Educación


Aliado pedagógico


Por Cecilia Devanna.


Aliado pedagógico
De prohibido a permitido en algunas instituciones, y de obstáculo a herramienta: los teléfonos celulares ganan espacio en las aulas como un socio en el proceso de enseñanza y aprendizaje. Deudas, reservas y desafíos de un fenómeno 3.0.

La realidad es contundente cuando muestra que los adolescentes, casi sin distinción de clase, tienen un aliado clave: el teléfono celular. Los acompaña a donde quiera que vayan, las veinticuatro horas del día, y les permite hacer tres de las cosas que más les gustan: escuchar música, estar comunicados con sus amigos y buscar la información que les interesa. “El  celular es la pantalla más importante en su vida”, afirma Roxana Morduchowicz, doctora en Comunicación y consultora de la Unesco en temas de tecnologías y educación.

Llevarlos a clase no quedó exceptuado y su presencia en las aulas despertó críticas. En 2006, la provincia de Buenos Aires los prohibió, a través de una resolución que fue derogada recientemente, aunque quedó a criterio de cada establecimiento escolar si habilita o no su ingreso a las aulas. “Es una disposición natural si se considera el altísimo nivel de apropiación que los adolescentes tienen respecto de este dispositivo, y la potencialidad que tienen hoy por hoy: cuentan con calculadora científica, cámara de fotos y video, reproductor de audio, y, en la gran mayoría de los casos, conexión a Internet”, explica Cora Steinberg, especialista en Educación de Unicef Argentina.
 
Las posibilidades de un dispositivo con fines pedagógicos están sujetas, por un lado, a la calidad de uso que le dan los jóvenes; y por el otro, a que los docentes lo acepten como una herramienta de aprendizaje. Según se desprende de diversos estudios, estos son dos puntos sobre los que todavía queda camino por transitar…

“El celular les permitió a los jóvenes de grupos sociales postergados acceder a una gran cantidad de recursos escolares”. Cora Steinberg
Uso y calidad
Para dar cuenta del lugar que ocupan los celulares en la vida de los adolescentes, basta decir que, aun cuando estaban prohibidos, la mayoría los llevaba al aula. El dato se desprende de un estudio publicado por UNICEF –del que participó Steinberg–, que también demuestra cómo estos dispositivos tienen elementos que les asignan un rol clave. “Debemos reconocer que el celular les permitió a jóvenes de grupos sociales más postergados acceder, desde edades tempranas, a una gran cantidad de recursos escolares, como la calculadora científica, una cámara de video y de fotos, y a diversas fuentes de información en Internet”, agrega la especialista Cora Steinberg.
 
Un informe de Microsoft, en el que colaboró Morduchowicz, indagó en las nuevas brechas digitales, que ya no están ligadas con la conectividad –como sucedía hasta hace un tiempo–, sino con la calidad en el uso de los recursos tecnológicos. Entre sus conclusiones más relevantes figura que el 90 % de los consultados afirmó que utiliza Internet en el colegio para responder preguntas puntuales que surgen en clase, sin necesidad de investigar, por ejemplo, la fecha de una batalla o el nacimiento de alguna persona. En varias de las situaciones que analizó el informe, son los propios docentes los que comparten el link de la información correspondiente.

Para revertir la desigualdad que se refleja en el uso limitado de la tecnología, Morduchowicz habla de la “alfabetización digital”, un concepto que instaló la UNESCO y que define la capacidad que tiene una persona para acceder, comprender y utilizar reflexivamente las tecnologías, en pos de crear nuevos contenidos y saber comunicarlos. “En la actualidad, la brecha digital no pasa por estar o no conectado a la red, sino por los usos que los chicos hacen de las tecnologías. Tener acceso no alcanza si la utilización que se hace de Internet es pobre o limitada —explica Roxana Morduchowicz. Y detalla—: Según los datos que recolectamos, la mitad de los adolescentes cree que todo lo que aparece en la web es verdadero. La consecuencia de la credibilidad tan alta es que pocos comparan y cuestionan aquello que encuentran. Otro punto en el que hay que poner manos a la obra es que el saber de los estudiantes es instrumental; o sea, no conocen realmente cómo funcionan los dispositivos”.
Rever el escenario, potenciar resultados
El estudio de UNICEF establece que más de la mitad de los docentes rechaza la presencia de los teléfonos porque no los considera una herramienta para incorporar dentro de sus prácticas de enseñanza. El dato no es menor, y Morduchowicz reflexiona al respecto: “Si la escuela quiere integrar la cultura de los adolescentes, no puede ser indiferente al lugar que ocupan los celulares en sus vidas actuales”.

