Salud


Un avance histórico


Por Cecilia Devanna.


Un avance histórico
Se realizó con éxito la fase inicial del primer estudio clínico del páncreas artificial. Se trata de un paso clave para mejorar la calidad de vida de los pacientes con diabetes tipo 1.

Agradecimiento. Alegría.  Compromiso. Satisfacción. Colaboración. Las palabras se suceden a la hora de hablar del exitoso resultado de lo que fue la fase inicial del estudio clínico del páncreas artificial en pacientes con diabetes tipo 1, que este año se realizó por primera vez en Latinoamérica. Más precisamente, en el Hospital Italiano de la Ciudad de Buenos Aires. El procedimiento incluyó a tres mujeres y dos hombres con ese tipo de diabetes, que se prestaron al procedimiento. Del otro lado hubo –y hay– más de una decena de especialistas que dedicaron meses y hasta años de trabajo e investigación en el desarrollo.

El  objetivo del páncreas artificial es regular de forma automática el valor de azúcar en sangre, sin necesidad de que el paciente realice las correcciones con insulina, habituales en el manejo este tipo de diabetes (el menos frecuente y el más complejo). Se trata de un sistema de control automático que consta de un sensor continuo de glucosa y una bomba de infusión de insulina, conectados con un teléfono celular, con un software que modula la liberación de insulina de acuerdo con la necesidad del paciente.

Para llegar a este desarrollo fue clave contar tanto con médicos como ingenieros. Por eso, junto a los profesionales del Italiano y del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), participaron miembros de las universidades nacionales de La Plata (UNLP) y de Quilmes (UNQ), todos también representantes del CONICET. Esa fue la pata local, mientras que la internacional tuvo su anclaje en el aporte de la Universidad de Virginia. “Es un proyecto colaborativo, donde distintas universidades y, en este caso el hospital, acompañan desde su conocimiento”, explica Valeria Beruto, del área de farmacología clínica del Italiano. 
Podría decirse que el proyecto comenzó por dos partes distintas y se transformó en uno solo. Por un lado, estaba el ingeniero Patricio Colmegna, que desde hacía casi seis años trabajaba en su tesis de doctorado sobre algoritmos de control. Por el otro, Ricardo Sánchez Peña, especializado en sistema de control, en satélites, con trabajos para la NASA, quien se convertiría en el ingeniero principal del proyecto del páncreas artificial local. Radicado en el exterior, en un momento tuvo ganas de regresar al país y hacer algo “más bio”. A ese deseo se le sumó una realidad que lo tocó de cerca. “Al nieto de un amigo suyo, de unos tres años, le diagnosticaron diabetes tipo 1”, revela Beruto.
 
Al atravesar esa problemática, comenzó a pensar de qué manera podía mejorar la vida de esos pacientes. Sánchez Peña estrechó vínculos con la Universidad de Virginia, motorizó la idea, y supo de la investigación de Colmegna. “Se juntó con Patricio y empezaron a desarrollar el algoritmo y a meterse en el mundo del páncreas artificial”, agrega Beruto. Para entonces, ya había varios equipos en el mundo desarrollándolo, cada uno con su algoritmo. “Un algoritmo es un conjunto de formas, como una secuencia de instrucciones matemáticas –instruye Marcela Moscoso Vásquez, que llegó desde su Colombia natal para hacer un doctorado en el ITBA. Y profundiza–: Lo que hace es tomar la medición de glucosa, y, con un modelo matemático de cómo es el metabolismo de una persona, de cómo es la interacción entre la glucosa y la insulina, calcula en una formulita cuánta insulina necesita el paciente”.
 
A su vez, en la Universidad de Virginia, ya venía ocupándose del tema el doctor Daniel Chernavvsky, un argentino que se transformó en el asesor principal del proyecto local, en el que también tuvo un rol fundamental su colega Luis Grosembacher, de la Sección Diabetes y el Servicio de Endocrinología del Italiano, e investigador clínico principal de este páncreas artificial. Luego llegaría el aporte de las otras universidades locales, y el apoyo económico de las Fundaciones Nuria (Argentina) y Cellex (España). 
Dos mundos, un objetivo
Médicos e ingenieros debieron cruzar las fronteras de sus disciplinas y encontrarse en un lenguaje común. Al principio no fue fácil, pero lo lograron.

