Entrevista


“Al leer se viven otras vidas”


Por Alejandro Duchini.


“Al leer se viven otras vidas”
María Teresa Andruetto, ganadora del Premio Hans Christian Andersen en 2012, acaba de publicar su último libro, una novela para adultos.

Es un encanto de persona, no tiene nada de diva, siempre anda con una sonrisa y habla de tal forma que uno, incluso de grande, se siente como cuando era chico y un adulto le contaba un cuento antes de irse a dormir.

Cuatro años después de recibir el premio Hans Christian Andersen, algo así como el Nobel de la literatura infantil y juvenil, María Teresa Andruetto ha publicado un libro que se llama Los manchados y que los críticos encasillan en la categoría de “público adulto”. “Todos nacemos manchados”, metaforiza uno de los personajes. Hay que leer esa historia breve de encuentros y desencuentros para entender que siempre se vuelve a las raíces.
 
La charla se desarrolla en un hotel de Buenos Aires, a metros de la Plaza San Martín, en Retiro; las veredas están llenas de gente que viene y va. Nada que ver, entendemos, con la tranquilidad de las afueras de las Sierras de Córdoba donde Andruetto vive y escribe.

–Hace cuatro años dijo que el premio Anderson le daría “nuevos lectores, probablemente más traducciones, y seguro, mayor circulación”. ¿Fue así?
–Fue como un vendaval. Resultó muy fuerte para mí. Ahora lo disfruto más. Costó digerir lo que trajo ese premio, la exposición, me llevó un tiempo acostumbrarme a la demanda, a las cosas muy lindas que me generó. Porque, además, estaba la alegría de otros por mi propia alegría. Me siento muy querida por la gente, pero desde antes del premio. Me gusta vincularme del modo más personal posible con quienes voy conociendo a través de la literatura. Es como hacer un trabajo sobre uno mismo. No quiero que la escritura se convierta solo en una profesión. Lo mismo me pasa con esta entrevista: no me gustaría que sea una cosa que se hace por deber o como un trámite más. Intentar, por el contrario, darle un sentido, pensar bien lo que me preguntás y ser lo más verdadera posible en mis respuestas. Que este reportaje sea un encuentro entre dos personas. Siempre traté de hacerlo así y lo traslado a los demás ámbitos. Ese premio me trajo, sí, muchas cosas buenas: traducciones, reconocimientos, más lectores, invitaciones. Pero siento que en lo más profundo de mí, en la vida cotidiana y en mi relación con la escritura, me pude cuidar.

– ¿Cómo se lleva con su propio ego?
–Siempre me digo que los reconocimientos son precarios, transitorios, como todo. Me lo repito para asentarme en lo verdadero y, más que nada, para seguir escribiendo. Porque el lugar de la escritura es el de la búsqueda en la incerteza. Si uno se acomoda en algo externo y deja de preguntarse, ese lugar desaparece. He escrito cuentos que me gustan, allá por los años ochenta, que estuvieron mucho tiempo sin publicarse. Los escribí sin preguntarme por nada ni por nadie, porque no había quién esperara que yo escribiera. En ese momento, no estaba en mi horizonte publicar. Pero nada obstruye lo que uno quiere hacer. Después, cuando llegan los reconocimientos, esas cosas son más complejas. Entonces, el trabajo personal, íntimo, me parece que consiste en seguir vinculado con uno mismo, mantener su propio mundo. He tomado mis propias estrategias para conmigo.

– ¿Un proceso de autoconocimiento?
–Sí, que me protege de algunas cosas. Saber que no escribo solo para chicos, por ejemplo, fue fundamental para que cuando pasara ese año pudiera volver a mi novela, Los manchados, que la había escrito antes del premio. Fue muy reparador volver a meterme en ese mundo en el que quizá se esperaba menos de mí.

– ¿Ahora está escribiendo?
–Recién cuatro años después del Andersen estoy con una historia que me parece para un lector pequeño. En algún punto, sigo siendo la misma que escribía en los ochenta sin pensar en publicar. No escribo tanto. Además, tengo para corregir mucho de lo ya escrito en otros tiempos. Tengo 62 años, la edad en que una persona se retira de su empleo, y como siempre sentí a la escritura como un recreo y no como un trabajo o una profesión, me siento muy privilegiada por vivir de escribir.

– ¿Cuándo imaginó que la escritura le aportaría ingresos?
–Nunca. Se fue dando muy lentamente, con la aparición de lectores. Pero jamás puse mis expectativas económicas ahí, sino en mis trabajos: en los talleres de escritura, en las clases, revisando textos de otros. Eso me permitió sentirme muy libre con lo que yo escribía. Nunca haría un contrato por un libro si no lo tengo terminado. No me estimula, al contrario: me apabulla porque no tengo la seguridad de terminarlo o de sostenerlo con mi deseo. Me da terror escribir únicamente por oficio. Entonces, prefiero vivir de los derechos de autor, algo que fue creciendo desde 2004, 2005. Recién hace diez años que los derechos de autor me permiten vivir por la suerte corrida por varios de mis libros.

Cuando llega, María Teresa despliega una sonrisa sincera. Y la mantiene mientras saluda. Invita a sentirse parte de su mundo, como si ensayase una zona de confidencias. “¿Tomamos un cafecito?”, suelta. Hay entrevistas que empiezan antes de empezar. Son esas en que uno sabe que ahí, en eso que el otro dice previo a encender el grabador, hay un indicio para charlar. A veces es una pregunta fuera de contexto; otras, el clima que se genera. Algunos lo llaman química. Eso pasa con Andruetto.

