Historia de vida


Una historia a puro corazón


Por María Alvarado.


Una historia a puro corazón
La gran familia con la que soñaban no llegaba. Por eso, Luis y Beatriz decidieron adoptar tres hermanos. A los pocos meses, les avisaron que estaban en adopción dos hermanos biológicos más.

“¿Te queres casar conmigo?”, pregunta Luis expectante y nervioso a Beatriz. Lo de ella es un sí rotundo acompañado de una sonrisa gigante y blanca como el guardapolvo que lleva puesto. “También quiero tener uno, dos, muchos hijos con vos”, se apresura a decir emocionada. Un beso sella el pacto de amor que es interrumpido por el sonido del timbre. Llenos de sueños y con un secreto entre manos, regresan los dos adolescentes a clase, en una escuela en la provincia de San Juan.

Pasarían más de veinticinco años y muchísima agua debajo del puente para que esta pareja concretara su plan adolescente. Luis terminó la escuela secundaria y decidió irse a estudiar a Buenos Aires mientras que ella se quedó, por un tiempo, en su provincia natal. Cada uno hizo su vida, pero nunca dejaron de estar en contacto. Y como dicen los más sabios y románticos, cuando el destino de dos personas es estar juntas, ni la distancia ni las dificultades que pueda presentar la vida lo va a impedir. Y lo que esos dos niños enamorados forjaron en ese patio, casi como un juego, se llevó a cabo en Buenos Aires.

La primera parte del pacto estaba cumplida. Faltaba la segunda: los hijos (¡y muchos!). Pero como no todo se da tal cual uno lo planea, esos niños llegarían de otra forma. La pareja, que transita su cuarta década de vida, perdió dos embarazos. Su deseo de tener una familia grande seguía igual de vigente; asi que se animaron a emprender el camino de la adopción. “Pensamos en adoptar desde el principio porque sabíamos que siendo grandes no íbamos a poder tener muchos hijos biológicos. No habíamos pensando en cinco hijos pero sí teníamos la idea de que fueran muchos –cuenta la madre mientras agarra una cacerola para preparar el almuerzo. Y bromea con su marido–: Vamos a tener que comprar ollas extra large, estas ya nos quedan chicas”.

Las ollas son pequeñas pero el corazón de estos padres es inmenso: en el living de una casa de Mendoza cinco niños juegan mientras esperan el almuerzo. Los dos varones mayores, de 9 y 7 años, charlan de fútbol; la más grande, de 10, ayuda a uno de los mellizos a alcanzar su vasito de agua. El otro melli, travieso y explorador, va tocando todo lo que encuentra a su paso. La mesa ya está servida y los chicos se acomodan cada uno en su silla. Como pasa en toda familia numerosa, se superponen los cuentos, las risas, las anécdotas y alguna que otra pelea. Hace tan solo dos meses que son siete, pero parece que lo fueran de toda la vida. Los chicos juegan a imitar la tonada mendocina, tratan de decir “pollo” sin el sonido marcado de la ll.
 
La vida de esta pareja cambió de un día para el otro. Primero fueron padres de tres niños que llegaron a la vez; a los pocos meses se sumarían los mellizos. “Cuando empezamos los primeros pasos para adoptar –explica Luis– escuchamos decir que se tardaba mucho entre la inscripción y la adopción. Nuestro caso fue distinto. Vimos la película Los chicos invisibles y asistimos a una charla que dio su director, Mario Levit, en un grupo al que nosotros íbamos que se llama “Ser familia por adopción”. Él descubre que en los hogares hay chicos en situación de adoptabilidad, son grupos de hermanos de edades más grandes, de seis años para arriba. Los llama “los chicos invisibles” porque están fuera del interés de los que buscan adoptar; el 90 % del padrón se anota para un recibir un bebé. Esta película nos marcó y nos ayudó a decidir ser padres de un grupo de chicos más grandes. Nos hizo conocer la realidad de lo que sucedía y, además, venía de la mano de nuestro deseo de tener muchos hijos. –Luis interrumpe la explicación para festejar y felicitar a uno de los mellis que aprendió a comer solito. Y continúa–: Tenemos 46 años así que está perfecto tener chicos más grandes. Normalmente, se piensa que la única posibilidad es adoptar un bebé y de a uno, imitando el proceso biológico. Pero existe otra forma”.
 
Y claro que existe: después de ver la película, la pareja se anotó para adoptar un grupo de tres hermanos, el mayor de 9 años. Beatriz retoma el relato: “En noviembre del 2014 fue la trabajadora social a casa y tuvimos la primera entrevista con la psicóloga. A fin de enero de 2015 nos hicieron la segunda. Y en febrero, la tercera. En marzo nos llamaron para darnos el apto; esto implica que se sube nuestro perfil a un registro único y cualquier juez que reciba una situación de adoptabilidad de lo que uno solicitó te puede llamar”. El padre interrumpe: “Perdoná, amor, ¿qué les pongo a los chicos? Hay que llevarlos al grupo”.

