Entrevista


Proeza consciente


Por Gustavo Sencio.


Proeza consciente
Tommy Heinrich volvió a hacer historia: formó parte de la expedición que recorrió más de cien kilómetros sobre esquíes para llegar al Polo Norte. El fin fue alertar al mundo sobre el calentamiento global.

El proyecto sonó ambicioso. A Tommy Heinrich le ofrecieron lo que nunca había intentado ni soñado: ser protagonista de la primera expedición argentina al Polo Norte. La idea iba más allá de un simple afán de superación aventurera. El verdadero objetivo apuntaba a concientizar sobre las consecuencias del cambio climático en el Planeta. “Al principio, dije que no”, admite Tommy, andinista, fotógrafo y documentalista. En ese entonces, su situación personal le presentaba un flanco débil insalvable: en 2012, a su mujer, Victoria, le diagnosticaron un cáncer, lo que le exigía una mayor presencia en ese proceso y también tiempo para estar con su hijo Liam, de 12 años. “Por eso no estoy yendo a los Himalayas”, agrega. No obstante, la tentación fue más fuerte: “El Ártico siempre me atrajo”.

La misión fue desarrollada por la Fundación Criteria, y fue el primer grupo argentino que pisó suelo ártico, cumpliendo con la meta de llegar al Polo Norte. En diez días de marcha bajo condiciones extremas –sensaciones térmicas de hasta -40 °C, vientos fuertes y escasa visibilidad–, el grupo (integrado por nueve personas, entre ellos generales, comandantes y tenientes) recorrió 111 kilómetros sobre esquíes. Todo fue registrado para un largometraje documental a cargo de Diego Arroyo y filmado por Tommy.

El desafío fue programado durante una ventana climática favorable para las condiciones de tránsito del océano Glacial Ártico. “La Expedición Argentina Polo Norte 2016 es el resultado de un sentido y viejo anhelo de unir simbólicamente los dos polos geográficos de la Tierra y de la imperiosa necesidad de atraer la atención del conjunto de la sociedad sobre la problemática ambiental”, comentaba Santiago Tito, presidente de Criteria, a fines de marzo, antes de embarcarse en lo que sería una hazaña histórica para el país.

El proyecto, apoyado por el Papa Francisco, materializó el compromiso de un grupo de argentinos que se dispuso a desafiar condiciones extremas para alcanzar el Polo Norte arrastrando trineos sobre esquíes. “Estos proyectos ayudan a tomar conciencia sobre la degradación del ambiente, el agotamiento de las reservas naturales y la contaminación, y también sobre la gravemente desigual distribución de las riquezas”, manifestaba Francisco en una carta oficial a los expedicionarios.
Pasó a paso
El 25 de marzo salieron de Buenos Aires rumbo a Noruega, vía Londres. Pasaron la noche en Oslo, y fueron a Longyearbyen, un pueblo de unos dos mil habitantes, ubicado en el archipiélago de Svalbard, un grupo de islotes al norte de Noruega, donde hay más osos polares que personas. “El único sitio desde el cual parten las expediciones al Ártico es la base rusa de Barneo. Opera solo un mes al año, desde fines de marzo a fines de abril. Hay un vuelo de dos horas y media desde Longyearbyen, en un Antonov, un avión diseñado para el transporte tanto de carga como de pasajeros”, revela Tommy.

– ¿Cuánto estuvieron en Longyearbyen?
–El plan original era estar una semana. Allí, nos encontramos con el guía polar José Naranjo, con quien nos entrenamos durante siete días, para unificar criterios, familiarizarnos con el equipamiento, los trineos y esquíes, el armado de carpas, etcétera. En la Argentina habíamos hecho un par de salidas como grupo, una de ellas al monte Tronador. Y nos reuníamos en las canchas de la Asociación Argentina de Polo, en Palermo, donde esquiábamos sobre el pasto, durante tres horas, tres veces por semana. Cada día, había que cubrir diez kilómetros con esquíes. Fue acertadísimo como estrategia previa a la expedición.

– ¿Solo fue entrenamiento físico?
–No. También pulimos bien la técnica de armado de las carpas. Plegábamos los parantes solo a medias y enrollábamos la carpa en torno a estos. No las desarmábamos por completo, y así las colocábamos en los trineos. De este modo, solo tardábamos entre dos y cinco minutos en armarlas. Esto es clave, ya que el frío en el Ártico es incesante. Sumado al viento, las temperaturas suelen estar por debajo de los 40 grados bajo cero. De hecho, tuvimos esa temperatura las últimas tres jornadas. Otro punto era encender el calentador, que se hace en el exterior. Contradiciendo a lo que dicen los fabricantes de carpas, metíamos los calentadores adentro, para estar en un ambiente cálido.
 