– ¿Qué le pasa cuando mira hacia atrás, a la Andruetto que no era escritora?
–Hoy hago cosas lindas, pero tuve épocas muy malas económicamente, al borde de la marginalidad. Me recibí a los 21 años y al principio no pude ejercer la docencia, para lo que me había preparado, porque había mucha precariedad laboral. Vivía en una piecita prestada, en Córdoba. También viví en Trelew, un año y medio. Ahí nació mi hija más grande. Tengo dos hijas, Juana y Josefina. Recién en los años ochenta, entre diversos trabajos que no me gustaban del todo, las cosas mejoraron. Hasta que al fin pude ser docente. Luego aparecieron los talleres de escritura, las correcciones y cada vez más, las actividades relacionadas con los libros. Hoy todas mis actividades lo están.
 
– ¿Por qué publicó recién a los 40 años?
–Porque vivía en Córdoba, no existía la virtualidad y un escritor de provincia que quisiera publicar tenía que venir a Buenos Aires a mostrar su obra. Eso implicaba traslado, hotel; un costo muy alto. Además, hasta mis 30 ni me había planteado el hacerlo, y encima había pocos espacios, que se cubrían con escritores que ya tenían su recorrido. Tardé en imaginarme escritora.

– ¿Qué pasó entre el deseo de los 30 años y la concreción, recién a los 40?
–Hasta los 30 escribía para mí. Cuando tuve deseos de publicar hice algunos intentos en Buenos Aires, vine y dejé unos originales. No pasó nada. Después quise tener lectores y encontrar un espacio. Pero en el medio de todo eso está la vida, las propias demandas. Y seguí con la docencia, a la que me dediqué, paralelamente a publicar, hasta el 2004. En ese ámbito me sentí reconocida: tuve muchos grupos, era demandada y me valoraban quienes pasaban por mi espacio. Cuando esa gente encontró su espacio también, se acordó de mí. Eso es muy lindo, muy bueno.

–María Teresa, ¿usted sigue viviendo en un paraje de las sierras, en Córdoba?
–Sí, claro. Vivimos allí desde enero de 2002, cuando con mi marido, Alberto, compramos un terreno en un lugar en el que no había luz ni agua y vivía muy poca gente. Pensábamos pasar ahí nuestra vejez: me parecía que los 50 años eran la vejez, pero una después va cambiando. Primero fue un lugar de fin de semana y luego nos fuimos de manera permanente. Allí tenemos ovejas, gallinas, caballo. Como me crié en un pueblo, la vida así me gusta bastante. Es el descanso que se siente por vivir un poco alejado de los grandes centros urbanos. De todos modos, tengo la ciudad cerca, solo a 50 minutos. Mi asentamiento ahí coincidió con que fui cerrando mis talleres y mis actividades docentes y ya no tenía que viajar tanto. Es un lugar lindo, tranquilo, que considero mi casa. Si quiero ir a Córdoba capital, voy enseguida; si quiero quedarme, lo siento muy bonito. Es mi lugar.

– ¿Qué le gusta leer?
–Trato de releer ciertos clásicos o autores que son clásicos para mí, porque me influyeron en determinado momento. A donde más voy es a la literatura argentina, clásica o no. Es importante para mí ese mapa, tanto en poesía como en narrativa. Siempre trato de estar atenta a lo que se produce porque en este país se escribe mucho y muy bien. Me gusta leer a los jóvenes. Siempre me interesó de un escritor su relación con las tradiciones, con los que estuvieron antes y con su propia lectura.

– ¿Para qué cree, usted, que sirve una buena historia?
–Un buen cuento sería, en todo caso, el mejor modo de decir algo. Ese modo, ese camino de palabras, ese ritmo, ese tono, ese narrador, las distancias con los hechos... todo funciona como filtros entre el que cuenta y el que lo recepta; y obliga a ambos a descorrer esos velos. Siempre nos preguntamos para qué sirve la literatura o un cuento. Para responderme tomo algunas situaciones: he leído cuentos a mujeres que no sabían leer y esos relatos sirvieron para que ellas hablaran de sí mismas. Leí cosas que me abrieron hacia otros mundos, a otros modos de pensar. Para algunas de esas cosas, evidentemente, sirven las historias que nos cuentan. La lectura puede hacer que el mundo de uno se expanda, que se abra, que la cabeza se haga grande. Sí, que la cabeza se haga grande.

–Casi mágico.
–Me parece que leer sirve para hacer más grande la imaginación. Cuando eso sucede, se plantean otras preguntas. Uno mismo se convierte en una máquina de preguntar o preguntarse cosas que de otro modo no lo hubiera hecho. Al leer se viven otras vidas, se imaginan otros modos de ser, otras edades, otras condiciones económicas, sociales, otras épocas. No sé bien para qué sirve, pero sirve. Porque expande. Porque no cierra.

La escritora María Teresa Andruetto nació en Arroyo Cabral, Córdoba, el 26 de enero de 1954. En 2012, la IBBY (Organización Internacional para el Libro Juvenil) le otorgó el premio Hans Christian Andersen, considerado el Nobel de la literatura juvenil. También fue galardonada con el Konex de Platino a las Letras en la disciplina Literatura Infantil 2014; el Premio Iberoamericano SM de Literatura Infantil y Juvenil en su V Edición; Premio Novela del Fondo Nacional de las Artes y Lista de Honor de IBBY, entre otros.

Sus libros son Tama, La mujer en cuestión, Lengua madre y La niña, el corazón y la casa. Para los más jóvenes se destacan, entre otros, El anillo encantado, La mujer vampiro, El país de Juan, El árbol de lilas, La durmiente y Miniaturas.

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