Entrevista


El médico de los astronautas


Por Juan Martínez.


El médico de los astronautas
El marplatense Víctor Demaría Pesce trabaja en el Centro Europeo de Astronautas. Estudia cómo el hombre se vincula con ambientes extremos, y participó en programas espaciales de los Estados Unidos y Rusia. ¿Volveremos a la Luna? ¿Qué pasará con Marte?

En 1961 Yuri Gagarin fue al espacio; nunca nadie había llegado hasta allí. Ocho años después, el hombre pisó la Luna por primera vez. “En mi juventud soñaba con todo eso, que nos abría nuevos horizontes y nos sacaba de la vida común de todos los días”, apunta Víctor Demaría Pesce, quien, durante un rato, vuelve a ser aquel chico marplatense que veía Star Trek y fantaseaba con convertirse en astronauta. No lo consiguió, pero se acercó bastante: trabajó durante años –y lo hará hasta que finalice 2016– en la Agencia Espacial Europea, aportando sus conocimientos como neurólogo especializado en medicina aeronáutica y espacial, y abocándose al estudio de la interface entre el hombre y los ambientes extremos (altitud, microgravedad, temperaturas al límite, grandes profundidades).

“A pesar de todo lo que podamos hablar, el principio es el mismo: medicina. El ser humano es el ser humano: poco importa si está en una cueva o en una estación espacial”, aclara uno de los oradores más destacados del último TEDxRíodelaPlata, el evento que organiza charlas de diversas temáticas, compartiendo ideas transformadoras.

Y aunque nunca haya sido sometido a las condiciones extremas a las que se aboca, él también es un ejemplo de la adaptación del hombre ante necesidades imperiosas: cuando llegó a París, Francia, donde vive hace treinta años (intercalando alguna temporada en los Estados Unidos para desempeñarse en la NASA), tuvo que aprender el idioma en solo dos semanas para poder comenzar a estudiar en la universidad. Sobreadaptado, hoy se tropieza con el castellano y fluye con el francés.

Marino, buzo, espeleólogo y aviador, Pesce formó parte activa en los programas espaciales de los Estados Unidos y de Rusia. En cada una de sus experiencias, confirmó que aquella máxima de las abuelas que reza que “lo que no se usa se atrofia” está directamente relacionada con la reacción del cuerpo humano a un medioambiente extremo como el de la microgravedad del espacio. Según explica, ante lo innecesario de mantener al cuerpo erguido, los huesos de los astronautas se van descalcificando, debilitando. Y ante la nula resistencia de los objetos para ser levantados –y, por consiguiente, la falta de esfuerzo para moverlos–, los músculos también pierden tono y capacidad.

“La osteoporosis, por ejemplo, es un problema cada vez más importante porque la sociedad está envejeciendo. Provoca riesgo de fracturas, lo que desemboca en una disminución de la calidad de vida. El espacio es muy útil para estudiar ese mecanismo de pérdida de fuerza y consistencia en el hueso. Cuando uno comprende cómo y por qué pasan las cosas, es más sencillo encontrar una vía para la curación”, define el especialista.

Bajo estas premisas, con su equipo de trabajo elabora lo que denominan “contramedidas” o actividades profilácticas, como una rutina de dos horas diarias de ejercicios para que los astronautas se mantengan en la mejor forma física posible. Como esto les genera fuertes dolencias, Pesce está desarrollando una indumentaria que ejerza presión sobre zonas específicas del cuerpo para que la postura ayude a atenuar ese dolor. Por ahora es algo experimental, pero en algún momento comenzará a ser parte de los viajes espaciales.
Exploración espacial
La Agencia Espacial Europea, donde trabaja Víctor Demaría Pesce, es una organización con 22 estados miembros (los países son europeos, aunque Canadá figura como asociado). Fue constituida en 1975 y su sede central, donde Víctor tiene su oficina, es en París (Francia). Sus otras sedes se encuentran en Holanda, Alemania, España, Italia, el Reino Unido y Guayana Francesa. Desde su creación, llevó adelante numerosos proyectos propios, amén de colaborar con la NASA y con la Agencia Espacial Federal Rusa, entre otras organizaciones internacionales.
Hacia la Luna y más allá
Año 2035. Mark Watney forma parte de la primera expedición de seres humanos que pisa suelo marciano. Algo sale mal, el resto de la tripulación lo cree muerto y abandona el planeta sin él. Apelando a sus habilidades y a su instinto de supervivencia, exprime al máximo los pocos recursos de los que dispone para mantenerse con vida.