Recordarlo todavía despierta sonrisas cómplices entre las profesionales. “Los ingenieros venían de Marte y los médicos de Mercurio”, resume Beruto. “Los ingenieros trabajamos desde un simulador, desde una computadora –detalla Moscoso Vásquez. Y prosigue–: Las máquinas arrojan resultados, los analizamos matemáticamente, y sabemos que está relacionado con algo de las personas, pero hasta ahí llegamos. Pero cuando vivís la experiencia al lado de un médico, ves la magnitud y la importancia de lo que estás haciendo. Notar el impacto es realmente muy lindo. Uno de los participantes de la experiencia decía que quería tener vacaciones de su enfermedad. Y con eso se le podía dar tranquilamente”.

El páncreas artificial por ahora solo sirve para los pacientes adultos con diabetes tipo 1, pero, a largo plazo, la perspectiva puede llegar a ser más amplia. Las personas que sufren esta enfermedad tienen que estar constantemente pendientes de ella, de los valores de insulina, de no sufrir un cuadro de hipoglucemia, de no terminar hospitalizados. “Como dice Chernavvsky, es un trabajo los 365 días del año”, grafica la doctora Cintia Rodríguez, especialista en clínica y endocrinología del Hospital Italiano. Con precisión, detalla cómo es la rutina de esos pacientes que la visitan en su consultorio: “Ellos deben estar pendientes de su glucemia: si sube, si baja, qué comen. Tienen que hacer el trabajo del páncreas, administrándose la insulina, ya que la necesitan para vivir porque el cuerpo no la genera”.

Hablamos de una enfermedad que no deja tiempo para la distracción ni los olvidos. Por ello, el páncreas artificial se torna un aliado fundamental. “Logramos mejorar la calidad de vida –sentencia Rodríguez–. El aporte de la tecnología es clave con el tema de las bombas de insulina, pero el paciente tiene que seguir participando del proceso, indicando cuánto alimento ingerirá y ordenándole a la bomba que envíe la insulina. O sea, siguen siendo los directores del tratamiento. Con el páncreas artificial, la idea es que el paciente se desentienda un poco, que a medida que vaya avanzando la tecnología –que progresa y muy rápido–, pueda alcanzar cierta autonomía y no tenga que preocuparse constantemente por cuánta insulina tiene que ponerse o cuánto comió, sino que el propio algoritmo lo haga”.

Las ventajas no solo se darán en el día a día, sino que también marcarán el futuro de quienes padecen esta afección. “El páncreas artificial reduce mucho el riesgo de hipoglucemia, que es algo que les da muy mala calidad de vida a los pacientes, ya que tienen que estar lidiando con eso permanentemente”, especifica Rodríguez. Con este nuevo desarrollo tendrán menos complicaciones, o, directamente, hasta las podrán evitar. “Es calidad de vida en el momento y a largo plazo”, concluye Rodríguez esperanzada.
Cadena de favores
Comprometidos y entusiasmados: así se mostraron las cinco personas que se prestaron para el ensayo. Todos estuvieron internados y monitoreados durante 36 horas, pero, varios meses antes, se prepararon para formar parte de un proyecto que marcará un salto cualitativo en la historia de la lucha contra la diabetes. En una de las charlas, uno de las pacientes tomó conciencia de que es-taba formando parte de un estudio que traería avances, como muchos otros lo hicieron en su momento para probar alguna medicación que hoy los ayuda a ellos. Sí, como una auténtica cadena de favores. Los especialistas recuerdan: “Uno de los pacientes nos dijo: ‘Denme la mejor noche de mi vida’. Lo que estaba diciendo era: ‘Que no me suene la alarma de hipoglucemia mientras duermo’”.

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