Curiosidades


Argentina sobre rieles


Por Alejandro Duchini.


Argentina sobre rieles
El inglés Daniel Tunnard se propuso conocer el país en tren. Destinos, personajes, gastronomía, estaciones: sensaciones de una experiencia inédita e inolvidable.

“Hay que decirlo: los argentinos respetan las filas, y no toleran un colado: Solamente el más descarado, una persona cuya cara literalmente se haya caído de tanta vergüenza, se atrevería a encarar la ira de un argentino en una cola”. Así nos ejemplifica el inglés Daniel Tunnard, quien, entre 2013 y 2016, recorrió casi todos los trenes del país y hasta las líneas de subtes de la Ciudad de Buenos Aires. La experiencia la volcó en un libro imperdible: Trenspotting en los ferrocarriles argentinos.

Daniel viajó solo y otras veces con compañeros, un fotógrafo y hasta con su pareja, Josefina. Fueron años de recorrer la Argentina en trenes que partían superdemorados, en horarios inciertos… o ni salían. “Cuando empecé el proyecto me sorprendió que hubiera tantos trenes de larga distancia. Viajar por este medio es mucho más agradable y cómodo que lo que se cuenta o lo que cree la gente que no usa tren”, dice Daniel, quien vivió en el barrio porteño de Belgrano y ahora reside en Entre Ríos.

El primero que tomó en esta inédita experiencia iba de Retiro a Rosario. Y allí confirmó un preconcepto sobre los argentinos: “Aquí hay personas cálidas, sociables, charlatanas, musicales y gentiles. Malhumoradas e impacientes tras ocho horas arriba de un tren, pero, aun así, gente buena y decente. Esa es la razón por la que vivo aquí hace dieciocho años y Dios sabe cuántos más –desliza quien se desempeña como traductor y se hizo fanático de los asados. Y agrega con esa cuota de humor que lo caracteriza–: Aunque si soy realmente honesto, el verdadero motivo es que me aterra la idea de tener que mudarme a otro país con una esposa, cuatro perros, dos gatos y un piano”.

– ¿Qué te pareció el país?
–Me gustó mucho, sobre todo Bariloche y algunas ciudades chicas de la provincia de Buenos Aires, a las que pude viajar más por la disponibilidad de trenes que tienen.

– ¿En estos viajes decidiste irte a Entre Ríos o lo tenías pensado de antes?
–Me convencí mientras tomaba los trenes, digamos “rurales”, del Sarmiento, a Mercedes y Lobos. Imaginé que sería lindo vivir en ciudades como esas, por su tranquilidad, su silencio, el trato de la gente. Una noche llegué a casa y le planteé a mi esposa que nos mudáramos a su ciudad natal de Concepción del Uruguay. Y así fue.

– ¿Cómo resultó tu experiencia en un tren tan simbólico y urbano como lo es el Sarmiento?
–Viajé a las seis de la mañana, de Once a Moreno, y volví a las siete de la tarde. O sea que evité lo que es la experiencia “clásica” del Sarmiento.

– ¿Qué te pareció la oferta gastronómica en estos servicios?
–La verdad es que se come bien y barato. El gran placer de un viajero es subirse a un tren con coche comedor. Siempre que consiga mollejas o cabrito es una buena cena. También tengo debilidad por las facturas. Es curioso que los argentinos se jacten tanto del dulce de leche y los alfajores, pero nunca hablen de lo más rico que tienen: ¡las facturas con crema pastelera!

–Si tuvieras que elegir la estación que más te asombró, ¿cuál sería?
–Me encantó Plaza Constitución. Para mí, es todo lo que debe ser una estación de ferrocarril.

–En el libro mencionás una lamparita de lectura que te compraste. ¿Atesoraste otros objetos? 
–Tengo en mi escritorio el mejor suvenir del país: un Cristo en un crucifijo de conchas marinas, que adquirí en Mar del Plata. La lamparita de lectura la compré en un tren a Junín, y como mucho, habrá sobrevivido una semana.

–También hablás mucho de los paisajes que se observan desde los trenes. ¿Cómo los recordás?
–Como una gran expansión verde. Eso es lo que más recuerdo, así como la desesperación de pensar en algo ocurrente que escribir sobre tanto verde.
De los colectivos a los trenes
En Trenspotting en los ferrocarriles argentinos se lee que Daniel nació en 1976 en Sheffield, estudió la carrera de Letras, y tradujo a Amélie Nothomb. En 1999 desembarcó en Buenos Aires, con la idea de volverse pronto: apenas tenía 22 años. Pero no se fue. Dice que conoció a la Argentina por los goles de Diego Maradona a Inglaterra, en el Mundial de México 1986. Y le entró tanto nuestra cultura por los poros, que en 2011 se subió a 140 líneas de colectivos. 
“Me pasaba lo mismo que a muchos de ustedes: solo conocemos una parte de nuestras ciudades. Hacemos siempre la misma rutina, los mismos viajes, vamos a los mismos lugares. Yo quería saber a dónde me llevaban los colectivos de los que me bajaba”, explica el autor de Colectivaizeishon, el inglés que tomó todos los colectivos de Buenos Aires (ver recuadro).

– ¿Cómo fue la génesis de esta travesía en trenes?
–La idea era tomar cincuenta y cinco viajes en todo el país, describiendo los subtes, los tranvías y los trenes turísticos. Un día miré un mapa y me di cuenta de que había suficiente para armar un libro. Cuando hice lo de los colectivos, no me bajaba de ellos. Aquí sí: recorrí algunas estaciones, cuento cómo es la ciudad en cuestión, reflejando algún evento local.

–Hay algo muy argentino de hablar de los trenes con cierta nostalgia. ¿Te pasó lo mismo?
–Sí, y fue raro porque empecé a sentir una nostalgia por un pasado que jamás viví. Es llamativo cómo, cuando hablo de este proyecto, cada persona comparte recuerdos de algún tren de larga distancia que tomó de chico. Ese recuerdo es muy fuerte en la memoria de cada uno de los argentinos que superaron los treinta años.

– ¿Y ahora? ¿Qué sigue? ¿Qué estás proyectando para el futuro? 
–Me siguen gustando mucho los trenes. Tengo ganas de tomar algunos en la India, los Estados Unidos, la ex Yugoslavia y Bolivia, entre otros lugares. No sé si para hacer otro libro, solo por las ganas de tomar trenes.

– ¿Sensación final de esta experiencia?
–Creo que cuando se trata de viajes, siempre te queda esa satisfacción del haberlo hecho, de haberlo experimentado. Que en vez de tomarme un avión, me subí a un tren que demora casi veinte horas en cruzar el desierto para hacer Viedma-Bariloche. Esa satisfacción me parece que acompaña a cualquier viajero.
El antecedente
La experiencia de recorrer el país en tren tuvo su prólogo con Colectivaizeishon, el inglés que tomó todos los colectivos de Buenos Aires. Entre las 140 líneas a las que subió, Daniel admite que su preferida fue la 39: “Me gustaba la imagen que habían puesto de Carlitos Balá en el vidrio de atrás deseando el feliz cumpleaños. Me gustan los colectivos que tengan adornos. Estos trabajos me permitieron tener una visión cada vez más positiva de los argentinos”.

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