Las manos se las protegían con mitones. “Al emplear bastones a 30 o 40 grados bajo cero, era necesario usarlos, ya que los cuatro dedos juntos irradiaban calor y se mantenían calientes entre sí. Esto dificultaba mucho el trabajo de filmar y sacar fotos; en mi caso, estuve siempre susceptible a los congelamientos. Los sufrí varias veces al filmar”, destaca Tommy.

El ingreso a la base de Barneo estaba programado para el 5 de abril, pero se demoró diez días porque se partió la pista construida sobre el hielo ártico, como consecuencia del cambio climático. “Cuando llegamos, estuvimos dos horas en la base –recuerda Tommy–. El campamento está compuesto por diez carpas que los rusos colocan junto a una pista y dejan durante ese mes que mencioné. Es el único período en el que la temperatura es ideal: entre 38 y 25 grados bajo cero. Antes de eso, están por debajo de los 50 grados bajo cero. La oscuridad hace difícil el trabajo que deben desarrollar los rusos y las personas de otras nacionalidades a las que brindan sus servicios de apoyo. Todos los años establecen Barneo con el objetivo de impulsar el aspecto científico y turístico”.

– ¿Quiénes hacen esa expedición?
–No son solo rusos los que visitan la base. Hay muchos norteamericanos, canadienses, noruegos, ingleses, australianos, chinos… Hasta hace algunos años, había otra base en Canadá, pero se dejó de operar porque no era redituable. Incluso, hay grandes riesgos de que Barneo deje de funcionar de aquí a cinco años. ¿Por qué? Por la inestabilidad del hielo ártico. Hay que tener en cuenta que la Antártida está sobre un continente, mientras que el hielo ártico es consecuencia del congelamiento del agua de mar. 
Única e increíble
En 1995, Tommy se convirtió en el primer argentino en hacer cumbre en el monte Everest. Después fue el turno del Lhotse, Cholatse, Himalaya, Aconcagua… Los ascensos ya son incontables. No obstante, Tommy remarca que esta última fue una experiencia muy diferente de sus antecesoras. “En muchos sentidos fue otra cosa que estar en las montañas. El paisaje es impresionante, no tiene comparación. En cuanto bajamos del avión, me quedé sin aliento por el frío y por lo lindo que es el lugar. Un momento de gran impacto fue cuando nos dejaron con el helicóptero en el inicio de la expedición. Ves que se va y tomás conciencia de que estás solo. Recién vimos a alguien diez días después, cuando nos buscaron”, evoca.

– ¿Alguna vez corrió riesgo la expedición?
–No, nunca. La unión del grupo siempre fue un factor fundamental. Sobre todo, antes de salir. Nos integramos perfectamente, y todos nos sentimos acompañados y apoyados por los demás. Lo importante era cuidarse el uno al otro. Trabajamos como equipo de manera constante. El objetivo siempre fue muy claro: que llegáramos todos juntos al Polo Norte. La pasamos superbien. Nunca hubo una discusión ni una pelea.

– ¿Cuál es el mensaje que quisieron dar?
–Por un lado, queremos transmitir la importancia y el impacto que tiene en todos nosotros el cambio climático. El hielo ártico tenía un promedio de siete metros de espesor, pero hoy es de cinco o menos. También se redujo en más de un veinticinco por ciento la superficie de hielo permanente. Es muy posible que, de seguir así, la base rusa de Barneo ya no se pueda volver a construir por el calentamiento global. Los rusos tienen mucha experiencia y este fue uno de los años más problemáticos para construir la pista: se les parte. En lo personal, haber logrado llegar al Polo Norte fue un gran ejemplo de respeto y trabajo en equipo.
 
– ¿La humanidad es consciente del impacto que está teniendo el cambio climático en la Tierra?
–En otros países, sí. En la Argentina, pareciera que no nos preocupara demasiado. Un ejemplo: el reciclado es muy fácil de llevar a cabo, y no se hace correctamente. En la mayoría de nuestros hogares aún no separamos la basura como corresponde porque es más cómodo colocar todo en el mismo cesto. No tomamos estos temas con la seriedad que merecen. Implica un cambio de hábitos, pero percibo una gran resistencia a esforzarnos por hacerlo bien. Por otro lado, es visible lo sucios que somos. Arrojamos basura por todos lados: en la calle, por la ventana del auto, en los ríos. En otros países, hay una limpieza que en la Argentina no se ve. No-ruega es un caso: es notable el contraste con nosotros.

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