llama Backside of the Moon y es de James Turrell, artista estadounidense que trabaja con la luz y los espacios. Está expuesta en Minamidera, una de las siete casas que forman parte del Art House Project de Naoshima, una isla de tres mil habitantes en la prefectura de Kagawa. El proyecto nació en 1998 cuando Benesse, una corporación educativa del Japón, recuperó hogares abandonados de Honmura, uno de los tres distritos de la isla, y los convirtió en espacios de arte.

Naoshima, conocida como “La isla del arte”, es el lugar con mayor cantidad de museos de arte contemporáneo e instalaciones artísticas al aire libre del país. Se puede recorrer a pie en pocas horas, y, durante el paseo, ver obras de Monet, Andy Warhol y Jean-Michel Basquiat. Los símbolos de la isla son las dos esculturas de calabazas gigantes creadas por Yayoi Kusama, la artista pop local más importante, reconocida por sus dibujos y obras repletas de puntos de colores. La calabaza más visitada es amarilla de puntos negros y está ubicada al final de un muelle sobre el mar, en el extremo sur de la isla. 
Fuji
Hay un punto geográfico que casi nunca pasa inadvertido: el Monte Fuji. Ubicado a cien kilómetros de Tokio, se trata de un volcán activo (aunque no entra en erupción desde 1707) y de la montaña más alta del país (3776 m). Aquí se lo considera sagrado y de gran importancia religiosa y cultural. Una leyenda dice que en la cima está escondido el elixir de la vida eterna, por eso muchos lo relacionan con la inmortalidad. Algunos tienen la suerte de verlo desde Tokio o la ventana del tren en un día despejado, otros lo visitan para cumplir el sueño de escalarlo, hay artistas que pasan su vida pintándolo, poetas que le escriben, fotógrafos que lo retratan y viajeros que lo contemplan desde los lagos y pueblos que lo rodean.

Si bien la región de Fuji y los Cinco Lagos es de las más visitadas por estos lares, hay algunos rincones menos conocidos, como Fuji Q, casi al pie del Monte. Es un parque de diversiones con las montañas rusas más altas, más largas y con mayor cantidad de rulos del mundo. Y sí, todas con vista al volcán. Además, a quince kilómetros al sudeste del Lago Kawaguchi, el que la mayoría de la gente elige para hacer base, está el Yamanaka, el más grande de los cinco. Se lo conoce informalmente como “El lago de los cisnes”, ya que es el hogar de una comunidad de cisnes que nadan hacia los botes en busca de comida.

Y en el noroeste de la base del volcán está Aokigahara, un bosque de treinta y cinco kilómetros cuadrados, infamemente conocido como “El bosque de los suicidios”, ya que desde 1950, al menos quinientos japoneses eligieron ese lugar para quitarse la vida (algo que el gobierno japonés está intentando revertir). El bosque tiene una vegetación muy densa, varias cavernas y algunos senderos delimitados de los que no se debe salir. Las leyendas y cuentos populares dicen que hay fantasmas, demonios y espíritus embrujando la zona…

Sea cual sea el itinerario de viaje, el Japón alternativo es imperdible con sus pueblos abandonados, restaurantes atendidos por robots, cat cafés (lugares donde ir a acariciar gatos, conejos, hamsters, búhos y serpientes), piletas para sumergirse en café, vino o ramen, una fábrica de clones, casas en los árboles, una réplica de la Estatua de la Libertad, y hasta un Godzilla escondido entre los edificios de Tokio. En la variedad está el gusto.

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