Entre los dos preparan a los niños que, como todos los sábados, se van a pasar la tarde a un grupo católico que organiza distintas actividades recreativas. Luis parte con los más grandes y Beatriz retoma el relato, con los dos bebés sentados en su falda: “En mayo nos llaman del juzgado para ir a hablar con la jueza. Lo único que sabíamos es que eran tres hermanos. Entrevistaban a varias parejas para el mismo grupo de chicos. Salían unos y entrábamos nosotros. Nos contó que tenían 9, 7 y 5 años. Cuando se hacen entrevistas a varias parejas para un mismo chico o grupo de hermanos, la jueza lo analiza y decide. El mismo día nos eligió a nosotros. Ahí mismo nos preguntó si estábamos dispuestos a conocerlos”.

El miércoles siguiente, Luis y Beatriz fueron a conocer a sus hijos que desde hacía cuatro años vivían en un hogar de niños. Llenos de emoción y de nervios llegaron mucho antes de lo acordado. “Esperamos una hora frente a la puerta hasta que llegara el momento de tocar el timbre. Habíamos estado preparándonos para aceptarlos, con su historia, con sus nombres, con sus gustos. Así como, también, éramos conscientes de que ellos nos iban a recibir con nuestras historias, gustos y características”. Primero tuvieron una reunión con el equipo del hogar, con la trabajadora social, psicóloga y directora. “Nos contaron algunos detalles de los chicos, cuál había sido la reacción de ellos cuando les contaron. El más chiquito había salido corriendo por todo el hogar gritando: “voy a tener una familia”. Y la más grande se puso a llorar”. “¡Papá!, –interrumpe uno de los mellis, corriendo a la puerta de entrada. Beatriz explica–: Cualquier ruido del portón salen corriendo a buscar a su papá”.
 
Y mientras los chiquitines abrazan al padre que acaba de volver a la casa, la madre continúa: “Mientras estábamos reunidos, el más chiquito abría la puerta para espiar. Les llevamos chocolates y una pelota para empezar a jugar con ellos”. Luis agrega: “Me hicieron jugar como nunca a la pelota. ¡Además juegan muy bien! Fue muy intenso el primer tiempo. Si bien la vinculación debía ser progresiva, ya el primer día que nos conocieron pidieron que volviéramos al día siguiente. Obviamente, ahí estábamos. A partir de allí, fuimos seis días por semana. Fue un tiempo muy intenso porque teníamos nuestros trabajos y la ley no contempla licencia para los padres por adopción. Es importante el tema porque si no podés tomarte un tiempo del trabajo, no podés vincularte y adaptarte”.
 
Por fin, después de 90 días de vinculación, los cinco se fueron a vivir juntos, cumpliendo el sueño de tener una familia. Y a los pocos meses, la vida volvía a sorprenderlos con otro vuelco de timón. “Nosotros sabíamos que nuestros hijos tenían hermanitos mellizos que, por el momento, estaban en una familia de tránsito. Pero en septiembre, nos avisaron que ya estaban en situación de adoptabilidad. Habíamos pedido que nos avisaran primero a nosotros, aunque no sabíamos si íbamos a poder adoptarlos”.
 
Ese fin de semana, el matrimonio se fue a una cabaña en la Cordillera, para poder pensar y decidir qué hacer. Beatriz describe cómo les dieron la noticia a los más grandes: “Les dijimos que se pusieran la ropa más linda porque los íbamos a llevar a comer afuera. Ellos saben que cada vez que festejamos algo vamos a comer afuera, así celebramos cada paso del proceso de adopción. Volvimos de una reunión y estaban los tres arregladitos. Los sentamos en el sillón y les dijimos: “Vamos a tener dos nuevos hijos”. Los dos varones saltaron de alegría y empezaron a hacer planes sobre qué cosas y deportes les iban a enseñar; la más grande se quedó sorprendida. Cuando les contamos que eran sus hermanitos biológicos, se largaron a llorar en una mezcla de emociones. Finalmente, la más grande nos agradeció que hayamos dicho que sí”. Y Luis agrega: “Cuando los cinco se juntaron por primera vez, fue verse y empezar a jugar, además los mellis son iguales a los grandes así que se vieron reconocidos en ellos. Desde el primer minuto los sintieron hermanos, los integraron de inmediato. ¡Y también se pelean como hermanos!”.

Las pasadas fiestas fueron las primeras que pasaron los siete juntos. ¿El regalo más grande para estos cinco niños? Una familia. Beatriz reflexiona y concluye: “Lo que más quieren los chicos es tener una familia. Hay muchos niños que están esperando que haya gente que se decida. Ellos están ahí. No hace falta tener una casa propia, tampoco es verdad que tarden años. No se necesita tener de todo para adoptar. Si no también así se les va la vida a los chicos. A la larga uno va conformando una familia como las demás. Con un origen distinto. Nosotros somos una familia por adopción en donde nuestros hijos también nos adoptaron a nosotros”.

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