En el mismo sentido, Steinberg apunta: “Como con cualquier otro dispositivo tecnológico, el problema no puede estar enfocado en el instrumento, sino en el sentido con el que se utiliza en clase. Hoy por hoy, el rol del docente se resignifica, al contar con la posibilidad de incluir esta herramienta para enriquecer, motivar y dinamizar las prácticas de enseñanza y aprendizaje. –Y profundiza–: Tal como nos señala la investigación de UNICEF, el uso pedagógico de cualquier dispositivo responde más al modelo de clase que desarrolle el docente que al tipo de aparato per se. El desafío, como lo fue siempre –con o sin celulares en el aula–, es cómo lograr motivar e involucrar a todos los chicos en torno al aprendizaje”.
El desafío de la motivación mutua
Pautas de uso, tiempos y formas de poder dar lugar a otras tecnologías, son algunos de los aspectos señalados por Steinberg para un desarrollo óptimo. “Es necesario fortalecer la formación inicial y continua de los docentes. Muchos de ellos no han sido instruidos en el uso de tecnologías digitales, y si bien casi todos las manejan para su vida personal y social, menos de la mitad lo han hecho en los procesos de enseñanza –agrega la especialista. Y completa–: Estos datos deben alertarnos sobre la necesidad de ampliar y fortalecer, con formación específica en el uso de TIC, a los equipos de docentes para que logren, junto a los estudiantes, integrar estas herramientas en sus clases”.

Las distracciones son uno de los puntos centrales que remarcan los detractores del uso de los celulares en las aulas. Steinberg es contundente: “Tenemos que tener más confianza en nuestros adolescentes y no suponer que todo elemento es objeto de distracción. El desafío de docentes y padres es poder promover actividades y tareas que resulten relevantes para ellos. Acercarnos y tender puentes entre su cultura, la cultura digital y el mundo escolar”.
 
Para Morduchowicz, los usos en relación con el celular tienen que ser reflexivos y creativos: “Por ejemplo, la programación de un juego excede el campo del entretenimiento: para los alumnos puede tener un altísimo valor educativo. De la misma manera, buscar información sobre cualquier tema en distintos lugares puede ser algo divertido, pero, además, que los forme y los haga reflexionar”.
 
En cuanto a cómo se puede evitar que en medio de la clase se consulten las redes sociales, Roxana Morduchowicz redobla la apuesta y pregunta: “¿Y cómo prevenía antes el docente que un alumno no hablara con su compañero de banco? Volvemos a lo mismo: es el docente el que tiene que idear clases interesantes, entretenidas, que los lleve a la reflexión y les resulten significativas; que motiven el interés de los chicos. Lo único que no puede hacer la escuela respecto de las pantallas es ignorarlas, ya que eso la alejará de la cultura juvenil, empobrecerá el aprendizaje y le impedirá alfabetizar a los alumnos en todos los lenguajes que la sociedad del siglo XXI le ofrece y le demanda”.

La inclusión del celular en el aula implica un verdadero cambio de paradigma. “Cuando se inventó la imprenta, se hizo necesaria una institución que enseñara a leer lo que la imprenta comenzaba a difundir. Así nació la escuela —recuerda Morduchowicz. Y cierra—: Durante siglos, la enseñanza giró en torno a la letra impresa. Hoy, a la cultura gráfica se le suma la audiovisual y la digital. Y la alfabetización se define por el conocimiento de todos los lenguajes que circulan en la sociedad”.

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