Viajes


Tesoro español


Por Mariano Petrucci.


Tesoro español
Toledo es una perla que brilla a un puñado de kilómetros de Madrid. Cuna de murallas, obras de arte, personajes históricos y delicias hechas en mazapán. Recorremos cada uno de sus rincones.

“Creta le dio la vida y los pinceles; Toledo, mejor patria, donde empieza a lograr con la muerte eternidades”. Con esta frase, el poeta Fray Hortensio Felix Paravicino homenajeó a El Greco, autor de El entierro del conde de Orgaz. Ahora mismo estamos frente a la obra cumbre de este pintor del Renacimiento. El lienzo, de 4,80 m x 3,60 m, representa un milagro: San Esteban y San Agustín descienden del Cielo para sepultar a Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de la villa de Orgaz.

El Greco la creó entre 1586 y 1588 para la parroquia de Santo Tomé de Toledo. Y allí, todavía puede contemplarse, en pleno casco histórico de este rincón español de ensueño, a poco más de setenta kilómetros de Madrid. Habiéndonos tomado bien temprano el tren en la célebre estación Atocha, arribamos en apenas media hora a la que en otrora fuera nombrada “Ciudad de las Tres Culturas” y “Cuna de la Tolerancia” por albergar a cristianos, musulmanes y judíos (la paz no fue eterna, pero durante mucho tiempo, cada cual pudo llevar adelante sus costumbres).

Deslumbrados con la muralla que la rodea, ingresamos por la Puerta Nueva de Bisagra, resguardada por dos torres circulares y coronada con el escudo del águila bicéfala. Un parquizado perfecto alfombra los alrededores, lo que nos confirma que, amén de la trilogía de puertas de Alfonso VI, del Vado y del Sol, no existe otro punto cardinal mejor para dar nuestros primeros pasos.

Desandar las callecitas de Toledo (muchas de ellas estrechísimas, en pendiente, empedradas y dueñas de una calma y un silencio estremecedor) es tropezarse con puentes, talleres con artesanos trabajando, mezquitas, monasterios, iglesias, sinagogas y conventos (algunos convertidos en museos). La preservación arquitectónica ratifica por qué “La ciudad imperial”, bautizada así por ser la sede de la corte del rey Carlos I, fue declarada Patrimonio de la Humanidad, allá por noviembre de 1986.

Hay una parada obligatoria que merece un párrafo aparte. Se trata de la catedral Santa María, con casi cien metros de altura y una torre imponente. Considerada la “opera magna” del estilo gótico en España, fue construida en 1226, con piedra blanca del paraje y sitio arqueológico Olihuelas. La “Dives Toletana”, como la llaman los lugareños, da su cara al Ayuntamiento y al Palacio Arzobispal, y su fachada principal consta con tres puertas: la del Perdón, la del Juicio Final y la del Infierno.

Quizá una de las más visitadas por los turistas sea la Puerta del Reloj, la más antigua de toda la edificación. Aunque si hablamos de congregación de personas, tal vez el 15 de agosto sea la fecha en la que más fieles gritan presente: en el marco de la celebración de la Virgen del Sagrario, todos beben el agua del pozo del claustro. ¿Por qué? Dicen que es milagrosa. Habrá que comprobarlo.

Dejamos atrás a la sede de la Archidiócesis de Toledo, para emprender una aventura ineludible: lograr una panorámica inolvidable de la ciudad. Para ello, cruzamos el Puente de San Martín, que data del siglo XIV, se asienta sobre cuatro arcos y está definido por dos puertas torreones. Esta es una de las opciones para subir al Mirador del Valle. Se puede ascender en micro, en auto o caminando. Google arroja que a pie y manteniendo un ritmo sostenido, nos demandaría aproximadamente cuarenta minutos.
 
Es ideal concluir el camino al atardecer, para constatar cómo Toledo se levanta sobre una pequeña colina situada a la derecha del río Tajo. Desde allí, los tejados de las viviendas parecen confundirse, encimados unos con otros. ¿Qué domina el horizonte de la postal? El soberbio y rectangular Alcázar. Emplazado en la parte más alta de Toledo, fue la residencia oficial de Carlos V. Los locales nos comentan que sufrió varios incendios, una destrucción total y su subsecuente reconstrucción. Tras ser utilizado como taller, cárcel y cuartel militar, hoy en su interior está instalado el Museo del Ejército.
De película
Hay tres sellos distintivos en Toledo: el acero, el Quijote y el mazapán. Vamos por partes: el acero toledano sobresalió en el período del Imperio español. Se fabricaban armas de guerra, pero sobre todo, espadas. No solo avizoramos un sinfín de ellas a la vuelta de cada esquina, sino que su fama se extendió hasta la pantalla grande: adivinen de dónde provienen las espadas que se empuñan en largometrajes como El Señor de los Anillos o Gladiador…

El Quijote también es una figurita repetida por estos lares, por lo que no se extrañe si su nombre lo ve rubricado en hoteles, restaurantes, librerías, casas rurales y asociaciones. Para que lo sepa de antemano: Toledo pertenece a la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha; de hecho, al pasar por el Arco de la Sangre, nos recibe una estatua del soldado, novelista, poeta y dramaturgo Miguel de Cervantes Saavedra. El máximo exponente de la literatura española se había enamorado de esta ciudad, a la que incluía en varias de sus obras.

Sin embargo, el más insólito e inusual, o al menos el más sabroso, es el que se encuentra en la confitería Santo Tomé, que atiende al público desde hace más de ciento sesenta años. Nos prometieron que allí descubriríamos al Quijote más grande del mundo… hecho en mazapán. Y cumplieron: certificado por el Récord Guinness, se trata de una figura que mide 3,60 m de altura, realizado con 600 kg de mazapán.

No hace falta comprar nada para sacarse una foto al lado de semejante originalidad, pero tiéntese porque vale la pena probar las delicias con las que sus sonrientes vendedoras, vestidas para la ocasión, nos invitan. Pastas de piñón, de almendra, imperiales, anguilas y rubias: la elaboración artesanal es un verdadero show, ya que el proceso se hace a la vista.

Mientras los golosos se amontonan en la entrada, nos cuentan que los productos se preparan con ingredientes naturales, seleccionados entre las mejores cosechas del campo español. Que la miel es pura de abeja, genuinamente alcarria; que el azúcar refinado es de una limpieza y blancura sinigual; que los huevos viajan diariamente desde granjas cercanas para asegurar su frescura. Antes de retirarnos, nos ofrecen degustar unas almendras acarameladas con granitos de sal. Fiesta en el paladar. Fiesta en Toledo.

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