Lo que describimos es el argumento de The martian, la novela de Andy Weir llevada al cine con dirección de Ridley Scott y protagonizada por Matt Damon (aquí se la conoció como Misión rescate). Lo llamativo es que el año (calculado por un fan de la obra, ya que ni el libro ni la película lo mencionan) es el que se propone la Agencia Espacial Europea para, efectivamente, convertir en realidad el deseo de conquistar Marte.

“El objetivo es que en 2028 regresemos a la Luna. Antes de eso, vamos a enviar robots para que trabajen primero en la zona y luego vaya el hombre. Después, se hará lo mismo en Marte. Esperamos ir entre el 2030 y el 2035 –adelanta Pesce con cierta cautela. Y ahonda en lo que se animó a proyectar en TEDxRíodelaPlata: animaciones de robots construyendo una especie de iglú donde se alojarán los hombres que viajen hasta el planeta rojo. Y agrega–: Hemos hecho sobrevivir a los astronautas hasta un año en el espacio; un viaje a Marte duraría por lo menos tres. Tenemos trabajo por delante.

El presupuesto anual de la Agencia Espacial Europea es de miles de millones de dólares. Cada investigación, cada lanzamiento, cuestan una fortuna. Para quien vive al día, atento a resolver problemas terrenales y cotidianos, esos costos pueden ser vistos como un gasto y no como una inversión. Pesce entiende que aprender más sobre el espacio no solo sirve para vivir mejor, sino para seguir siendo un ser humano.

– ¿Cómo sería eso?
–El hombre tiene que estar abierto y no encerrado sobre sí mismo. Seguir buscando en el espacio nos hace soñar y eso mejora la calidad humana. Debemos elevarnos espiritual y sensitivamente, ir un poco más allá. Mi trabajo tal vez ayuda a eso. Nuestra vida diaria no es nada romántica: tenemos los mismos problemas que todos, pasamos nuestra jornada sentados en un escritorio, decimos todas las malas palabras posibles y, de tanto en tanto, nos peleamos entre nosotros, como en toda oficina. Pero, al mismo tiempo, desde el aspecto científico, atravesamos situaciones que nos hacen tomar la conciencia suficiente para cuidar mucho más la Tierra y no destruirla como se está haciendo. Con los conocimientos adquiridos, se pueden prever algunas catástrofes o idear cosas que todo el mundo después utiliza.

– ¿Por ejemplo?
–El velcro viene del espacio, es el clavo del espacio. Los pequeños electrodos que a uno le ponen para hacer electrocardiogramas también provienen de allá. Ese progreso tecnológico se aplica relativamente rápido en nuestra cotidianidad. Además, este tipo de investigación y desarrollo técnico crea empleos de alto nivel, y el dinero adquirido se reinvierte en la sociedad. Quizá, el hecho de enviar un hombre al espacio sea lo menos importante. Lo principal es abrirle la mente a la gente.

Ya pasó medio siglo de aquella carrera espacial de los años sesenta. En la actualidad, los proyectos y los objetivos son muy diferentes. “Eso era un proyecto nacional americano y, sobre todo, una competencia política con los rusos. Lo de ahora es mucho más ambicioso, es un proyecto científico a largo plazo. Todos los dominios científicos están involucrados: la biomedicina, la geología, la astronomía y las ciencias del universo, entre otras”, sostiene Pesce.
Para la posteridad
“Sería un gran placer estar vivo cuando el hombre vuelva a la Luna o llegue a Marte, por la satisfacción personal de decir: ‘Yo trabajé ahí, aporté algo’”, reconoce Víctor. Y es que aunque él insista en que el suyo es un empleo como cualquier otro, no deja de ser excepcional trabajar para resultados que muy probablemente no se disfrutarán.

Algunos de sus desarrollos y experimentos se incluyeron en vuelos de transbordadores estadounidenses, en la estación espacial Mir y en las cápsulas Soyuz y Cosmos. Él se dio el gusto de presenciar todo eso, pero muchas otras investigaciones en marcha verán la luz sin tenerlo como testigo. En este trabajo no hay gratificación inmediata. “La satisfacción pasa por sentirse privilegiados, por ganarnos la vida haciendo lo que nos gusta, lo que nosotros elegimos. Se paga un precio caro, porque uno siempre cuenta la parte linda, pero nada se consigue así porque sí. El esfuerzo que demanda esta tarea es muy grande, incluso tenemos que renunciar a un cierto número de cosas –resume. Y profundiza–: Yo acabo de vivir mi último vuelo, el del astronauta francés Thomas Pesquet, que partió hace unos días desde Baikonur. Cada astronauta que despega 

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